Familia

«Mi hijo estuvo muerto 20 minutos. Me vi obligado a tomar decisiones drásticas»

Un padre coraje explica cómo logró recuperar a su hijo, al 100% y en tiempo récord, de un estado vegetativo

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El 6 de mayo de 2012, Luis, de 12 años, jugaba en el salón de su casa. Allí estaban su madre y su hermana Elena. Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de suceder. Mucho menos que la muerte merodeaba por aquella habitación. Sin saber aún la razón, Luis se clavó accidentalmente una navaja al lado del corazón. Con intención de que no le regañaran por lo sucedido, se la arracó y la escondió debajo del sofá. Se fue andando a la cocina y perdió el conocimiento. Su madre y hermana corrieron en su auxilio. También su padre, que acababa de entrar por la puerta de casa.

La cocina se convirtió en pocos minutos en un escenario digno de una película dramática. El niño tumbado en el suelo respiraba inmovil con los ojos abiertos. No sangraba. El derrame era interno. Pronto llegó un equipo de emergencias: electroshock, medidor del pulso, cánulas, agujas... Su tensión arterial caía en picado. «¡Se nos va!, ¡se nos va!» se escuchó en toda la casa. El corazón de Luis dejó de latir.

¿Cuánto tiempo ha estado muerto?

Los médicos le llevaron al hospital mientras le insuflaban oxígeno y le hacían las compresiones de la resucitación cardio pulmonar con la intención de poder reanimarlo. Lo consiguieron. Pero, ¿cuánto tiempo había estado el niño muerto? se preguntaba una y otra vez su padre, José Manuel Gil. «Sabía que a los cuatro minutos de tener el corazón parado, las celulas cerebrales comienzan a morir». «Por favor, doctor, ¿cuánto tiempo?», preguntaba desesperado. «Mucho, 20 minutos». En aquel instante, el padre de la criatura se dio cuenta de que el problema más grave de su hijo ya no era tanto la herida como el daño cerebral sufrido. Luis estaba inmerso en un intenso sueño sueño. Le quitaron la sedación y respiraba por sí mismo pero no despertaba.

José Manuel Gil es ingeniero, pero pertenece a una familia de médicos y siempre ha tenido la aficción de leer libros e investigaciones sobre el funcionamiento del cerebro. Nunca pensó que el aprendizaje adquirido le podría ayudar tanto a su hijo.

«Tal y como nos indicaron los médicos, su madre y yo le acariciábamos, le hablábamos, en un intento de estimularle, pero no había ninguna muestra de movimiento en su cuerpo», recuerda su padre. Empujado por la pasividad de su hijo, y haciendo memoria de todo lo leído, José Manuel Gil decidió poner en marcha su propio método de reanimación mediante la sobrestimulación. «Sin perder un minuto, pensé en tomar medidas drásticas y trabajar sobre sus cinco sentidos: le puse aire comprimido y helado por todo el cuerpo en un intento desesperado por que sintiera algo; le coloqué una máscara sobre los ojos con diodos lumninosos LED para estimular su vista —aún no sabía que se había quedado ciego—; le puse unos cascos con música alta para reanimar su oído...».

Llegaron las críticas

«Recibí algunas críticas por parte de familiares y amigos por estas «perrerías», pero yo estaba convencido de mi método. No me lo había inventado yo, todo estaba escrito por médicos de distintas corrientes. Los doctores del hospital no lo rechazaron, solo me dijeron en alguna ocasión que no pusiera la música tan alta».

«Un día —recuerda— le puse música que sé que tenía un significado especial para él porque era la que tocábamos juntos en las clases de saxofón y empecé a cantarle con un micrófono. Los dedos de su mano comenzaron a moverse. ¡Fue una sensación impresionante la que sentí al ver aquello!».

Más convencido aún de su método, decidió ser muy constante y estuvo horas y días repitiendo la misma operación. Los resultados empezarón a ser cada vez más visibles: poco a poco comenzó a mover la cabeza. Su cerebro daba muestras de activación. Al poco tiempo despertó. «Se sentó de forma brusca en su cama como quien se despierta inquieto por una pesadilla. Fue entonces cuando pensé que debía hacer ejercicio vigoroso y trabajar su cerebro al máximo con él para que crecieran sus neuronas nuevas y las conexiones entre ellas».

Tras 17 días en el hospital consiguen el alta, aunque Luis estaba aún en una situación muy lamentable. José Manuel no cesó en su intento de que su hijo recuperara el habla, la memoria, aprendiera de nuevo a leer, a mantenerse en pie, coger objetos...; en definitiva a valerse por si mismo.

El método de los tres ejes

Diseñó un plan de trabajo muy estricto: el «método de los tres ejes». «El primero consistía en ejercicio diario muy vigoroso: su hermana y yo le agarrábamos cada uno de un brazo y nos poníamos a correr por la calle. Él arrastraba las piernas, pero intentábamos que cogiera fuerza y comenzara a adquirir el movimiento para poner un pie delante del otro».

Sin embargo, uno de los lados de su cuerpo estaba más afectado que el otro. «Para fortalecer el lado más débil, decidí montarle en una bici y le dije que cogiera el manillar con el brazo que movía peor —mientras el otro brazo lo tenía sujeto a la espalda sin poder moverlo— y le tapé un ojo, con el que veía mejor, para que el otro se esforzara más. Entiendo que la escena era muy fuerte y no muy bien vista por algunas personas. La prudencia es el primer consejo que me daban en mi entorno. Sin embargo, después llegaron las carreras por la playa, las clases de submarinismo, el monopatín, los karts, el wakeboard... Conseguí que sus músculos se fueran fortaleciendo».

El segundo eje se basaba en el ejercicio neurológico y, para ello, trabajaron la lectura, las sumas, la memoria con juegos de cartas, de ordenador... Su cerebro tenía que esforzarse y no perder tiempo. El primer año y medio es esencial para la recuperación.

«El tercer eje consistió en administrarle compuestos de soporte, vitaminas y minerales, y medicinas específicas para la mejora del cerebro».

Vuelta al colegio

A los cuatro meses y medio de clavarse la navaja en el pecho, Luis volvió al colegio. «Fue un momento que yo temía especialmente porque los niños a las edades de mi hijo pueden ser muy crueles y no quería que se burlaran de él porque aún le quedaba por recuperar su estado físico y neurológico. Sin embargo, creí que era el momento para que no perdiera el ritmo y se esforzara con las clases».

Afortunadamente, no cesamos en nuestro trabajo conjunto y hoy es un niño completamente normal. «No le han quedado secuelas. Los doctores que le atendieron en La Paz están impresionados, primero porque saliera adelante y, segundo, por la rapidez en la mejoría. Por eso, decidí escribir "El viaje de Luis" (Editorial: Oberon) y contar todo lo que hizo posible el despertar y recuperación de mi hijo. El mensaje de su historia es de esperanza. Por prudencia, por desconocimiento u otras causas se prefiere recomendar prudencia con este tipo de pacientes, pero yo estoy convencido de que la constancia con el método que apliqué ha hecho que Luis sea un niño normal. Una técnica que sirve de ayuda también para los casos de adultos y mayores con casos similares».

El testimonio de Luis

Luis recuerda poco del día del accidente. Sin embargo, confiesa que cuando estuvo en estado de coma, sí escuchaba algunas conversaciones, pero sin atender muy bien a lo que decían, «sobre todo los días previos a despertarme».

Reconoce que ha luchado mucho y que lo ha pasado mal para recuperarse. «¿Lo peor de todo? El gran esfuerzo físico, me dolía todo y mi padre, aunque yo estaba agotado y lloraba, se empeñaba en que debía seguir corriendo. También fue una pesadez tomar tanta pastilla y los zumos con los potingues que me daba mi padre. Bueno, y los ejercicios de neuropsicología, aunque todavía no sé muy bien qué significa esa palabra».

Considera que lo que hizo su padre es algo «normal», pero añade que ha aprendido con ello varias lecciones. La primera es no volver a jugar con navajas —asegura entre risas—. Ahora veo la vida de otra manera, antes pasaba de ella y ahora me fijo en los riesgos y advierto a mis amigos de que tengan cuidado cuando quieren hacer ciertas cosas».

Asegura que ahora saca mejores notas que antes del accidente. «De mayor me gustaría ser algo que esté relacionado con la química o la economía». ¿Y con la medicina? «La medicina también me gusta, pero piden mucha nota para eso. Aunque bien pensado, he aprendido de mi padre que no hay nada imposible».

Actualmente, el teléfono de José Manuel no deja de sonar por llamadas y mensajes de padres que quieren recibir consejos para la recuperación de sus hijos y familiares. Quizá, el viaje de Luis dejará de ser un viaje en solitario.

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