Belén Díaz

El nirvana arrocero de Santa Pola

Cuesta para un escandinavo adaptarse al concepto del veraneo, pero con la ayuda de buenos amigos y arroz a banda se puede conseguir

DinamarcaActualizado:

En danés, el verbo «veranear» no existe. Mis compatriotas se tienen que conformar con «hacer vacaciones de verano», que no es exactamente lo mismo. También allí se desconecta, obviamente, pasando un par de semanas en las casitas de madera que muchas familias poseen en las zonas costeras. O se viaja a países como España, en busca del sol a menudo ausente durante el verano nórdico.

Pero el veraneo entendido como tiempo muerto de todo un país -como una especie de realidad paralela- es un fenómeno muy mediterráneo que puede llegar a producir incluso un poco de angustia a los no iniciados.

Cuando empecé mi trabajo aquí, en los años 90, me ponía de los nervios ver cómo nadie respondía llamadas ni correos según se acercaba agosto. Y aunque el parón se ha hecho menos total con los años, he tenido que aprender a ajustarme a la realidad veraniega. Ahora intento, siempre que sea posible, tomarme un buen descanso durante el mes de agosto, alternando las visitas a familia y amigos en Dinamarca con los múltiples destinos apetecibles en España.

Desde que en mi primera visita al país acabé «de potra» -como diría mi hijo- en la playa de Bolonia, tengo una debilidad por la costa de Cádiz. Ya no es tan «salvaje» como hace 30 años, pero la sensación de feliz fin del mundo -o por lo menos de Europa- sigue intacta. Cabo de Gata en Almería es otro lugar siempre mágico, y desde que he formado una familia he aprendido a apreciar también la más organizada y pija belleza de Menorca.

Sin embargo, donde creo haberme acercado más a ese nirvana ibérico del veraneo es en un lugar de entrada menos «exótico». Un amigo y compañero de piso de los tiempos Erasmus en Granada posee en Santa Pola, Alicante, un apartamiento con mucha solera. Allí conseguimos algunos veranos reunir a los inquilinos de aquella inolvidable casa de estudiantes.

Hablamos mucho, montamos excursiones a la isla de Tabarca o andamos por la playa hasta el famoso Hostal Galicia en El Pinet. Pero la actividad principal -y el «zen» del asunto- es la preparación prácticamente diaria de un buen arroz a banda.

Vamos por la mañana o la tarde anterior a elegir entre el excelente género que llega a uno de los más importantes puertos pesqueros del Mediterráneo.

Compramos morralla para el caldo, calamar para el sofrito y algún que otro tropezón de atún o gamba, sin pasarse y quitarle protagonismo al arroz. Luego, a casa a cocinar, capitaneados por el anfitrión. En tertulia continua, con cerveza fresca a mano, pero también con máximo rigor culinario. Finalmente, nos lo comemos, todo, hasta el último grano de arroz. Y al día siguiente, vuelta a empezar.

Sale siempre exquisito e incluso un poquito mejor cada vez. Al menos así me parece a mí, embriagado a partes iguales por la cerveza, la buena compañía y la dulce certeza de haber aprendido, por fin, a disfrutar del auténtico veraneo.