«¿Jugamos a los médicos?»

«¿Jugamos a los médicos?»

Claves para educar a los niños en el pudor

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Detrás de la frase «¿Jugamos a los médicos?» no hay más que una señal, según los expertos, de la curiosidad infantil propia de un proceso natural. «En su progresivo conocimiento del mundo que le rodea, el niño pasa por una fase natural que consiste en el descubrimiento de su propio cuerpo. Al igual que primero necesitaba llevarse los objetos a la boca y luego fue tomando conciencia de que tenía manos y pies, es natural que también descubra otras partes más íntimas», explica Ignacio Iturbe, autor del libro «La edad del despegue» (Ediciones Palabra). «Es dar un paso más en el desarrollo normal de los pequeños», añade.

Este momento suele darse, según señala la psicóloga Rosa Collado, psicóloga especialista en sexología del Centro Álava Reyes, entre los 4 y los 6 años. «Es entonces cuando el niño desarrolla esa curiosidad enorme por su cuerpo y por el de los demás. Ya reconoce las diferencias de género y se siente atraído a mirar, tocar y escudriñar esas diferencias porque le dan información del mundo que le rodea». Empiezan también, continua, «a hacer un sinfín de preguntas y quieren saber el por qué y el cómo de todo lo que descubren. A veces es tal la curiosidad que quieren probar qué hacen los mayores o lo que han visto en las películas y reproducen modelos de adultos, incluso de carácter sexual, pero sin la intención erótica real. Sólo por curiosidad y descubrimiento», remarca esta especialista.

Cómo actuar ante esta situación

Si usted sorprende a sus hijos jugando a los médicos con sus amigos «no ponga el grito en el cielo», recomienda el autor de «La edad del despegue». «Actúe de un modo discreto y natural y, sobre todo, no les cree un sentimiento de culpabilidad». En la misma línea se expresa esta psicoterapeuta, para quien sobre todo, hay que tratar con naturalidad la situación. «Puede preguntar a qué juegan y qué exploran y, sin ningún tipo de drama, mostrar una actitud natural ante el juego y las explicaciones que le den los niños, sabiendo reconducirlos a que pasen a otra parte del juego. O quizás acordando con ellos en qué condiciones van a jugar la próxima vez». Es muy importante, recalca, la actitud de naturalidad de tranquilidad y confianza, sin escandalizarse, porque es lo que les va a dar confianza en sí mismos y les ayudará a completar su proceso de identidad sexual».

La manera de contestar o de reaccionar ante situaciones como esta es tan importante como la información que se les da. Este docente también coincide en rodear los temas relacionados con la información sexual y el sentido del pudor de una gran naturalidad. «Si los pequeños comprueban que sus preguntas obtienen respuestas serenas y que sus juegos no despiertan escándalos innecesarios, se desarrollarán de una manera equilibrada y sana. Esto contribuirá decisivamente a que desarrollen un comportamiento sexual positivo cuando sean adultos». Lo corrobora Collado: «Si los padres responden con calma y sin eludir la situación o entrar en contradicciones entre lo que dicen y lo que hacen, ayudarán a los niños a generar un entorno de confianza respecto a su propia sexualidad y que estos hagan más preguntas al adulto sobre las cuestiones e inquietudes que les asalten.

El lenguaje a utilizar

Otra clave está en proporcionar a los hijos respuestas apropiadas a su edad y a su nivel de conocimientos, prosigue Iturbe. «Algunos padres hablan de "colita" a los niños, otros prefieren decir "pene", el nombre que se le da en Biología. Quizá sea esto preferible porque, al ser la información progresiva, resulta positivo que los niños se den cuenta que desde siempre han sabido bien las cosas. Además, cuando los nombres se utilizan de forma natural, jamás se convierten en palabras de impacto o molestas».

¿Cómo se educa en el pudor?

A esa edad, coinciden los expertos, es posible educarles en un adecuado sentido del pudor. Para el autor de «La edad del despegue», una adecuada educación del pudor supone «reconocer el valor de la propia intimidad, manteniéndola a cubierto de extraños». En este sentido, recomienda que los padres no tomen posturas extremas, «que resultan igual de dañinas para el niño, justo ahora que va tomando conciencia de sus particularidades». Es decir, «ni un liberalismo exagerado en materias de pudor que pudiera violentar el normal desarrollo del niño, ni convertir estos temas en tabús peligrosos y constrictivos».

En definitiva, lo más útil para empezar a educar en el pudor y en la sexualidad es, propone Collado, «estar atento a lo que el niño pregunta y ser sincero con lo que se responde, adecuar la respuesta a su etapa evolutiva y, sobre todo, simplificar la información sin deformar la realidad. Dar información las veces que necesite para que la integre actuando de forma tolerante y tranquila a su insistencia, ya que así favoreceremos la comunicación efectiva, y sin evasivas».

El ejemplo del hogar

Aunque si hay algo importante es que los padres «sean conscientes de que, con su manera de vivir —concluye el psiquiatra de familia Paulino Castells—, condicionan de alguna forma la sexualidad de sus hijos». Para la educación del pudor el ejemplo de los padres y hermanos pequeños, corrobora Iturbe, resulta de especial importancia. «Si en casa s

e cuida especialmente la forma de vestir, sentarse, y comportarse, el lenguaje, las expresiones... los hijos crecerán con un sentido del pudor adecuado y natural».

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