Carlos Gustavo y Silvia de Suecia en un acto reciente.

Los Reyes Carlos XVI Gustavo y Silvia de Suecia celebran hoy sus bodas de plata

ESTOCOLMO. Carmen Villar Mir, corresponsal
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Han transcurrido 25 años desde aquel soleado día de junio en que el joven Rey Carlos XVI Gustavo y su bella prometida, Silvia Renate de Sommerlath, hija de un industrial alemán y de una dama brasileña de raíces españolas, protagonizaban uno de los acontecimientos más bellos de la historia sueca. El 19 de junio de 1976, Estocolmo era una fiesta. Fue la boda del siglo. Un evento magno para los más de mil invitados y varios millones de escandinavos que fueron testigos en directo por televisión: desde la entrada de los invitados a la Iglesia, la llegada del Rey vestido con uniforme de Almirante y, minutos más tarde, la de la novia, bellísima con un traje de Christian Dior con amplia cola y una diadema de camafeos con perlas. Nadie se perdió el furtivo beso que la novia recibió de su prometido en el atrio de la Storkyrkan, el emocionado «ja, jag vill» (sí, sí quiero) de ambos, su paseo en carroza por el centro de la capital ni su llegada en embarcación engalanada al Ayuntamiento.

En aquella ocasión no se alzó ni una sola voz contra el Rey por haber preferido a una mujer sin sangre azul en sus venas. Tal vez se intuyó que Silvia, esa joven de sonrisa tierna y cintura frágil, sería una Soberana modelo. Silvia (así la llama su pueblo) es la persona más admirada de toda Suecia. La prensa, que con motivo del aniversario dedica números extraordinarios a estas bodas de plata, recuerda que la Reina nunca dio un paso en falso ni fue motivo de escándalos. Los historiadores aseguran que el carácter de la Soberana y la forma de educar a sus tres hijos (Victoria, Carlos Felipe y Magdalena) es la mejor baza con la que cuenta hoy la Monarquía sueca.

Esta historia de amor ejemplar comenzó en 1972, en el estadio de Múnich, donde el Rey asistía a los Juegos Olímpicos de Invierno. Unos Juegos trágicos en los que el grupo terrorista «Septiembre negro» asesinó a sangre fría a un grupo de la delegación israelí. Silvia Sommerlath, jefe de azafatas en los Juegos, se encontraba en la tribuna de los «vips» cuando notó que alguien la miraba con unos prismáticos a menos de dos metros de distancia: «Era Carlos Gustavo de Suecia. Se quitó los prismáticos, nos miramos a los ojos y sonreímos. Fue un momento muy especial», declaraba la Reina recientemente en una entrevista.

Por su parte, el Soberano confió a los representantes de la Prensa el día de su compromiso, 12 de marzo de 1976, que «lo suyo» había sido algo imprevisto: «Nada más ver a Silvia, mi corazón hizo “click” y supe que era la mujer de mi vida».

Con motivo del XXV aniversario de boda se ha publicado un libro, ricamente ilustrado, en el que Silvia, que se despoja por unos momentos de su actitud reservada, cuenta por primera vez algunos detalles íntimos de su vida y sus experiencias como Reina, esposa y madre. Habla sobre su matrimonio y sobre la rapidez con la que han pasado estos 25 años: «Parece que fue anteayer», asegura. En Palacio reina la calma y un ambiente pacífico ya que «jamás se ha cruzado una sóla palabra malintencionada entre el Rey y yo». Cuenta también la enorme felicidad que le proporcionan sus tres hijos entre los que «Carlos Felipe es el más diplomático de la familia» y que su fe cristiana es tan importante en su vida que siempre actúa según las palabras del Evangelio: «Trata al prójimo como a ti mismo».

Alrededor de 150 miembros de la realeza, entre ellos la Familia Real española, acompañan a Carlos Gustavo y a Silvia en sus Bodas de Plata. Dos días de festejos en los que se celebrarán cenas de gala, representaciones de teatro y conciertos al aire libre, entre otras cosas. Ayer, los invitados viajaron en barco desde Estocolmo por el lago Mällaren, pasando por el pueblo vikingo de Birka, al Castillo de Gripsholm para asistir a una representación en el teatro de Gustavo III y a una cena de gala. Hoy, tras un servicio religioso y una acción de gracias, tendrá lugar en el Palacio de Estocolmo la recepción para el Gobierno y los representantes de provincias, a la que seguirá un almuerzo y un concierto en los jardines de Drottningsholm. Tras el concierto, los invitados serán agasajados en el Palacio de Drottningsholm (residencia de los Reyes) con una cena de gala que culminará los actos de las bodas de plata.