ÁNGELA CARRANZA
Educación

«Demorar las respuestas a las demandas de un niño es esencial para educar en la paciencia»

Entrevista con el psicólogo Juan Manuel Alarcón, en el marco del ciclo de conferencias «La educación que queremos» de la Fundación Botín

MADRID Actualizado: Guardar
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«La paciencia es... eso que es fundamental para que cualquier proceso se formalice. Todo requiere un tiempo de “espera”. La postmodernidad y las tecnologías han creado un nuevo sentido del tiempo. Lo efímero se ha instaurado, la sensación y necesidad de inmediatez... Nuestros alumnos no están exentos de esta cultura. Hablar de paciencia en educación, de saber esperar, de perseverar... se antoja indispensable. Educar, como sabemos, es preparar y forjar para la vida, la que tienen hoy y la que les espera mañana». Toda una declaración de intenciones realizada por el psicólogo experto en coaching Juan Manuel Alarcón Fernández en el marco de conferencias «La educación que queremos», organizadas por la Fundación Botín.

Para este experto, «se hace urgente y necesario formar personas pacientes, con sentido de la espera, para poder afrontar como adultos la vida que les depara. Al fin y al cabo, "aunque sacudas con fuerza el reloj de arena, cada grano caerá a su tiempo"».

Dice usted que hablar de paciencia en educación, de saber esperar, de perseverar... se antoja indispensable. Trabajarlo parece algo muy complicado en un mundo cada vez más inmediato, más impaciente.... 

En donde todo es efímero, se ha implantado el sentido del tiempo de las tecnologías, que de por sí son tan necesarias, pero no debemos pensar que ese sentido del tiempo es extrapolable al escenario más allá de lo mediático. La vida tiene otro ritmo, otro tiempo, y necesitamos también aprender a vivir en una realidad que no vuela a 300 megas de fibra óptica.

Detecto como los contextos educativos intentan crear un entorno que sea igual de «veloz» y estimular que la experiencia mediática que viven nuestros hijos y alumnos a través de las tecnologías y flaco favor le hacemos. Hemos de educar también, y quiero aclarar que no en contraposición, en el tiempo de la vida, mucho más ralentizado, donde ir de prisa no nos ayuda… donde las cosas requieren su tiempo, incluyendo nuestro propio proceso de crecimiento personal y las experiencias vitales.

¿Por qué es tan importante trabajar estos aspectos de la educación?

Porque educar es preparar, a ser posible cuanto antes, para la vida. Formar personas que sean capaces de vivir de forma integra, con bienestar interior, salud mental, calma, sosiego, generando bondad a sí mismo y a los demás. ¿O no es lo que soñamos para nuestros hijos?

Y la vida no viaja a la velocidad vertiginosa de las tecnologías o de las experiencias de disfrute que intentamos emular en algunos contextos educativos. En la vida es esencial saber esperar, demorar las respuestas a nuestras demandas, entender que el futuro es eso, futuro y que no está aquí ya; que requiere paciencia, que mientras espero que llegue lo que ha de venir he de encontrarle sentido al presente.

Saber esperar, tener paciencia, generar en lo cotidiano la perseverancia nos hará personas con más fortalezas, mayor competencia para enfrentarnos a la adversidad, habilidad para el control de los impulsos… nos dará el espacio para pensar, reflexionar, mirarnos a nosotros mismos, elementos que son esenciales para una excelencia personal. Quien vive en el permanente vértigo, en la prisa, en el caos de los impulsos sin demora, vive en un sinsentido que difícilmente le hará feliz.

En este sentido, ¿cuáles son los errores que cometen las familias de forma habitual? 

Los más típicos que siempre comentamos, pero sobre los que caemos una y otra vez: darlo todo y ya, sin que espere demasiado; mantener al niño con todo su tiempo «lleno» de actividades; facilitarle siempre la experiencia mediática a través de las tecnologías y no ayudarle a conectar con la experiencia real.

Vemos niños caminando por la calle con una tablet en la mano, al lado de sus padres, mirando la pantalla mientras pasean, o la misma imagen en el coche cuando se va de viaje, la vida pasa alrededor y no le ayudamos a percibirla, a contemplarla y a disfrutarla… y, es más, a que bailen al ritmo lento de la vida, a sentarse a esperar como el sol se pone es experimentar, por ejemplo, el tiempo de la vida.

¿Cómo podemos trabajarlo en casa? Déme ejemplos para que nuestros lectores puedan poner en marcha estas enseñanzas por favor.

La vida cotidiana del hogar está repleta de acciones que implican y requieren de la paciencia. Si ritualizamos la vida, que es muy necesario, los tiempos de los rituales marcarán ritmos de espera y paciencia. Por ejemplo, que las comidas sean a la misma hora cada día. Esto implicará que el niño tenga que esperar ese momento. No es «tengo hambre» y yo tengo que darle de comer. Es ajustar sus tiempos a los rituales, y eso requiere espera y paciencia. Como este ejemplo tantos otros relacionados con los tiempos de jugar, hacer las actividades, colaborar en casa, descansar…

Y por otro lado, podemos introducir algunos extras, según como sea la dinámica familiar, en donde generemos actividades internas de la familia donde se eduque esta capacidad de espera, paciencia y perseverancia. Estos ejemplos nos pueden servir de orientaciones que cada uno tendrá que adaptar o buscar de forma creativa posibilidades reales en su casa. Por ejemplo, plantar un pequeño huerto. A veces bastará con tener pequeñas macetas de plantas aromáticas; otra opción puede ser que ayuden a cocinar. La cocina es toda una disciplina que ejercita estas actitudes, además de muchas otras; o realizar alguna actividad manual que requiera tiempo y persistencia, como un puzle, pintar una mandala, preparar algún elemento de decoración para alguna fiesta próxima; buscar momentos de contacto directo con la naturaleza; pasear por el barrio o pueblo; leer o, sencillamente, sentarnos en un banco a no hacer nada… Y tener, alguna que otra vez, momentos de calma, donde nos relajemos, practiquemos el silencio, nos detengamos, donde busquemos solamente estar tranquilos.

¿Desde qué edades se puede trabajar?

Aunque parezca una exageración, desde que nacen… si un bebé experimenta que su llanto (siempre que no sea un llanto crítico, sino solo de llamada) no tiene una respuesta inmediata, ya lo estamos ayudando y educando. Demorar las respuestas de los niños a sus demandas es esencial. No es hacerlos sufrir, ni someterlos a un sistema espartano, es sencillamente lo que les espera en la vida. Hay que educarlos en esas experiencias de espera.

El tiempo de espera ha de ser gratificante, no es un castigo. Ha de ser un tiempo de ilusión, de anhelo… de esperanza. No está de más que, según su edad, se lo expliquemos de forma adaptada para que lo comprendan… y que la conclusión sea que siempre merece la pena la espera.

¿Cómo influyen las pantallas, los móviles, en las prisas, en la satisfacción inmediata, en la desatención... etc?

No voy a satanizar las tecnologías, las considero altamente necesarias para la vida de hoy y la del futuro. Las pantallas, los móviles… no son malos en sí mismos, al contrario, nos facilitan la vida. El problema es el uso que le damos.

Si unos padres para que su hijo no «moleste» lo pone delante de una pantalla (y lo hacemos con más frecuencia de la que imaginamos) pues estaremos dándole un uso al dispositivo que no es adecuado. No podemos ceder a los aparatos el papel que nos toca a nosotros como padres y educadores. Tenemos que volver a encontrarnos con nuestros hijos, parejas… en contextos relacionales donde haya cara a cara, cuerpo a cuerpo, sin más medios por delante. Esto enriquecerá las relaciones.

Por otro lado, si nuestros hijos pasan todo el día delante de los dispositivos, de nuevo volvemos a generar una práctica que no solo no les ayuda sino que acaba desembocando en una dependencia mediática que les aleja de la experiencia real.

Que hagan deporte, que jueguen en la calle sin que haya nada programado, que estén en su cuarto explorando mil cosas con su imaginación y creatividad, hasta que se aburran, que no les va a pasar nada malo… quizás ese tiempo de «aburrimiento» inicial, de espera sin hacer nada, les lleve a mirarse, a imaginar, a tener ideas… sin que todo le venga dado por una pantalla.

No hay que hacer guerra a las tecnologías, hay que incorporarlas con sentido en nuestras vidas. Pero a la vez que tenemos que incorporar otras tantas experiencias que no necesariamente estén asociadas a dispositivos electrónicos.

Es urgente formar a personas pacientes, porque si no lo logramos, dice usted, pueden ser personas con mucha frustración en el mundo laboral, y personal, ¿cierto?

Totalmente cierto. Es más y, sin ánimo de ser alarmista, pero sin obviar una posible realidad… podríamos estar generando la población de adultos más frágiles de la historia de la humanidad. Confío en que estamos evitando este destino porque cada vez percibo mucha mas consciencia sobre estos temas. Pero para que haya fuerza interior en la persona, la famosa resiliencia, es necesario que la persona se haya curtido en el tiempo de la vida. Los embarazos duran nueve meses: no se pueden generar los niños en impresoras 3D. de gual forma que tras una prueba médica deberás saber esperar días para conocer un diagnóstico… La vida tiene sus tiempos y la persona ha de estar preparada para vivir acompasada a esos tiempos sin que le suponga un sufrimiento. No podemos vivir en una ansiedad permanente esperando siempre que venga ya lo que ha de suceder en un futuro.

En este sentido, el «mindfulness», ¿es aplicable para lograr la espera, la atención...?

El «mindfulness» es muy útil para educar estas actitudes. Ayuda a estar presente en cada cosa que hacemos, a enfocar nuestra atención en lo que sucede en el momento justo… a no correr más deprisa que la propia vida. El «mindfulness» se practica de mil maneras que se pueden insertar en la vida cotidiana. No lo podemos asociar solo y exclusivamente a hacer una meditación basada en la respiración abdominal. Es educar en la conciencia de las cosas que hacemos en cada momento, desde comer con calma y atención (saboreando la comida y no estando en otra cosa), a una lectura atenta, un paseo, haciendo deporte, dibujando… Lo importante es que eduquemos a nuestro hijo a que mientras realice cada actividad esté tranquilo, atento, en calma y que su presencia esté ahí, en eso que está realizando.

El «mindfulness» nos va a ayudar a «cocinarnos» a fuego lento… al ritmo del tiempo de la vida. Nos facilitará el vivir con paciencia… aprenderemos que lo más importante no es lo que está por venir y que anhelamos que llegue ya; sino que lo más esencial lo tenemos justo delante de nosotros en cada momento; en el momento presente.

A parte del conocimiento, la perseverancia es un gran camino para lograr el éxito. Una persona perseverante, se hace o se nace? ¿Si se hace, cómo se puede enseñar?

Una persona perseverante puede tener una cierta predisposición genética, como la tenemos en tantísimas otras cosas, pero todas las actitudes se entrenan y se fortalecen. Es cierto que a unos les costará más que a otros, pero eso es justo lo extraordinario de la vida, que para cada uno de nosotros hay cualidades que nos son más sencillas y otras han de ser más entrenadas. La persona perseverante ha de ser alguien que sepa que la vida requiere esfuerzo, que nada viene dado, que todo requiere disciplina y voluntad.

¿Cómo se puede enseñar o educar? Pues sencilla y contundentemente practicándolo.

Los padres y educadores debemos favorecer experiencias que requieran practicar el esfuerzo personal; la fijación de metas que impliquen tomar decisiones que nos acerquen a ellas. Estoy seguro de que, al igual que todos agradecimos a nuestros padres y maestros que no nos lo dieran todo hecho, lo mismo harán nuestros hijos con nosotros.

Cuando se nos llena la boca diciendo que el protagonista de la educación es el niño, no implica que nuestro hijo es el rey feudal y nosotros sus lacayos, bufones y criados. Significa que él es el primer responsable de su educación y de su desarrollo personal; que empieza el camino de la vida y ha de asumir el protagonismo de su propia historia, con perseverancia ha de luchar por sus metas; ha de experimentar la esperanza en sus sueños, y nosotros, sus padres y maestros, lejos de darle todo eso hecho, hemos de acompañarlos. hemos de estar a su lado para que no olviden el enorme potencial que tienen. Porque esto es lo mejor que podemos hacer por ellos.

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