Pepe Rubio: «Estoy haciendo el teatro que responde a mi edad y a mis sueños»

Por Pedro Manuel Víllora
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Tras treinta y cinco años dedicado a la comedia, Pepe Rubio ha vuelto a sus orígenes dramáticos. Al Crispín de «Los intereses creados» y el Pobre de «El Gran Teatro del Mundo» se une ahora su señor Dussel de «El diario de Ana Frank»: tres papeles tras los cuales no le importaría retirarse. «Estoy viviendo un momento muy feliz gracias a José Tamayo, que me ha recuperado para la compañía Lope de Vega, donde realmente me inicié. No he estado siempre haciendo «Enseñar a un sinvergüenza», «El guardapolvo» o «Pasarse de la raya». Estoy muy contento de haber hecho todo esto, pero yo empecé en 1954 con Tamayo, por consejo de Paco Rabal, haciendo papelitos pequeños en «Edipo», «Romeo y Julieta», «Hamlet», «La orestiada», «La cena del rey Baltasar», «Peribáñez», «Diálogos de carmelitas», «Las brujas de Salem»... La gran oportunidad para mí fue precisamente el adolescente de «El diario de Ana Frank» en 1957. Tuve un éxito muy grande, hasta el punto de contratarme en exclusiva para cinco películas. Entonces Tamayo empezó a creer más en mí y me dio papeles de más envergadura, como el Biff de «La muerte de un viajante», el hijo de «Seis personajes en busca de un autor», «Rómulo el grande» de Dürrenmatt, «La Celestina», «Bodas de sangre», Casio en «Julio César». Así hasta llegar a la culminación que fue «La caída de Orfeo» de Tennessee Williams... Volver con Tamayo ahora es un sueño. No me importaría en absoluto retirarme del teatro después de «El diario de Ana Frank», porque es muy difícil encontrar personajes como este. No es que rechace la comedia ligera, porque con «Enseñar a un sinvergüenza» he llevado a más de diez millones de personas a ver la función, pero el teatro que he estoy haciendo ahora es con el que estoy a gusto, porque es el que responde a mi edad, a mis sueños».

—¿La etapa de guaperas queda ya lejos?

—Queda superada. La vida tiene etapas que se van quemando. He asumido mi edad, mi físico, y ya se acabó el guaperas, el play-boy de las películas. Me parece muy bonito haber vivido esa época, y además he conseguido todo lo que he querido. No significa que ya no tenga ambiciones ni ilusiones. Ambición no tengo ninguna, pero tengo ilusión por todo: por una comida, por un atardecer, por leer un libro... Tengo la misma ilusión ahora que cuando tenía veinte años. Pero comprendo que no puedo seguir con lo que hacía. Y si no tengo algo que me enganche por el texto, el autor, el director, el montaje..., mejor no hago nada. Por eso hago con tanto cariño «El diario de Ana Frank», porque es una obra que significa mucho para mí, que es un canto a la vida, a la libertad, al amor a los demás. Cuando la hice con Berta Riaza en el 57, muchas veces salíamos llorando, y entonces Berta me decía: «Cómo hemos disfrutado». Y el día que no llorábamos, Berta decía: «Hoy no teníamos situación». Hacer aquella versión con Berta, con Luis Prendes, con Milagros Leal, con Ana María Noé, me dejó tan marcado que ahora estoy disfrutando como un niño.

—El señor Dussel le obliga a un cambio de imagen brutal: la calvicie, el envejecimiento, el bigote... ¿Cómo lleva el deterioro físico del personaje?

—De maravilla. Cada día disfruto más y encuentro cosas nuevas. Soy un actor que no estreno bien; no llego a dominar los nervios de la noche del estreno. Recuerdo un reportaje que hicieron hace años a Marsillach, Rodero y Fernán Gómez, y se preguntaban que cómo los críticos podían juzgar una interpretación por una noche de estreno, cuando el actor sale enfermo. Eso me pasa a mí, y es ahora cuando estoy sacando cosas. Pero contestando a tu pregunta, recuerdo que en la noche del estreno vino Berta Riaza recordando viejos tiempos, y estaba María José Alfonso con Victoria Rodríguez, la viuda de Buero. Y Berta me dijo: «Qué fenomenal. Qué señor Dusel haces», «y qué valor le has echado», dijo Victoria. Y dice Berta: «No, valor no. Cojones».

—¿Cuesta asumir la edad?

—No, asumo envejecer. Lo que me preocupa es la muerte. Es una putada que una persona razonablemente feliz tenga que pensar que por la edad se va acercando a ella, que los amigos se van muriendo, que los compañeros van desapareciendo y un día te va a tocar a ti. Eso me entristece muchísimo. No tengo ganas de irme. Quisiera quedarme un poco más.

—¿Se siente valorado como actor?

—Quizá por un grupo minoritario muy intelectual y erudito, Pepe Rubio no sea valorado. Pero el gran público mayoritario, que es por quien hacemos teatro, me acepta de locura, y he ido abarrotando los teatros de España entera durante años. Y sin un duro de subvención nunca, ni una ayuda de nadie. Me siento querido por el público, y en el escenario siento al público dentro de mí.