La Alberca, la evolución del turismo

La localidad salmantina recibe de continuo visitantes. Durante la primera mitad del siglo XX cautivó a numerosos artistas. A partir de los 60, se convirtió en un destino de masas

José Luis Puerto
SalamancaActualizado:

La localidad salmantina de La Alberca, enclavada en plena Sierra de Francia, junto al santuario dominico de advocación mariana homónima, conocido ya desde el siglo XV, es un pueblo plenamente turístico. Recibe de continuo visitantes, tanto en los períodos vacacionales, como a lo largo de todo el año, particularmente en los puentes y también en Semana Santa.

Es, además, el primer pueblo español declarado -era la denominación de entonces, que aparece en el Boletín Oficial del Estado- «Monumento Histórico-Artístico Nacional», nada menos que en 1940; lo que hoy ha pasado a denominarse «Conjunto Histórico-Artístico» o, ya en otro sentido B. I. C. (Bien de Interés Cultural).

Tan temprana denominación fue propiciada por las gestiones del pintor valenciano Ismael Blat, enamorado de la luz de La Alberca (lo mismo que lo estaría de Santiago de Compostela, en las antípodas de su mundo mediterráneo) y de su ancestral y relativamente bien conservada antropología.

Ismael Blat logró su objetivo gracias a que su protector, el Marqués de Lozoya, ocupaba en ese momento histórico una responsabilidad política, en el ámbito del patrimonio artístico, en el primer franquismo.

Tres etapas

La consolidación de La Alberca como destino turístico ha recorrido un dilatado itinerario que ha pasado por varias etapas, hasta llegar al momento presente. Un itinerario que hunde sus raíces ya en los últimos lustros del siglo XIX. Tres son las grandes etapas que podemos distinguir con claridad hoy.

Una primera etapa podemos definirla y caracterizarla como del «turismo de los pioneros». Es un momento largo y fascinante, que ya es materia de estudio. Se caracteriza porque los visitantes de La Alberca son escritores y artistas españoles, pero también europeos (y algún americano) que acuden al pueblo, atraídos precisamente por su ancestralidad, su extraordinaria arquitectura popular, el mantenimiento de sus costumbres antiguas, el aspecto racial de sus gentes.

Así, de esta etapa de los pioneros de turismo en La Alberca, podemos poner ejemplos varios. Acude al pueblo el pintor valenciano Joaquín Sorolla, en la primera quincena de junio de 1912, para pintar tipos humanos que luego plasmará en su panel de la boda «Castilla. La fiesta del pan», de la Hispanic Society de Nueva York. También llega al pueblo a fotografiar sus tipos humanos y su arquitectura popular José Ortiz Echagüe.

Conocemos, antes, una fotografía de Miguel de Unamuno en la plaza de La Alberca, pues visitaba con frecuencia el santuario y convento de la Peña de Francia, así como los pueblos de la Sierra. Y el francés Maurice Legendre (con calle en Madrid, cerca de la plaza de Castilla), que acudiera a Las Hurdes a realizar su tesis doctoral sobre aquella comarca, publicada en 1927, se enamora de La Alberca, donde termina pasando sus vacaciones veraniegas, y, desde el Instituto Velázquez que dirige, lleva al pueblo a estudiosos, escritores y artistas. Y de cuya mano llegó también al pueblo la bailarina Elvira Lucena, que, en 1942, compró un «traje de vistas», hoy en el Museo del Traje de Madrid.

Pero, a partir de los años 60 del siglo pasado, en que, debido al llamado desarrollo, comienza a desplegar el turismo, comienza en La Alberca ese primer momento que podemos llamar de turismo de masas. Es curioso que, en tal período, el que fuera ministro de información y turismo, el gallego Manuel Fraga Iribarne, visitara en varias ocasiones La Alberca, sobre lo que hay fotografías y documentos periodísticos. Es un momento en el que todavía el pueblo no dispone de una infraestructura hotelera y de servicios, para ir atendiendo esa demanda turística creciente.

Y, podríamos decir que, a partir de los años 90 del siglo pasado y hasta hoy mismo, el turismo en La Alberca vive un tercer momento, donde ya la oferta de servicios turísticos es amplia y variada; donde visitan la localidad personas, familias, grupos organizados… de muy diversos ámbitos. Hay un turismo nacional, del área de Madrid, de Castilla y León, pero también del resto de España (del norte, de Extremadura y Andalucía, así como también catalán y levantino), pero también internacional, particularmente europeo.

Se ha perdido, eso sí, aquella aura de los pioneros, que acudían al pueblo a estudiarlo y a plasmarlo en sus creaciones literarias y artísticas. Y se corre el peligro de que, si no se está atento y vigilante, la presencia del turismo masivo pueda degradar la arquitectura tradicional y esa naturaleza privilegiada de montaña en la que el pueblo está enclavado.