Winehouse debería cobrar

POR ROSA BELMONTEFOTOS: ÁNGEL DE ANTONIOMADRID. La sombra de Karl Lagerfeld es alargada. Y la de Amy Winehouse mucho más porque el ahuecado del pelo la hace más alta. El «punk rico» que el diseñador

POR ROSA BELMONTE
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MADRID. La sombra de Karl Lagerfeld es alargada. Y la de Amy Winehouse mucho más porque el ahuecado del pelo la hace más alta. El «punk rico» que el diseñador de Chanel sacó en el desfile pre-otoño de Londres en diciembre se extiende como una plaga. Este verano nadie sabía quién era Winehouse, ahora no hay más artista (ni más colgada) que ella. Francis Montesinos empezó su desfile con la voz de la británica y con su estética en peluquería y maquillaje. La primera vez que se hace impacta. Cuando se copia, también. Pero por otras razones. Menos mal que el más que «déjà vu» se compensó con la primera modelo, que era nada menos que Helena Barquilla.

El valenciano tiró de la Fórmula 1, con banderas de cuadros en la boca de la pasarela y con estampados automovilísticos (que recordaban a las colchas infantiles de las camas con forma de coche). El mismo estampado, también en punto. Y, siguiendo con lo automovilístico, un mono negro en tejido engomado (siguiendo también con «Los vengadores»). Montesinos es otro (aunque ya lo ha sacado) que ha tirado del punto gordo. También de los jerseys tipo «college» y del casual de rayas (pantalones y chaquetas) de la misma inspiración. Para la noche, un destacable vestido corto blanco con pedrería negra y marabú en el bajo. Y un brillante traje multicolor, multifallero. El rey del Glam. Y acabó con una serie de rojos larguísimos, con cola y adornos dorados en forma de coronas de laurel. Para rematar lo de la Fórmula 1, Francis Montesinos salió agitando una botella magnum de Moët et Chandon y rociando al personal.

El de la moda es un mundo de robots. Y Devota & Lomba no tuvo inconveniente en vestir a sus modelos de robots y androides. Entre «Metrópolis» y «Barbarella». Vuelve el diseñador a la papiroflexia de otras veces (especialmente en el vestido final amarillo de Marina Pérez, todo prisma; a mí que no me lo den para plancharlo). Y homenajea, o lo que sea, al Rabanne y Cardin de los 60. En su descargo, lo que diría d´Ors: lo que no es tradición es plagio.

Para el Nino Bravo de «Libre», la alambrada sólo es un trozo de metal. Para Davidelfín es lo que protege la «Intimidad» (nombre de su colección). Como desfilando al lado de la valla de la cárcel, un modelo totalmente cubierto de rosa. Lana de cachemir mezclada con fieltro. Un muñeco rosa vivo. Homenaje a Louise Bourgeois, que deslumbró al rondeño cuando vio la retrospectiva de la Tate Modern. El «Je t´aime» impreso en jerseys también es de Bourgeois, claro. «Intimidad» tiene que ver con el amor y con la familia. Con la de David. Así, están presentes los cojines de ganchillo de su abuela que han dado lugar a un chaleco o a un vestido. La intimidad también es lo que se transparenta. Como en un masculino jersey «trompe l´oeil» (cielos, Schiaparelli otra vez) que tiene dibujados los pezones o los músculos de debajo. Aunque es cierto que hay un tipo de engañaojos especialmente delfiniano. Cosas que parecen otras. Una sola pieza para un traje de hombre (la chaqueta y el pantalón, pegados). O, ya en la noche (donde también estaba el blanco y negro de rayas que llevó Blanca Portillo en los Goya), ese fantástico vestido negro con el collar roto y las perlas cayendo por la falda. Pause/still. Una imagen paralizada. Y una imagen impactante, la del modelo con camisa de rayas horizontal, grilletes y cadenas en los pies.

Muy suelta y remangada es la mujer Torretta. Sin ceñir, «oversize», de manga japonesa y prendas cortas. Muchos vestidos y algún pantalón de cintura alta y pata ancha. El que abrió, un estampado de seda mezclando caqui, marino y rosa. También entre rosa y berenjena, otro con un bordado especial. Y en azul, un deslumbrante abrigo acolchado muy aplaudido. Especial era también la gasa «devoré» de un vestido con cuello de cuero. Por otro lado, ante con toque militar, tejano gris y cuero lavado. Para la noche, para el largo, un vestido de cuero negro y otro de terciopelo. Uno como ese con el que Ingrid Bergman mira nerviosa en «Encadenados» si el champán se está acabando.

De negro severo

Hay algún vestido de Miriam Ocariz tan severo tan severo (negro, largo, estrecho) que si no fuera por la frivolidad brillante de la pechera parecería robado a doña Urraca (la de los tebeos). Hay un cierto tono militar en chaquetas con mucha botonadura que va por el mismo camino de la severidad. Pero Miriam Ocariz no deja de ser Miriam Ocariz, y un simple lazo de los suyos quita cualquier concesión a la seriedad. También sus clásicos estampados (en rosa, algo así como su color fetiche) y sus vestidos vaporosos. Y desde luego que la quita esa chaqueta blanca con mangas de borreguito y lazo detrás. Los dos distintos del día son Miriam Ocariz y Davidelfín, cada uno de ellos con su propia distinción.

Como si hubiera un relevo y un punto de unión entre un diseñador y el siguiente, tenía Miguel Palacio una camisa o chaqueta blanca en mikado envejecido (Miriam Ocariz había sacado encaje negro sobre mikado en shorts y en el pecho y espalda de un vestido). Por seguir con las similitudes, Palacio tiene un rosa «shocking» utilizado en un vestido largo (más apariciones «as special guest star» de Schiaparelli). Con ese rosa empezaría el concurridísimo desfile, que seguiría con elegantísimos vestidos negros con el recurso de lazos y drapeados. Unos adornos discretísimos pero resultones. Y un estampado muy florido y nada habitual en él rematado con coloridos cristales. Para el frío (y para llevárselos a casa), un visón corto sobre minivestido rosa, un zorro sobre minivestido verde y una manta zamorana al cuello, que también abriga pero luce menos.