Miriam González: «¡Qué irresponsable Cameron, jugarse el país a una carta!»

La abogada española publica en el Reino Unido «Made in Spain», donde ensalza el patrimonio cultural de la gastronomía española. Entre plato y plato, comenta con ABC el revolcón del Brexit

LondresActualizado:

Miriam González Durántez, vallisoletana de Olmedo, constituye el epítome de española de éxito en el Reino Unido. Tiene 48 años y tres hijos varones (Antonio, Alberto y Miguel) y trabaja como abogada en una firma fuerte de Londres. También ha impulsado una onegé, Inspiring Women, con una idea bonita: mujeres de éxito cuentan su experiencia a escolares británicas, un proyecto con 15.500 voluntarias, que ha llegado a 300.000 chicas.

Inteligente y guapa, de ideas claras, se percibe también que debe tener un carácter bastante imponente si toca. Miriam ha sido además una observadora privilegiada de la cima del poder británico, pues está casada desde 2000 con Nick Clegg, vicepresidente liberal en el Gobierno de coalición con Cameron entre 2010 y 2015.

Ahora se ha embarcado en algo curioso: «Made in Spain. Recetas e historias de mi país y más allá», un libro de cocina. Hablamos en la cafetería de un hotel londinense ilustre, mientras apura un plato ligero y una Coca Cola antes de entrar a hacer un bolo a la BBC.

—La imagino enormemente ocupada: su trabajo, su familia, su fundación. ¿Cómo se le ocurrió ponerse con un libro de cocina?

—Llevaba mucho tiempo con un blog de cocina que empecé con mis hijos. En la cultura española la cocina es muy importante, pero no en el Reino Unido. Quería que aprendiesen, y no tanto a cocinar como lo que es el valor de la comida como parte de la familia. Por ejemplo: sentarse todos juntos a la mesa. En España lo hace prácticamente todo el mundo, pero aquí es inusual. Encima son tres chicos y se trataba también de que no solo las chicas tienen que cocinar. Para animarles les puse el reto de hacer juntos un blog. Al principio les encantó, luego ya vaguearon, después volvieron…

—¿Y cómo llega al libro?

—El año pasado, después de las elecciones generales, me propusieron hacer un libro con el blog. Me resultaba fácil, porque ya teníamos casi todas las recetas. Llegó además en un buen momento, porque quería internacionalizar la campaña que llevo aquí con niñas. Saldrá en pocos meses como Inspiring Girls, también en España. Estoy financiando ahora esa transición internacional y el libro viene bien para recabar más fondos para el salto. Es todo un poco casualidad.

—¿Ha estudiado usted cocina formalmente o se basa en lo que mamó en su hogar familiar en Olmedo?

—Lo de casa, sí. No soy chef ni voy a cambiar de carrera [rompe a reír]. A mi abuela le gustaba cocinar y a mi madre también. Eso en España no llama nada la atención, porque hay cantidad de gente que cocina, pero aquí se cocina mucho menos. Aunque han mejorado, se nota que no forma parte de la cultura nacional. Ahora lo hacen más, pero de un modo muy complicado. En España impera una filosofía más mediterránea, si encuentras buen ingrediente casi no lo tocas.

—Acláreme un enigma: ¿Por qué los ingleses comen tan poco pescado cuando lo tienen estupendo?

—Es increíble. Debe ser que nos lo mandan a España y nos lo comemos nosotros [ríe]. Falta gente con la técnica correcta en las pescaderías, donde lo venden totalmente fileteado, algo que a mí me vuelve loca, porque no le puedes ver el ojo al bicho. Fíjate en mi pueblo, vas allí y hay un montón de pescaderías, y somos 3.500, y sin mar.

—Supongo que con su ritmo de vida no podrá permitirse comer a diario con la familia y cocinar.

—No, a diario no. Pero los fines de semana siempre. Cocino cada fin de semana, pero simple, no estoy horas. Por las noches, si cenamos Nick y yo, cocino yo, porque él no cocina nada.

—Como buen inglés.

—Sí. Cero.

—¿Cuáles son sus dos plato favoritos de todo lo que propone?

—Eso está marcado por cuestiones emocionales. Con mi abuela, por ejemplo, veías lo que te quería por lo que te había preparado. A mí me gustaban mucho las perdices y me las hacía estofadas, cazadas por mi abuelo. Aquello era lo más. Ellos vivían en un pueblecito muy pequeñín de la Tierra de Campos y mi abuelo tenía corderos y se pasó la vida defendiendo la raza churra. Mi abuela hacía, y hace todavía, un cordero guisado excepcional. Pero también me gusta mucho el pescado. Realmente cocino porque me gusta comer.

—¿Ha conseguido que sus hijos mantengan aquí una cierta entraña española?

—Sí, sí. Mi familia es muy internacional. Tanto Nick como yo defendemos que esa es la manera de estar hoy en el mundo. Pueden sentir que tienes muchas identidades múltiples a la vez. En casa son del Arsenal, pero pueden ser también muy del Barça, no lo ven incompatible. Yo tampoco. Aunque con mi familia es problemático, porque son muy del Madrid.

—Cuando su marido fue vicepresidente, ustedes tomaron una decisión cabal: renunciaron a mudarse a una residencia oficial y siguieron en su casa.

—Sí, nos ofrecieron un apartamento en Marble Arch. Pero por el bien de los niños, y también por el bien psicológico nuestro, tomamos la decisión de quedarnos en casa. Fue una de las mejores decisiones que hemos tomado. Es muy importante mantener a los niños aislados de todo este gran teatro que es la política y creo honestamente que es muy bueno también para el propio político. Es muy fácil aislarse. Cuanto más contacto, mejor.

—¿Se nota mucho el célebre bajón de dejar el poder? Lo de que los teléfonos dejan de sonar…

—Hombre, es duro perder unas elecciones. Fue un gran fracaso que vives en público, con todo el mundo viéndote a cámara lenta. Pero ahí he visto una de las contradicciones de este país. Pierdes unas elecciones y al día siguiente sales a la calle y te viene gente llorando: «Nick, qué pobre…». Ahora mismo, paseas con él y ves un nivel de cariño increíble. Dicho todo esto, tienes que superar el momento, claro. Como todo en la vida, lo vas haciendo día a día, con tu familia y tus amigos.

—Hay una teoría que sostiene que Cameron prometió el referéndum sobre la UE pensando que jamás lo tendría que convocar, porque no esperaba la mayoría absoluta y gobernando de nuevo en coalición, Clegg se lo impediría. ¿Le encaja?

—No sé. Tampoco sé si vale la pena pensar ahora en esas hipótesis. Pero si pensaba que eso era lo que iba a ocurrir, ¡qué irresponsable! Qué irresponsabilidad jugarse el futuro del país a esa carta. Si realmente tenía esa idea en mente, al ver que no se daba la hipótesis debería haber dado marcha atrá, cargar con el peso político. Yo he visto muy de cerca en casa como a veces, por el bien del país, tienes que dar marcha atrás en cosas que decías que ibas a hacer. Pero cargas con el peso político tú, lo que no haces es llevar al país a esta situación.

—¿Ha sido el Brexit un desahogo sentimental nacionalista?

—Creo que se han juntado varias cosas. Por una parte lo tener el control. Pero ¿control de qué?, ¿soberanía de qué? Ahora que tienen el país en las manos no se sabe muy bien lo que quieren hacer. Es una situación extraña. Una pena, porque el país estaba saliendo de una situación económica muy difícil y era justo el momento de empezar a abrir la mano y hacer reformas. Esto supone una marcha atrás, que va hacer la vida mucho más difícil, sobre todo a los que están en peor situación, a los de menos recursos. También hubo un populismo nostálgico, lo de recuperar su posición en el mundo. Pero con la globalización los problemas son más amplios y hay que cooperar, las soluciones ya no pasan por un único Estado. Los españoles perdimos el imperio hace mucho tiempo y ya lo hemos superado. Pero si lo has perdido hace menos tiempo todavía te acuerdas.

—Ahora se da una situación curiosa en la prensa británica…

—Casi surreal.

—Sí, a eso iba: la mayoría de la prensa es muy patriotera, está jactándose de que ganó el Brexit y aquí no ha pasado nada…

—En mi empresa nos pregunta prácticamente todos los días, porque somos una firma muy especializada en la UE y el comercio internacional. Me parece que no tiene mucho sentido la dinámica de cierta prensa de cuestionar los efectos del Brexit. Esto se va a ver, en un mes, en mes y medio, pero se va a ver. Hay que ir a una solución pragmática y empezar a tomar las medidas concretas para que haya una relación lo más estrecha posible con la UE. Y para eso, cuantas menos provocaciones haya por ambas partes, mejor. Somos vecinos y habrá que llevarse bien.

—Los ingleses venden todo lo suyo como lo máximo, los españoles en cambio somos híper críticos. ¿Por qué?

—Creo que a veces los españoles nos flagelamos más de la cuenta y es importante ver también lo bueno. Pero no me gusta llevar la discusión a los extremos, porque tampoco me agrada que se tapen los problemas que tenemos en España. Durante una serie de años decías que había corrupción en España, que había que limpiarla, y parecía un tema tabú. El término medio y el realismo es lo mejor. España tienen cosas fantásticas, pero también muchas que reformar y no se debe retrasar esa reforma.

—¿Qué se hace en Olmedo en agosto?

—Pues día a día. Lo normal. Irte a hacer la compra, jugar al pádel, tomarte una caña. La plaza…

—¿Su marido nunca se le ha sublevado diciendo que quiere irse a la playa, que se aburre en Olmedo?

—¡Pero si está encantado! ¿Cómo se va a aburrir en Olmedo? Es uno más allí. Disfrutamos un montón. Habla bien castellano además. Llevamos juntos un montón de tiempo, cuando nos casamos habíamos estado de novios diez años. Cuando llegó, ni mi padre ni mi madre hablaban inglés y la única manera era en español. Aprendió a hablarlo con cintas mexicanas. Pero enseguida le quitamos aquel acento mexicano ja ja.