Morir no entra en los planes de la gente

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Tucson. El aviso llega por la radio de José Maheda: un grupo de inmigrantes quiere entregarse. José Guadalupe está sofocado, bebe con avidez. Dice que era la primera vez que lo intentaba, que nació en Jalisco hace 22 años, que tiene diez hermanos, trabajaba en el campo y unos parientes le arreglaron un pago del que no sabe nada más. Salieron el día anterior, a las diez de la noche. El poyero les prometió que tras una hora de marcha estarían al otro lado. Les dijo que con una sola garrafa de agua bastaba. Se han pasado toda la noche y parte de la mañana caminando: 16 horas. Rubén Gaytán, de 27 años, se muestra más extrovertido. A diferencia de su compañero Guadalupe, los dos primeros de un grupo de 18 que tras ser abandonados por su guía optaron por salir a la carretera para que la migra les viera y les detuviera, está deseando hablar. Tiene un brazo arañado por una caída en una mata espinosa. «Como experiencia, es la primera y la última. No hemos venido aquí a morir. No vale la pena». Dice que viene de Monterrey, donde tiene tres hermanos y vive con sus padres. Tras proporcionarles agua, Maheda, con suave ironía, les dice: «Bienvenidos a los Estados Unidos». Y agrega: «Qué bueno que los encontramos». Otras veces, lo único que hallan son cadáveres, «muchas veces desnudos, y con la cabeza enterrada en la tierra, como buscando esconderse del sol abrasador. Se vuelven locos antes de morir». Gaytán voló en avión hasta Hermosillo, y desde allí en camión (autobús) hasta «la mera frontera». Trabajaba de administrativo en una escuela de idiomas, donde admite que ganaba 7.000 pesos al mes, unos 700 dólares, mucho más de lo que pagan las maquiladoras. Pero decidió probar suerte a este lado, animado por amigos y familiares. Quería llegar a Houston. «A las seis de la mañana, el coyote se escapó, nos dejó solos». Dice que hubo una discusión entre quienes querían entregarse y los que eran partidarios de esperar a que el guía volviera, que eran los que habían pagado entre 1.500 y 2.000 dólares por pasarles. «Pero la esperanza era nula». Al calor de la «redada» voluntaria llegan más coches blanquiverdes de la migra. Es un grupo de 18 mexicanos, entre ellos cuatro mujeres. Todos jóvenes salvo un hombre de unos cincuenta años. La más dolida parece embarazada. Se sientan contra la cerca de un rancho, a la sombra de unas encinas. La mayoría estará de vuelta en México antes de que el sol se ponga. Y alguno lo volverá a intentar. No Rubén Gaytán. La entrega masiva tiene lugar en Río Rico, en el cañón Pesquera, a 12 kilómetros de Nogales, a las 10.30 de la mañana, cuando el calor empieza a apretar en el desierto. «Morir no entra en los planes de la gente, ¿verdad?», escribe Cormac McCarthy en «Todos los hermosos caballos», y aunque no se refiere a los inmigrantes la frase parece acuñada para ellos.

El negocio de la inmigración

Maheda dice que nunca les falta trabajo, aunque le escama que en invierno crucen por las montañas, cuando hace frío, y en verano, cuando el calor es intratable, lo hagan por el desierto. Parece un contrasentido. El tráfico humano, dice, hay que verlo como una empresa multinacional, con sus contactos, contables, captadores, agencias de viajes y transporte, casas seguras, cobradores, etcétera. Las remesas de dinero de los mexicanos a su país ya representan, tras el petróleo, la segunda fuente nacional de ingresos. Maheda nació en San Diego hace 53 años, hijo de padres mexicanos. Es supervisor de la patrulla fronteriza de Nogales, con casi 500 kilómetros de frontera bajo su mira. De 90 agentes en la «comandancia» de Nogales en 1994 se ha pasado a 450. Si en el sector de Tucson había 1.800 el año pasado, este son 2.400, y 40 helicópteros, en cada uno de los cuales suele viajar un médico. No se explaya, pero no le hace la menor gracia la presencia de los «minutemen» (vigilantes armados), que de alguna manera quieren dejar en evidencia la incapacidad de la Border Patrol, cuyo jefe y vicejefe son mexicanos. Como muchos aquí, al hablar no dice mexicano-americano. Todos son sencillamente mexicanos. El año pasado detuvieron a medio millón de personas sólo en este sector de Arizona, y se incautó un 28 por ciento más de droga. Habla con respeto, no se ensaña. Dice que para hacer su trabajo tiene que ponerse en el lugar del otro: «Imagino que si estuviera en su lugar haría lo mismo, intentaría encontrar trabajo aquí».

La maestra Lupe Castillo, de 63 años, fundadora junto a Isabel García de la Coalición de Derechos Humanos-Alianza Indígena sin Fronteras, que forma parte del movimiento No Más Muertes, también dice: «Todos nos sentimos y somos mexicanos». Nació en Tucson. Recuerda que para la historia reciente de la frontera la fecha clave es 1994, cuando «por motivos electoralistas» el presidente Bill Clinton decide reforzar la frontera en San Diego, lo que envía a muchos emigrantes al desierto y a la muerte. «Empieza una militarización de la línea que tras el 11 de septiembre no ha hecho sino agravarse. Desde 1994, según cifras de la Universidad de Houston, son más de 3.000 los muertos que se han podido documentar, aunque se teme que sean muchos más. A pesar del refuerzo de la migra, de los muros y de todo el dinero gastado, no se puede parar: no es por deseo que vienen, es por necesidad. Desde que Estados Unidos incorporó estos territorios, la base de su desarrollo ha sido la mano de obra mexicana. Pero eso ha acabado por extenderse a todo el país. El Tratado de Libre Comercio ha sido un fracaso para los pobres, porque no tomó en consideración a la mano de obra. Se quiere a trabajadores mal pagados, pero no a los mexicanos. La frontera, con la patrulla, los muros, la tecnología de vigilancia, las prisiones, los jueces, se ha convertido en un gran negocio». Un albañil hispano jubilado, con pasaporte gringo, cuenta mientras pide que cancele su nombre que en su cuadrilla eran muchos los indocumentados que trabajaban construyendo edificios oficiales, incluso cuarteles de la misma migra.

La necesidad de migrar

La Southside Presbyterian Church de Tucson, un santuario desde los tiempos de las guerras en Centroamérica, tienen acogidos a varios salvados: del desierto, de la migra. Como Doris Romero, de 42 años, hondureña de Tocoa, un villorio de 59 habitantes donde se quedaron su marido, camionero, y cinco hijos (de 11 a 19 años, uno de ellos adoptado). Se pusieron de acuerdo en que probara suerte. Emprendió viaje con dos compañeras, pero una enfermó en México y murió. Aunque fue duro atravesar México, lo peor llegó en el desierto de Arizona, por el que se aventuró con otros siete y poca agua: «El cuerpo me temblaba, y no me escuchaba la voz, el pecho se me iba. Pensaba que iba a morir. Si hubiera sabido que era así no lo hubiera intentado. Pero ahora no voy a dar marcha atrás». Al recibir el alta en el hospital, fue acogida en la iglesia. Tiene conocidos en el país, lo que significa trabajo. Pronto se irá. Como Diego Santis, de 28 años y natural de Ocosingo, en Chiapas, que en momentos de desesperación llegó a gritar sólo para oírse. «Mi esposa y cuatro chamacos -de uno, tres, cinco y siete años- se quedaron allí, donde trabajaba la huerta, pero no daba para vivir. No fue un viaje deseado, sino de la necesidad». Como Doris, también cruzó por Sásabe, tras negociar con un poyero al que le pagarían después, en cuanto encontraran labor. Pero a su grupo le cazó la migra. El echó a correr y se perdió. Aunque repite que «estaba solito» y que había llegado el fin, confió en Dios. Le recogieron unos samaritanos en el lugar de Arivaca y le llevaron a la iglesia. «Nadie me dijo que había riesgo de morir. Cuando empecé a caminar desde la frontera me di cuenta de que no era cosa de risa». Espera partir cuanto antes hacia Los Ángeles, donde un tío que remodela casas le ha prometido un puesto de trabajo.

Las torres blancas y gemelas de la catedral de San Agustín destacan sobre las avenidas, los aparcamientos y los desolados solares de Tucson. Son las ocho de la mañana del domingo y el centro de la ciudad parece tan muerto como a las doce de la noche de la víspera. Pero basta franquear la puerta de la sobria catedral, que preside un Cristo con los brazos en cruz, pero sin cruz y sin clavos, un Cristo que habla más de resurrección que de muerte y de sufrimiento sobre un fondo naranja de amanecer en el desierto, para encontrarse con una iglesia en la que casi todos los bancos están llenos de hispanos que asisten a su misa mariachi en español. Una trompeta de timbre redondo y guitarrones guía al coro que canta «por los hermanos perdidos en el desierto». Para Lupe Chávez, «Estados Unidos es directa responsable de cada muerte. Las personas que vienen no buscan la muerte, sino el trabajo, que ya les espera», dice. En la lengua de los tohono o'odhonan, Tucson significa agua al pie de la montaña. Es decir, esperanza. Es decir, morir no entra en los planes de la gente.