Sonsoles Espinosa, Dama en cuarto creciente

TEXTO: BLANCA TORQUEMADA/
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Las vacaciones presidenciales pueden provocar envidia, en un vistazo somero, o lástima, si se escarba en los avatares últimos. Beneficiarios de la saludable permeabilidad social de las últimas décadas, tanto los Aznar (clase media-alta) como ahora los Zetapé (clase media-algo más que media) se han visto impelidos, por mor del cargo, a abandonar sus convenciones estivales de playa zumbona (Las Playetas o Almuñécar) en favor de destinos más postineros, sin que termine nunca de saberse si son más determinantes en la elección los imperativos de la seguridad (manida coartada) o unas ciertas ínfulas sobrevenidas al calor de las tupidas alfombras monclovitas. El caso es que Sonsoles se aplicó bien pronto a la tarea de elevarse a la altura de sus nuevas circunstancias y el resultado es de lustre: la familia del presidente del Gobierno sienta hoy sus reales en Santa Bárbara, una finca menorquina tamizada por el lujo rústico al uso, más caro cuanto más sobrio. La decisión podría tener también, por qué no, un algo de «lenguaje emocional» dirigido a Londres, ahora que los británicos se solazan escupiéndonos desde la Roca y Menorca viene a ser la metáfora de la soberanía recuperada, donde de los tiempos de la ocupación inglesa queda sólo la etílica costumbre de destilar «gin».

Lo malo es lo de siempre, lo de antes: si Ana Botella tuvo que pasar por el trance de que una familia balear «de las de toda la vida» hiciera un corte de mangas a su pretensión de arrebatarle el disfrute de su mansión en el cotizado mes de agosto, lo que obligó a buscar otra casa a toda prisa, ahora Sonsoles ha tenido más suerte y ha logrado que un empresario milanés acceda a alquilar, por primera vez, su selecto refugio. Pero tanto en el éxito como en el fracaso de este tipo de gestiones hay siempre un ramplón trasfondo de genuflexión y súplica: los gobernantes transitan fugazmente por su cuarto de hora, mientras el único poder sólidamente establecido es el del dinero, qué le vamos a hacer. Por eso no es descabellado imaginar a Sonsoles, con su amplísima sonrisa trazada a cartabón, dorando la píldora a los acaudalados propietarios reacios a ceder su predio. Esfuerzo desmesurado si tenemos en cuenta que la plebe también cata virtualmente ese tipo de privilegios cuando se trasiega la sección «Casas con estilo» en el «Hola», una honrosa posibilidad al módico precio de 1,80 euros.

Luego, entre instalarse, atender adulaciones y visitas y recoger, se pasan las tres semanas en un soplo. Es lo malo del lujo: que tiene su «tempo» y no es lujo si no dura todo el año o, incluso, toda la vida. Por eso Jackie Kennedy supo bien dónde tentar las segundas nupcias. Otro inconveniente habitual de estos veraneos rumbosos es la que ya se conoce como «Ley de la Transgresión Impune», que reza: «Toda finca situada en una isla mediterránea y apetecida por un presidente del Gobierno para su descanso de agosto posee una piscina ilegal». Le pasó a Botella y ahora le ha ocurrido a la mujer de Zapatero que en la primera vivienda en la que puso los ojos, Torre de San Nicolás, bien acondicionada para los juegos de Laurita y Alba, existe una pileta construida al margen de la normativa urbanística. En vista de lo cual y para evitar líos, el aparato de Moncloa, émulo de la TIA, ha decidido que esa casa la ocupen los servicios de seguridad del presidente, una solución habitacional al más puro estilo Trujillo con pregunta implícita: ¿qué diferencia ética y estética hay entre que la use la familia del presidente del Gobierno o lo haga su séquito?

Poco más sabemos de cómo se desenvolverá el veraneo zapateril, aunque pronto suenen los atambores del lógico encuentro con los Reyes y se presienta un creciente protagonismo de Sonsoles, a quien supusimos discreta y anda ya pizpireta bajo los focos, so pretexto de su dedicación profesional a la música, en la fundación de Barenboim generosamente amamantada por la Junta de Andalucía. Entre concierto y concierto, gasta con desparpajo los zarcillos que le manufactura Felipe González y sienta precedentes, después de erigirse como la única señora que disfrutó sin suplicio de la Boda Real, pues se atrevió a calzar zapato plano. Adquiere presencia social y es ya su hora, la hora de que hable, si es que, como empieza a parecernos, la dama en cuarto creciente considera que tiene algo importante que decir.