Kiko Ledgard en el «Un, dos, tres»
Kiko Ledgard en el «Un, dos, tres» - Archivo

Los príncipes del plató

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Los presentadores son los padres de la tele, los pichichis del prime-time, y van desde Jesús Hermida, que era un trueno yeyé, a Bertín Osborne, que ahora hace entrevistas, pero antes presentaba concursos de críos, o anunciaba jamones de spot, mientras iba sacando un rato para ir cantando por ahí, con su vaivén de galán de casino.

El presentador te sale Matías Prats o bien es un apolo que aún se sostiene, cuando llega la precalvicie, como Jesús Vázquez, que es lo que parece, un trabajador sin tontuna, un sentimental de sinceridades, un famoso nada folclórico. No es cualquier tontiloco de los que se lo montan en la tele, con carrerones que no aguantan el trimestre. De esos no va esta crónica.

Matías Prats casi inventó el telediario, y está siempre ahí, hecho un puro pincel, y le acaba poniendo su propio traje a la noticia, un traje que es su voz bien cosida, por un lado, y por el otro lado una cordialidad de solapa azul marino.

El presentador, si miramos lejos, es Kiko Ledgard, aquel incalculable maestro del «Un, dos, tres», al que sucedió Mayra Gómez Kemp, que sabe de todo, y gasta reloj de profesionalidad. Mayra es una cubana del barrio madrileño de Argüelles, y tiene eso incógnito, grato e indiscernible que los expertos llaman el don de la comunicación. Pero no quiero irme del género del tema.

Jesús Hermida y sus compañeras de «Por la mañana»
Jesús Hermida y sus compañeras de «Por la mañana» - Archivo

El presentador, como oficio, tiene en una punta a Ramón García, Ramontxu, que hizo de la capa un oficio, y en la otra punta a Jaime Cantizano, que gasta una voz de metal joven, y se desempeña en todo con una gracia que es pulcritud que es elegancia. No es desvío laboral que ahora viva el éxito en la radio. La tele ha tenido presentadores de inteligencia nocturna, como Sardá, o agitadores más bien canallitas, como Pepe Navarro. Los concursos, así en general, los suelen llevar guapos del momento que duran un rato más que los concursantes. En medio de todo está Jorge Javier, que es seriamente mejor que la chusma que a menudo lo escolta.

Hay presentadores que no son tales, sino actores, como Jesús Puente, en su momento, o bien exóticos del periodismo, como Jesús Quintero, entre el hippie de ático y el marqués de arrabal.

Jesús Vázquez empezó de pareja de Penélope Cruz, en el programa «La quinta marcha», y ahora suelta cosas de veterano de suficiente lámina, todavía: «Me estoy despidiendo de que mi cuerpo sea mi principal tarjeta de presentación».

Yo no diría que Bertín ejerce de presentador, o de periodista, ni siquiera de entrevistador, sino de Bertín, y por eso ha logrado que las gentes se descuiden en el sofá de plató, y ahí se desabrochen de dato o detalle confidencial, como si hubieran quedado un rato con un coleguita que no cambia, entre el vacile de barra y la franqueza de golfo. Quintero es un dandi que le da el mismo micro a un ministro y a un tronado. A Felipe González y a un piernas del noble empleo de la picaresca de esquina. Todo programa es efímero, pero el presentador no. Salvo que no valga.