Vista desde la duna rampante de Monte Branco
Vista desde la duna rampante de Monte Branco - MIGUEL MUÑIZ

Una montaña de arena y sal

En la Costa da Morte, el viento labra la duna rampante de Monte Branco, la más alta de la Península. Se asoma sobre otros lugares de leyenda y de peregrinación, como el Cementerio de los ingleses

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La Costa da Morte está asociada a lo inverosímil. A sus mareas batientes y a los pliegues quebradizos de sus acantilados. A la violencia del viento y al realismo mágico de sus naufragios. Es allí donde se levanta el Monte Branco, la duna rampante más alta -se eleva unos ciento cincuenta metros- de la Península Ibérica. Una montaña de arena y sal que se asoma al Atlántico, embravecido casi como en ningún otro punto del litoral, desde los pies de la ensenada Virgen de Trece.

Labrada en el tiempo por las corrientes del suroeste, la colina se ubica dentro del ayuntamiento de Camariñas (La Coruña). Su cresta la ven los senderistas que recorren el Camino de los Faros: la ruta que muestra a lo largo de doscientos kilómetros pegados al mar la belleza salvaje de la comarca. Llegan a pie desde los salientes rocosos del Puerto de Santa Mariña hasta la falda de la duna.

Solo así se puede acceder a una postal que compite en envergadura con la francesa Dune do Pilat, más larga (2,7 kilómetros) pero menos alta (110 metros). Una y otra sepultan la vegetación que encuentran en sus pequeños avances, aunque la duna gallega deja ensuperficie las «caramiñas» (corema album) y su fruto blanquecino y esférico, con forma de perla. Enterrar este arbusto sería enterrar el origen del nombre y también la historia de un municipio cuyas tragedias marítimas lo vinculan emocionalmente con las islas británicas.

Enfrentado al Monte Branco, a un lado de la playa de Trece, se encuentra el Cementerio de los Ingleses. A finales del siglo XIX, tres buques -el Iris Hull, el Serpent y el Trinacria- naufragaron en las aguas de Punta do Boi. En total, más de 230 personas perdieron la vida. Algunas yacen hoy bajo las lápidas de este cementerio, convertido en lugar de culto para visitantes. Ya lo escribió Eduardo Pondal, el poeta que puso la letra al himno de Galicia. Esta es «la costa del llanto».

Representa la leyenda de una zona en la que la fantasía es a veces lo más real. Cientos de historias lo atestiguan. Se cuenta, por ejemplo, que los vecinos de una parroquia asaltaron el cargamento de un barco accidentado, y gracias a él, pintaron las fachadas de sus casas. Creyeron que se trataba de pintura, hasta que, en un alarde de justicia poética, la llegada de un enjambre de moscas les reveló la verdad: era leche condensada.