Caprile: «Es bueno ser algo inconsciente»

El modista madrileño, especialista en trajes de novia, ha vestido a algunas de las mujeres más elegantes de España

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Es uno de los modistas más prestigioso de España, reconocido por sus espectaculares trajes de novia y por haber vestido a las mujeres más elegantes de nuestro país. Creador del vestido rojo que la Princesa de Asturias lució en la cena de gala la víspera del enlace del Príncipe Federico de Dinamarca y Mary Donaldson, Lorenzo Caprile es para el gran público un auténtico desconocido. Especialista en trajes de ceremonia y de novia, el primero que le aupó a la fama fue el de Carla Royo-Villanova, esposa de Kubrat de Bulgaria, y luego el que la Infanta Doña Cristina lució el día de su boda con Don Iñaki Urdangarín. Mención aparte merece el traje de gala de inspiración goyesca que la Infanta Doña Elena vistió en la boda de la Princesa Victoria de Suecia.

—¿Qué tiene el mundo de las novias que tanto le fascina?

—No es que me guste hacer trajes de novia. Lo que realmente me apasiona de ese mundo es trabajar artesanalmente, el ambiente del taller, conseguir con un trozo de tela algo espectacular. Así que, si tienes talento para trabajar de esta manera tienes que dedicarte a hacer trajes de novia y poco más.

—Hubiera sido feliz en los años dorados de los 50 y primeros 60...

—Ya lo creo. En esa época todavía no se había producido el boom del prêt-à-portery las mujeres tenían su modista de confianza. Ahora, desgraciadamente, la boda es el único acto social que justifica que una mujer vaya a un taller artesanal como el mío.

—¿Tuvo una vocación temprana?

—Sí. Comencé a dar la lata a mis padres por los años 80, y debo decir que me sentí apoyado por ellos desde el primer momento. Recuerdo que mi padre lo único que me dijo es que, si quería dedicarme a esto, tenía que ser muy bueno porque en esta profesión no hay término medio.

—¿Cómo surgió montar el taller?

—Fue la consecuencia de un cúmulo de circunstancias. Empezamos a funcionar a partir de hacer el traje de boda de Carla Royo-Villanova y hasta hoy.

—Un traje que muy especial...

—Es verdad, lo recuerdo con mucho cariño. Yo estaba recién llegado de Italia y andaba algo despistado. Los dos éramos jóvenes e inconscientes, y nos salió ese vestido. Nunca pensé en la repercusión que llegaría a tener. En este tipo de trabajos tan creativos creo que es bueno ser un poquito inconsciente, si mides todo mucho vas mal.

—¿Y cómo se quita la presión que supone realizar encargos tan mediáticos como los que usted tiene?

—Intento pensar únicamente en mi trabajo y en mi cliente para no preocuparme. Si te obsesionas con el tema de las revistas, te bloqueas y las cosas no salen bien...

—Nunca ha presentado sus creaciones en pasarela... ¿No va con usted toda esa parafernalia?

—No se trata de eso, es que para organizar un desfile tienes que tener una infraestructura detrás. Pertenecer a una multinacional del lujo, estar patrocinado por un sponsoro que te lo pague la comunidad autónoma de turno. Esta última una opción nunca me ha parecido bien, pero muchísimo menos ahora que España está sumida en una crisis en la que no queda más solución que apretarnos el cinturón.

—¿Cual sería su mejor desfile?

—Mi mejor desfile, sin duda, es hacer todos los vestidos para una boda, pero también cuando me toca vestir una obra de teatro, siempre tan llena de matices.

—Como la que acaba de estrenar en Almagro...

—Sí, «El perro del hortelano», que estará en otoño en Madrid y con la que se despide Eduardo Vasco como director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Una experiencia preciosa.