Se van pero volverán

Por MANUEL DE LA FUENTE
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Se van, y no ciertamente ligeros de equipaje. Han compartido con nosotros una buena porción de la ola de calor, se llevan sus figuritas de Lladró, una reproducción de un cuadro de Goya y tanto sol sobre el pellejo como han podido almacenar. Que luego (casi ya), allí por el septentrión el sol es una especie protegida, casi en vías de extinción. Quizá los turistas apenas hayan aprendido un par de palabras:tránsfuga, grupo mixto, y alguna frase que airear allá por noviembre en la barra de un bar de Manchester: «Dientes, dientes, es lo que les jode». Se van más coloraos que un desfile del Ejército Rojo, muchos ni siquiera podrían decir a ciencia cierta en qué región de España han puesto sus chichas al sol, se van hacia las brumas dejando atrás las playas del olvido, con el zurrón repleto de sepia a la plancha, de jarras de sangría que apuraron a calzón quitado y con la ilusión del que se está bebiendo la vida. Se van con el tanga a media asta, los ojos llenos de mare nostrum que por unas semanas fue suyum, se van con la mochila repleta de perritos piloto, y la sensación de haber estado en un país remoto, mucho más allá del Trópico de Nunca Jamás, un país llamado España, que ya no es lo que era, que ya no huele a pueblo, ni sabe a botijo. Se van de un país con algunas cuantas charangas y otras cuantas panderetas, un país donde ya a nadie se le hiela el corazón, de pura modernidad. Allá por enero, en la agencia de viajes de Hannover, les hablaron de una tierra legendaria donde se bebe y se vive barato, donde los chorizos cuelgan de las ramas de los árboles, y de las fuentes mana, bíblicamente, tinto de verano. Y se encontraron, sin embargo, un país con airbag, que sueña en euros, y donde Carmen ha dejado el redondel y a su torerillo por una concejalía de Urbanismo. Se van, pero volverán, tan modernos como somos nos quedan tópicos para rato. Y gambas a la plancha.