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El testamento de Oriana Fallaci

Miguel Torres
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ORIANA Fallaci fue una de las más grandes periodistas del pasado siglo y uno de los caracteres más indómitos que ha producido el género femenino. «Un sombrero lleno de cerezas», su libro póstumo, contiene claves suficientes, tanto genéticas como históricas, para comprender mejor su figura y su apasionada entrega a las causas en las que creía. El libro es una saga familiar, la de su propia familia, a la que la escritora fue aportando datos a lo largo de toda su existencia, pero al que se dedicó en exclusiva los últimos dieciséis años de su vida, en un auténtico vértigo investigador, cuando ya era consciente de las enfermedad que habría de acabar con su vida en 2006. Dos siglos de la historia de Italia a través de una familia, desde Ildebranda, la antepasada que murió, a manos de la Inquisición, quemada en la hoguera por hereje (asó unas costillas para comer en Cuaresma), hasta la propia autora, hija y nieta de partisanos y testigo ella misma, en la adolescencia, durante la resistencia antifascista.

«Un sombrero lleno de cerezas» es un auténtico friso histórico que se abre a mediados del XVIII, en vísperas de la Revolución Francesa y tras el triunfo de las colonias norteamericanas contra Inglaterra, y sigue como telón de fondo con todo el Risorgimento, las guerras libradas por la unidad de Italia hasta su unificación e independencia bajo la monarquía sardo-piamontesa de Víctor Manuel II. Nueve generaciones familiares de extraordinaria riqueza humana y patéticos sufrimientos. Todo sucede durante las luchas contra el opresor austriaco en el norte, los borbones en Nápoles y Sicilia y el inmovilista enrocamiento papal en sus Estados Pontificios; la sangrienta invasión napoleónica que contradice los postulados de una revolución a la que muchos se habían sumado en espíritu; la gesta de carbonarios y mazzinistas, precursores de la libertad italiana; la arrolladora personalidad de Garibaldi y su forma de llevar la guerra revolucionaria; la sagacidad diplomática y política de Cavour, primer ministro piamontés y fundador de la Italia moderna; y Víctor Manuel II, cabeza en Turín del régimen más liberal que quedó en Italia tras la represión de los movimientos revolucionarios por el ejército austriaco que mandaba el mariscal Radetzky.

En un desesperada marcha contra reloj de dieciseis años para adelantarse a un cáncer que la tenía emplazada, Oriana Fallaci busca sus orígenes en dos siglos de historia indagando por pueblos y parroquias perdidas. «Entonces -escribe al comienzo-, cuando el futuro se había vuelto muy corto y se me escapaba de entre los dedos con la inflexibilidad con que cae la arena en una clepsidra, me sorprendía con frecuencia pensando en el pasado de mi existencia: buscando allí las respuestas con las que sería justo morir. Por qué había nacido, por qué había vivido, y quién o qué había plasmado el mosaico de personas que, desde un lejano día de verano, constituía mi yo». «Todos aquellos abuelos, abuelas, bisabuelos, bisabuelas, tatarabuelos, tatarabuelas, antepasados y antepasadas, en una palabra, todos aquellos padres míos, se convirtieron en mis hijos. Porque ahora era yo la que los estaba pariendo a ellos, mejor dicho, devolviéndoles a la vida que ellos me habían dado». El resultado es un friso humano e histórico de gran vigor y belleza literaria. El verdadero testamento literario de una gran escritora que dedicó la mayor parte de su vida al periodismo, en el que encontró la fidelidad de millones de lectores y en el que desarrolló su carácter indómito.

Oriana describe la Italia descuartizada tras el Congreso de Viena. El Reino del Véneto y Lombardía, Reino de Cerdeña con el Piamonte, Reino de las dos Sicilias, gran ducado de Toscana, Estados Pontificios y cinco pequeños Estados controlados por los austriacos, el ducado de Parma y Plasencia, el ducado de Módena y Reggio, ducado de Massa y Carrara, ducado de Lucca y República de San Marino. Un joven compositor, Giuseppe Verdi, vuelve loco de entusiasmo a un pueblo en sangrienta lucha por su indepndencia y libertad. Los italianos se siente identificados con los judíos oprimidos por los asirios que cantan en «Nabucco» el Va pensiero que se convierte en un himno patriótico. A él añaden el de «I Lombardi», el drama de los cruzados que partieron para liberar el Santo Sepulcro, y el de los gitanos que gimen en «Il Trovatore» mientras brilla la pira inquisitorial. En aquel ambiente, que ya es siglo XIX, van desembocando también los grandes inventos de la época, el ferrocarril y la máquina de coser, el telégrafo y el teléfono, la luz eléctrica, los descubrimientos que iban perfilando el futuro. Y el impacto de libros como «Los novios» de Alessandro Manzini, sobre los abusos de los españoles en Lombardía en el siglo XVII, o «Mis prisiones», de Silvio Pellico, siempre exiliado o encarcelado por los austriacos, o «De los delitos y las penas», de Cesare Beccaria, en defensa de la abolición de la pena de muerte y de la tortura, prácticas habituales en aquellos tiempos, o «Corazón», de Edmundo de Amicis, historias protagonizadas por niños de las distintas regiones italianas, que exaltan las virtudes, el heroísmo y el sentimiento patriótico. Hace ya más de treinta años, Bernardo Bertolucci dirigió una película, «Novecento», famoso drama que hace un complejo recorrido histórico, político y social de la Italia del siglo XX. Los dos protagonistas, ambos nacidos en 1900, uno hijo de un terrateniente y otro de un bracero, viven una intensa amistad durante ochenta años y una manera diferente en su actitud ante el fascismo. La novela de Oriana Fallaci es mucho más ambiciosa en el tiempo y en el espacio.

Cavour y Garibaldi, los dos grandes artífices de la reunificación italiana, mantuvieron un impresionante duelo para la consecución de un objetivo común. El primero, para que el resorgimento acabara coronado por Víctor Manuel II. Garibaldi, para la construcción de una gran república. Venció el primero, quien consiguió que Garibaldi, tras su meteórica conquista de Sicilia, Calabria y Nápoles al frente de sus camisas rojas, entregara al fin los territorios al monarca de la casa de Saboya. «La dinastía Sayoya -argüía Cavour- no puede permitir que un condottiero vulgar lleve a cargo la obra del Risorgimento italiano. Ella misma debe conquistar lo que aún queda por conquistar». Oriana Fallaci pone en pie la gran saga familiar en dos siglos decisivos, novelando lo que no logra documentar de la historia de sus antepasados, de una riqueza humana apasionante, mientras la historia transcurre al fondo.