Cotillear, una práctica más que extendida
Cotillear, una práctica más que extendida - FOTOLIA

¿Por qué somos cotillas?

Es una práctica que ha existido desde que el hombre vivía en las tribus primitivas, pero varía según rasgos personales

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Todos somos cotillas. Quizá sea una afirmación demasiado tajante, pero es cierto que está en nuestro sino ser curiosos tener interés por los asuntos que van más allá de nuestras vidas. Pero, ¿por qué lo somos? ¿es algo que tiene su origen en un pasado reciente o siempre ha existido?

«El cotilleo ha existido desde que el hombre vivía en grupo en las tribus primitivas», explica a ABC.es Miguel Silveira, psicólogo y escritor quien, además, resuelve una primera gran duda: los motivos que nos hacen ser cotillas. En este sentido, establece dos rasgos: el de ser «fisgones» y el del «chismorreo». «En lo que a ser fisgones se refiere, cotilleamos porque la intimidad y vida de los demás nos interesa, satisface nuestra curiosidad. Hay una especie de atracción fatal a conocer la intimidad de los otros, cómo les va la vida, qué hacen, qué piensan, por dónde se mueven, etc. Nos gusta estar informados porque nos alivia saber que a otros les ocurre como a nosotros».

En lo que respecta al «chismorreo», Silveira apunta a que lo que nos gusta es «revelar y airear comportamientos de los demás, sus fallos o sus fracasos». «Es algo que nos puede consolar, sobre todo si vemos que los que gozan de mejor estatuts social tienen los pies de barro».

La clave está en cómo se gestiona esta rutina que practicamos casi por instinto, en si se convierte en un hecho que incluso puede ser beneficioso o, por el contrario, pasa a ser algo insano.

«El cotilleo tiene mala prensa, pero también tiene algo positivo cuando compartir información sobre la reputación de la gente se convierte en una conducta prosocial. Ahí se dignifica el cotilleo. Me refiero, por ejemplo, a cuando una persona advierte a otra de los peligros que puede correr al tratar con un determinado amigo, colega, etc, cuya personalidad es complicada o tóxica. Esto es, cuando es información pura, no sesgada con mala intención», apunta el psicólogo Francisco Gavilán, autor de «Nadie es perfecto». En este sentido, afirma Silveira que también puede ser positivo cuando sirve «como medio para adquirir o transmitir información en nuestras comversaciones e intercambios sociales informales».

Por el contrario, si se hace «con ánimo destructivo, para sembrar cizaña o rumores malintencionados» es, obviamente, algo negativo, añade Silveira. «Es negativo cuando se hace de modo insano, cuando es criticar por criticar, cuando se transforma en morbo, cuando a alguien no le cae bien una persona y a sus espaldas resalta sólo sus cualidades negativas, las tenga o no», apunta por su parte Gavilán.

Volviendo a la idea inicial, la de que todos somos cotillas, Gavilán apunta un matiz importante: «Todos lo podemos ser en algún momento, pero sin mala intención. Los que destacan por su papel de cotillas, como si fueran unos profesionales del rumor no son buena gente. Los que así se conducen carecen de vida interior y tienen que fijarse en la existencia de los demás para rellenar su vacío. Por su parte, Silveira considera que una persona es más o menos cotillas en función de «su grado de superficialidad, pero también de su aburrimiento, así como por su grado de morbosidad en cuanto a conocer los entresijos de los comportamientos y vidas ajenas».

Además, existen factores que favorecen el acto del cotilleo. «Cuando alguien se siente maltratado u odiado por alguna razón, o es envidioso, el cotilleo actúa como efecto compensador de decepciones o malestares que, según el cotilla, le provocan los demás. Así, la necesidad de cotillear surge por muchas razones: envidia, morbo, animosidad o, simplemente, tener una vida vacía, sin proyectos importantes a los que dedicarse», explica Gavilán.

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