Premio Mariano de Cavia: Hans Sachs, el zapatero prodigioso

JOAQUÍN CALVO SOTELO (La Coruña, 1905- Madrid, 1993). Hermano del diputado monárquico José Calvo Sotelo asesinado en 1936, compaginó importantes cargos públicos con su actividad literaria. Miembro de la Real Academia Española desde 1955, escribió casi 60 obras de teatro, algunas de ellas adaptadas al cine con éxito. Colaborador habitual de ABC y Blanco y Negro, alcanzó gran popularidad por su aparición en programas televisivos como «La bolsa de los refranes». En 1949 ganó el Cavia con este artículo.

Actualizado:

Que se me da a mí de si Nüremberg fue ciudad libre o no, de si los condes de Zollern fueron o no sus margraves, de si comerció poco o mucho con Venecia? Quédese todo eso para la historia abreviada que nos sirven los guías. Que ellos muestren, del mismo modo, al turista, la vera efigie en bronce de Peter Henlin, en actitud de mirar la hora en el primer reloj de bolsillo que se construyó en el mundo, y aun -perdonéseme- la casa natal del mágico Alberto Durero, y ya no digamos la de Hänsel y Grethel, al relato de cuyas andanzas por el bosque, tantos niños han encontrado y han perdido sus sueños. Visiten otros el estadio inmenso en el que Hitler y Mussolini conocieron las mayores apoteosis de sus vidas y pronunciaron sensacionales discursos, rodeados de sus lugartenientes, once de los cuales tenían la horca a pocos metros, y el resto, la muerte a no muchos más. Vayan, sí, a recorrer el Palacio de Justicia en donde los vencedores juzgaron a los vencidos, o la Belle Fontaine de la plaza del Mercado o el Kaiserburg, con sus murallas, y sus torres, y sus almenas. Yo sé que desorbito las cosas, pero lo único que me interesa a mí, y lo que busco en Nüremberg, es a Hans Sachs, el zapatero prodigioso.

Hans Sachs no es difícil de encontrar en Nüremberg. Está, ya lo sabéis -carirredondo, ancho de tórax y de jovialidad, con unas barbas de caracolillo, enredadas y espesas-, a la puerta de su casa, dale que le das al martillo y a la lezna. Gruesos zapatones campesinos, delicados y finos chapines de damas de calidad, son confiados a la prudente artesanía de sus manos. Por la mañana y hasta media tarde, gana honesta y suficientemente su vida, pero después, en sus horas libres, gana algo más: la inmortalidad. Hans Sachs, zapatero de portal y profesor de canto. Hans Sachs enseña a cantar, sencillamente. Así, pues, si no le halláis en su zaquizamí, buscadle en la iglesia de Santa Catalina. Aprendices, que estudian solfeo; cantores, que estudian el canto; maestros cantores, que componen canciones; allí, bajo el adalidazgo, por derecho propio, de Hans Sachs, nace la primera escuela de canto de Alemania, en los góticos claustros de una iglesia construida en los albores del siglo XIV. Mientras Ricardo Wagner andaba con los dioses, poco de esto se sabía más allá de la Bruccengase, pero cuando decidió canjearlo por las buenas gentes de Nüremberg y reemplazar al Rhin por el Pegniz, la fama de Hans Sachs se hizo universal.

El oboe raya como un diamante con un tema insistente y sencillo, la charolada noche de estío. Hans Sachs -horas extraordinarias- lleva el compás de sus sueños con el martillo. El ruiseñor duerme en su jaula.

E libero il suo vol.

Giammai si in alto, io m´alzi, monologa con noble envidia, porque se cree atado a la tierra, y la verdad es que vuela a la misma altura del ruiseñor, aunque lo ignora. Eva Pogner anda muy cerca, lo bastante como para que al pequeño David se le vayan los ojos y la voluntad de trabajar tras su fiel doncella. Beckmesser le ronda enamoriscado, pero con amor más grave. Eva Pogner quiere solamente al caballero Walter Stalzig, y así se lo dirá, mientras a Beckmesser, fracasado juglar, le acorralan los vecinos burlones y se le llevan. El vigilante nocturno cerrará, con su santo y seña, ese celestial sainete, esa Verbena de la Paloma de Nüremberg.

¡Ah, escenario de «Los maestros cantores», para siempre muerto! ¡Ojivas y frágiles columnatas, sonoras bóvedas de Santa Catalina! ¡Oh, casa de Hans Sachs, con la alta bota de muestra sobre el dintel, el mirador de madera rebosante de geranios y las dos ventanas gemelas de emplomados cristales!... ¡Dédalo de íntimos rincones de secretas callejuelas, que dictarais a Wagner su mejor poema!... La Aviación acabó con vosotros. Sólo respetó el pradizuelo del último acto, junto al río, cercano al puente, por el que era una delicia de los ojos ver llegar a Hans Sachs, bajo un plesbicito de vítores, a discernir el laurel del triunfo a la canción mejor. Y arrasó el resto. Wagner, criminal de guerra.

Y, sin embargo, no fue de Wagner la culpa si Hitler bebía los vientos por sus óperas, ni suponía él qué capítulos abrirían sus trompas heroicas y qué uso se haría del metal de sus oberturas. Hitler buscaba un proemio musical a sus asambleas gigantescas y se lo pedía a Wagner prestado. Wagner se dejaba requisar, de su tetralogía, unos compases ad hoc. Tras ellos, las inflamadas proclamas, el toque se alarma, la invocación a la mitología germánica... Yo no sé si los aviadores que bombardearon Nüremberg andaban un tanto fastidiados por esto...

Acaso Wagner es un genio poco simpático. Siempre se teme que lleve segundas intenciones, y, el día menos pensado, se propondrá su desmantelamiento: es un Krupp del pentagrama. Fue grave error, aún así, que se destrozara el escenario de Los maestros cantores. Porque en los Maestros, Wagner habla un idioma sencillo, transparente y sin énfasis. Ni Wotanes, ni Sigfredos, ni Brunildas tienen nada que ver en su humanísima trama. La rumorosa selva encantada se hace allí cháchara vecinal: no se forjan espadas, se echan medias tapas, y el Walhalla es un rústico tabladillo de juegos florales.

Yo soy extranjero a las deidades germánicas. A través de Wagner las admiro, anonadado, pero no las amo, ni tengo nada íntimo que confiarles. En cambio, me siento entrañablemente amigo del Hans Sachs que Wagner inmortalizó y por eso me duele el trágico final de su vivienda. Yo le abriría mi casa para hospedarle y sé que, a mi igual, centenares y millares de hogares sobre la tierra se le brindarían francos a su hombría de bien. Artesano y poeta, zapatero y maestro cantor... Torvo se ha puesto el mundo, pero no tanto que un espíritu como el suyo haya de quedarse a la intemperie, sin encontrar cobijo, para clavar los cuatro clavos de una suela rebelde, y cantar, de paso, en una atmósfera generosa y cordial, su nostalgia por la libertad del ruiseñor, que él no tiene, y por la altura de su vuelo, que él no alcanza.