A pedir de boca

MANUEL DE LA FUENTE
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Aunque algunos hayan pasado a la historia del cine sin apenas una frase lo normal en la pantalla grande es decir esta boca es mía. Al final de la escapada cinematográfica siempre hay unos labios que, generalmente, han valido más que unos morritos o unos morrazos, que de todo hay en la viña de los Lumiére. Sí, hay labios que sujetaban un cigarro, mientras Sam la tocaba otra vez, y por supuesto nos quedaba París. Hay labios entre los que se deslizaron frases de prejubilación forzosa y forzada, y desde luego anticipada: «Vamos a hacerte una oferta que nunca podrás rechazar», de un tipo, Marlon Corleone Brando que no era precisamente un bocas, y menos un bocazas. Hubo labios de polis y ladrones, de indios y centauros del 7º de Caballería, hubo labios del Gordo, del Flaco, labios coronados por bigote como Chaplin, pero sobre todo, en las pelis, siempre hay unos labios de mujer que cortan la respiración y hasta el hipo. Labios que dicen la verdad y nada más que la verdad: «Miénteme, dime que me quieres», por ejemplo. Labios cómplices de Bacall y si me necesitas silba. Labios básicamente instintivos como los de Sharon Stone, o qué labios, mamma mia, como los de la Loren, labios con los que Jimena sorbía sopa castellana. Hay labios que duran lo que dura un suspiro, apenas nueve semanas y media, como los de Kim Bassinger, y labios rebozados en harina como los de Jessica Lange. Y labios de perdición y del sur profundo como Vivien Leigh subiendo al último tranvía de su vida, aquel tranvía llamado deseo. Hay labios de toma pan y moja (mantequilla) como los de Maria Schneider, labios de condesa descalza como los de Ava Gardner, y labios a los que les subía las faldas un respiradero del metro neoyorquino. Y labios con regusto a arroz amargo, los de Silvana Mangano. Sabido es que Dios creó a la mujer, y le puso los labios de Brigitte Bardot, y hubo labios que no se llevó el viento jurando y perjurando que no volverían a pasar hambre. Labios, labios y labios de cine. Labios temblorosos bajo la lluvia en un semáforo del condado de Madison. Labios crepusculares, sin perdón: «Cuando matas a un hombre no sólo le quitas lo que es, sino todo lo que pudiera llegar a ser». Labios que nombraron el napalm a la hora del desayuno, labios que mintieron como los de John Wayne después de darle matarile a Liberty Valance. Labios que piden arsénico por compasión y labios de hace un millón de años como los de Raquel Welch. Labios finos de ángel azul, labios a la hora en punto, pero solos ante el peligro, y gusanos con labios como los del Potemkin. Y labios hechos por partes, como los de Frankenstein. Y hay labios pata negra, jamón jamón y con Pe. Y con B de Streissand, labios que se llevan por Banderas, o con pulpa y con fiction, los de Uma Thurman, y labios que son un bocata di Cardinale. Labios en cada plano, en cada fotograma. Labios y labios de cine. Y labios, sencillamente inapelables, a pedir de boca, como los de Keira Knightley. Y aquí ya sobran las palabras, por mil que fueren. Basta la imagen. ¿O no?