Swarovski: reflejos alpinos

POR RAMIRO VILLAPADIERNACORRESPONSALBERLÍN. Swarovski es uno de esos ejemplos de cómo la ingeniería conduce al arte y cómo el cristal de roca se ha instalado por derecho en las mejores joyerías

POR RAMIRO VILLAPADIERNA. CORRESPONSAL
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BERLÍN. Swarovski es uno de esos ejemplos de cómo la ingeniería conduce al arte y cómo el cristal de roca se ha instalado por derecho en las mejores joyerías, permitiendo a la interesada brillar entre tiaras y alhajas sin ser la emperatriz Soraya.

Cuando el buen cristal de Bohemia aún se cortaba a mano con permiso real en Karlový Vary, o se recogía el cristal de roca y se vendía en las granjas de la frontera silesia, Daniel Swarovski inventó una máquina cortadora que hizo patentar, en 1892, en Praga y con ello iba a democratizar un brillo, al que tampoco renunciarían las archiduquesas.

En la bohemia Jiretín pod Bukovou nacía la posibilidad del cristal de alta calidad, en su variedad industrial, y tres años después Swarovski se trasladaba a Watten, en el Tirol, donde estaban ya los telares de Loden y la hidroeléctrica local podía atender el intensivo uso de energía, mientras su cliente parisino Kosmann y su suegro Weis le proporcionaban el otro líquido requerido.

La tradición centroeuropea sabe de la relación del vino con el cristal, del licor con el peso y su corte, del tacto de los labios en el borde, de sus facetas irisadas a la vista, espejeantes o mates. Se debe al plomo que contiene, que en el caso de Swarovski alcanza un 32%. A la coloreada refracción ayudan asimismo sutiles coberturas metálicas aplicadas, que, según el efecto deseado, llevan el nombre de «Aurora Borealis», «Dorado», «Crystal Transmission», «Volcano» o «Aurum».

En su relanzamiento desde 1988, cuando cambió el edelweiss por el cisne como emblema, Swarovski ha mostrado ese olfato de las empresas familiares alpinas que, desde un pequeño valle, contemplan el mundo -o el mercado- en su globalidad y no rehúyen un solo golpe de efecto.

Así, su entrada en las pasarelas de la moda, en la electrónica de consumo, en el Victoria & Albert Museum de Londres o la propia y vistosa vida de su rubia más famosa: Fiona Swarovski. Además de un parque temático abierto en su centenario -Kristallwelten (Mundos de cristal)- están en la óptica, la relojería o la ornamentación, con sus indescriptibles figurillas animales convertidas en el fenómeno Lladró del cristal.

Como se observa en la reciente exposición en el Konzerhaus de Berlín, los bohemios-tiroleses han logrado elevar la bisutería al peldaño del glamour sin romperse un tacón: «Maria Callas & Swarovski. Joyas de escena» reúne las piezas realizadas para la fetichista soprano por el Atelier Marangoni de Milan -hoy propiedad de la firma Swarovski- y, prueba de que el vidrio no le va a la zaga ya a otras cristalizaciones carbonadas, la colección ha sido evaluada en unos 626.000 dólares.