La voluntad de Dios

LA razón de querer publicar estas líneas es porque el tema que expongo debía estar de actualidad en todo su conjunto, aunque actual debía ser siempre la necesidad de acoger la voluntad de Dios como

Julio Vázquez Mariné
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LA razón de querer publicar estas líneas es porque el tema que expongo debía estar de actualidad en todo su conjunto, aunque actual debía ser siempre la necesidad de acoger la voluntad de Dios como base y fundamento de lo humano, de lo social, de lo político y de nuestra vida entera abrazada y orientada por el verdadero amor recibido de la verdad revelada por la Biblia, así como manifestada por la tradición, por la razón natural con que Dios nos creó y por un montón de causas entre las que se encuentran nuestra misma vida: ¿Quién nos la dio? ¿Con qué fin?

Dios se hace presente en la creación a través del hombre, el cual le representa. El ser humano es, de este modo, cima y centro de la creación e imagen de Dios, expresándose dicha imagen en que el hombre es dueño de sí mismo con entera libertad y capacidad, dadas por Dios para entregarse, para decidir, y en suma para amar y ser amado.

Pero esa libertad de decisión, dada por Dios, también puede ser utilizada por el hombre para rechazar el plan divino, dejándose seducir por sus caprichos y por el deseo de independizarse de su Creador; en suma, por su egoísmo que le conduce a dejarse llevar por el materialismo, el hedonismo, la comodidad indolente y la soberbia destructora que le llevan a la imperfección del alma, valiéndose de la libertad para explotar la naturaleza mayormente en su propia conveniencia y utilizando también la vida de los demás seres humanos de una forma arbitraria y egoísta. El primer hombre y la primera mujer, desobedecieron a Dios después de haber sido creados por Él, y esto es lo que hemos hecho muchos seres humanos a quienes Dios dio la vida por medio de la concepción humana y quienes por medio del Bautismo, como fuente espiritual y del Evangelio, como impulso doctrinal, deberíamos haber procurado la virtud de la caridad al máximo así como la moralidad y la honradez. ¿Vamos a evadirnos de la conversión a la voluntad de Dios? ¿O es que quizás estemos empezando a pensar que Dios no existe al fijarnos en este mundo tan chocante, extraño y singular, o comenzando a considerar que Dios es injusto al haber permitido esta humanidad tan diferente en sus valores y sus imperfecciones y defectos, tanto en la miseria como en la abundancia?

Mi respuesta a esta pregunta anterior es manifestar lo que dice San Pablo en la Epístola a los Romanos 9,14.20-24: «¿Qué diremos pues? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡Vamos hombre! ¿Quién eres tú para contestarle a Dios? ¿Va a decirle la arcilla al que le modela: «por qué me has hecho así?». ¿No tiene el alfarero derecho sobre la arcilla para hacer del mismo barro un objeto de valor y uno ordinario? ¿Y si Dios quisiera mostrar su reprobación y manifestar su potencia soportando con mucha paciencia a los que eran objeto de reprobación, ya pronto para destruirlos, y dar a conocer su inagotable esplendidez con los que eran objeto de misericordia, que él había preparado para la Gloria? .... que somos nosotros, llamados además por Él no sólo entre los judíos, sino también entre los paganos».

Y yo me atrevo a continuar, en nuestros días, lo expresado por San Pablo, añadiendo por mi parte, dos mil años después: «... que somos nosotros, pecadores, también llamados, no sólo entre los bautizados, no sólo entre los católicos, sino asimismo entre los paganos no creyentes, que no han tenido la ventura de conocer a nuestro Dios, y entre los de otras religiones, que quizás no han tenido luz de formación, para encontrar la auténtica percepción de la verdad de Dios inalterablemente predicada por nuestra Iglesia, desde la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, a través del Evangelio. De todas formas, tengamos en cuenta las palabras de Jesús en Lucas. 15, 7, «os digo que, del mismo modo, habrá en el cielo mayor alegría por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no la necesitan».

Nadie, sin embargo, debe estar obligado contra su voluntad a abrazar la fe. Dios llama a los hombres a servirle en espíritu y en verdad. Por ello quedan vinculados por su conciencia, pero no coaccionados. El creador hizo al hombre a su imagen y lo estableció en su amistad. El hombre no puede vivir esta amistad más que en la forma de libre sumisión a Dios. Esta sumisión es difícil porque el camino de ella es la Cruz en cuanto satisfacción por los pecados cometidos después del Bautismo, y como sacrificio de colaboración con la Pasión y Muerte en la Cruz de Cristo que así redimió a toda la humanidad. «Quién no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (MT 10, 38).

Para buscar la voluntad de Dios y cumplirla apoyémonos, es necesario, en el amor paciente de Dios, con la Cruz, con la congregación de la Iglesia, con la llamada a una vida sacramentalizada y la fuerza y potencia espiritual de los sacramentos, cuestiones esenciales para que nuestra fe se engrandezca y de su fruto, sobre todo, para impulsarnos a cumplir los diez Mandamientos de la Ley Dios que, como todos sabemos, se encierran en dos: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Escritor