Este paraje cacereño del río Tiétar Cragnolini lo compara con «los arroyos que tanto disfruté en mi juventud, en los Valles de Punilla o Calamuchita»
Este paraje cacereño del río Tiétar Cragnolini lo compara con «los arroyos que tanto disfruté en mi juventud, en los Valles de Punilla o Calamuchita»

Un turista inmigrante

El corresponsal de la Cadena 3 argentina encuentra en Extremadura ecos de su Córdoba natal

ArgentinaActualizado:

Antes de aquella mañana de abril de 1990, cuando crucé por primera vez el control de pasaportes de Barajas, España me parecía una, pequeña y uniforme. Hasta ese momento, España era Serrat, Sabina, «Anillos de Oro», la Transición, Almodóvar, Felipe González y un rey campechano. Al mes de vivir en Madrid, y por motivos de trabajo, ya había conocido Barcelona, Murcia, Castellón, Cuenca, Segovia y Chinchón. «Esto es diferente a cada paso», me dije, y esa opinión no dejó de reafirmarse en cada nueva experiencia que enriqueció mi vida en este país.

Me han fascinado muchos rincones, paisajes y gentes, desde las calas de Menorca hasta la aridez de Lanzarote, desde los pueblos blancos de Cádiz hasta los valles pirenaicos, desde el recio cariño de un vasco hasta el elegante saber estar de un vallisoletano. Pero los recuerdos más entrañables son aquellos en los que pude amalgamar mis dos acervos culturales. Mis dos vidas, una en cada hemisferio.

Mi añorada provincia

En ese contexto, Extremadura es la región que bien podría hermanarse topográficamente con Córdoba, mi querida y añorada provincia natal. Cuando transito por la A5, a la altura de Oropesa, y a mi derecha luce el macizo rocoso de Gredos y a la izquierda las llanuras suavemente onduladas que se extienden hasta los montes de Toledo, mi Córdoba se transparenta en segundo plano. Esa síntesis entre planicie y montaña anticipa otras similitudes, como el clima continental, de inviernos recios (moderados por el cambio climático) y veranos tórridos (algo descontrolados por la misma razón). Y los ríos, y los embalses… abundan las coincidencias.

Atravesar el Puerto de Miravete me traslada a las estribaciones de las sierras chicas cordobesas. Y donde la simbiosis entre ambas naturalezas me parece perfecta es cuando me zambullo en las transparentes y siempre frescas aguas de deshielo y manantial de la Garganta de Cuartos, idénticas a los arroyos que tanto disfruté en mi juventud, en los valles de Punilla o Calamuchita. Diez mil kilómetros separan a los dos entornos, pero anidan en mi corazón como una sola familia.

Más allá de mi experiencia personal, mis compatriotas expresan una unánime fascinación por España. A pesar ser una sociedad fuertemente marcada por la cultura italiana, Madrid o Barcelona suelen ser las puertas de entrada preferidas por los argentinos para llegar a Europa por primera vez, y también por segunda, o por tercera ocasión… Es como pasar a ver a los primos o tíos antes de internarse por el viejo continente en busca de nuevos destinos.

A los porteños les encanta visitar Barcelona. Y vivir, también. Se sienten como en su Buenos Aires querido. Pero tampoco Madrid le va a la zaga, con una imagen muy recuperada en los últimos años. Los argentinos también se dejan llevar por sus historias personales, y allí los hallas visitando aldeas gallegas o asturianas siguiendo el rastro de abuelos, a veces también indianos.

Amantes de la buena mesa, los argentinos caen rendidos ante la variedad y calidad de los manjares (¡y los vinos!) que España exhibe con indisimulable orgullo. A tal punto que a veces llegan a confundir sus planes gastronómicos con los artísticos, como aquel amigo al que invité a cenar cuando ya llevaba unos tres días en Madrid. Para superar la emoción del reencuentro, me arranqué con una pregunta presuntuosa:

-¿Has visitado algún museo ya?

-Sí, claro!!

-¿Cuál?

-¡Me extraña pibe! ¡El Museo del Jamón!