fotolia
educación

«Nuestro sistema educativo no es terrible, simplemente es mediocre»

José Antonio Marina, director de la Universidad de Padres, habla del talento y su presencia en la educación

Actualizado:

José Antonio Marina es filósofo, pedagógo y dirige la Universidad de Padres, un proyecto que nació en 2008 y que, durante estos ocho años, ha tenido como objetivo ayudar a padres durante el crecimiento y formación de sus hijos. A punto de comenzar un nuevo curso escolar más de 12.000 familias han pasado por el centro.

Para este experto, de entre todas las cuestiones fundamentales que educativos, familias y políticos deben fomentar en la formación destaca el talento. «La educación del talento es, en este momento, muy importante. Nuestra sociedad ha entrado en la economía y en la sociedad del talento y, sin embargo, la gente no sabe lo que es», apunta Marina.

— Tal y como apunta existe un gran desconocimiento. Pero, ¿qué es el talento?

— Es el buen uso de la inteligencia. Una persona puede ser muy inteligente según los tests —que sólo miden competencias, no predicen el desarrollo de la vida real—, pero ser incapaz de soportar el esfuerzo o demostrar sus emociones. El talento tiene que ver con la vida real, es la inteligencia en acción. El objetivo de la educación, y de los padres, debe ser enseñar a sus hijos a enfrentarse a los problemas reales.

— ¿Es algo innato o es aprendido?

— Hay niños que nacen con altas capacidades, y desde el punto de vista educativo el fin es que esos niños sepan usarlas. La educación es generadora de talento porque no es innato, es algo adquirido. Lo ideal es tomar al niño donde está —con sus capacidades— y ayudarle a configurar su talento y personalidad. Por lo que todo el mundo tiene talento, pero hay que desarrollarlo.

— ¿Qué tácticas deben aplicar los padres?

— Esto es algo que se debe trabajar con los niños, según sus edades y sus necesidades. Desde la Universidad de Padres buscamos que los padres trabajen con las realidades de sus hijos porque un niño de seis y otro de catorce años no son iguales. Por ejemplo, si queremos que un niño llegue a la adolescencia con seguridad en sí mismo se trabaja en tres etapas diferentes.

La primera etapa abarca desde los dos a los tres años, en los que la función de los padres es vital porque tienen que proporcionar al niño una seguridad básica. La siguiente etapa —en el colegio— tiene que ir adquiriendo la capacidad para enfrentarse a los problemas apoyados por padres y escuela. La última etapa —en el último ciclo de Primaria— hay que volver a abordar la cuestión fomentando la asertividad. Es decir, la capacidad de hacerse valer, de saber decir que no, de tener conciencia de la propia dignidad y derechos.

— En un sistema educativo que está en constante cambio, ¿se puede decir que en España falta talento? ¿Esa falta es culpa de los padres o del sistema educativo?

— Los padres son tan víctimas como sus hijos. En España, desde el siglo XIX, se ha dado una ideologización de la educación ya sea desde un punto de vista político, religioso o económico. Se ha querido utilizar la educación con una finalidad externa: formar un tipo de sociedad, un tipo de concepción del mundo o de moral. No ha existido capacidad de gestión, ni de fijar bien los objetivos.

Ahora sabemos cómo hacer más eficiente la inteligencia o fijar metas, pero son cosas que no pueden convertirse en ideología, y que hay que ponerlas a salvo de todo enfrentamiento político. Hay una parte de la educación —la que va más allá de lo administrativo— que solo puede depender de los especialistas, de los educadores, porque los políticos no conocen su funcionamiento.

— ¿Qué es lo que falta en el sistema educativo español?

No alcanza los niveles de excelencia que debe. Nuestro sistema educativo no es terrible, simplemente es mediocre y el problema es que no progresa.

El sistema educativo español con el presupuesto que tenía antes de la crisis puede convertirse, incluso en la actualidad, en un sistema de alto rendimiento en un plazo de cinco años. Un sistema que, por supuesto, necesita de una serie de objetivos medidos: rebajar al 10% el índice de abandono escolar, subir 35 puntos en el Informe PISA, tener más proporción de alumnos excelentes e introducir competencias del siglo XXI.

En educación no hay milagros, ni enigmas. Hay que aprender de los que lo hacen mejor, y luego preguntar a los políticos si se comprometen a hacerlo o no. Si no se comprometen, la solución es no votarles.

— Centrándonos en los niños y colegios, si existiese este desarrollo del talento, ¿mejorarían otros aspectos que, como el acoso escolar, hoy por hoy preocupan en los centros?

—Lo que estamos intentando hacer ver a todo el mundo es que cuando hablamos de educación, hablamos de dos dimensiones. De instrucción porque el niño debe aprender ciertos conocimientos, y de otra esfera en la que el niño debe ir formando su propia personalidad. Una esfera donde tiene importancia su capacidad de controlar su conducta, tener un pensamiento crítico para que no le engañen y justificar sus decisiones, tener una jerarquía de valores...

Esto, además, implica que sea el propio niño el que reflexione sobre lo que está haciendo, sobre sus aciertos y en sus errores. Todo lo que se les enseña de pequeños tiene la oportunidad de rediseñarse durante la adolescencia, y es ahí donde los centros deberían tener más presencia algo que, de momento, se reduce a las familias.

Desde la Universidad de Padres, lo que se busca es que las familias tengan la seguridad suficiente para tener las cosas bien, educar sin culpabilidad y orientarles no solo con los profesionales, sino con otras familias.

Apúntate a la newsletter de Familia y recibe gratis cada semana en tu correo nuestras mejores noticias

O súmate a nuestro whatsapp, y recibe cada día en tu móvil lo más interesante de ABC Familia