Michelle, la otra «jefa» de la Casa Blanca

Michelle, la otra «jefa» de la Casa Blanca

POR NOELIA SASTRE. NUEVA YORK
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Sí, ya nos han contado que a Michelle Obama le tuvieron que llamar la atención cuando, al comienzo de la largísima campaña electoral que dio la victoria a su marido, metió la pata por pensar demasiado y soltar palabras prohibidas en la hiperpatriótica América. Sabemos que se graduó en Princeton y Harvard, que es abogada, como Hillary Clinton, que trabaja mientras cría a sus dos hijas -Malia, de 10 años, y Sasha de 7- y que ha renunciado al cargo -remunerado con 210.000 dólares anuales- de vicepresidenta de relaciones externas del hospital de la Universidad de Chicago. Hemos visto también el gran trabajo de sus asesores de imagen, artífices de una evolución estética que la ha convertido en una mujer moderna, como manda su tiempo y edad.

A los 44 años, Michelle Robinson Obama será a partir del martes la primera dama negra de la primera potencia mundial. Esta descendiente de esclavos que creció en el «south side» de Chicago llegará a la Casa Blanca para revolucionar Washington con urgencia. Al menos así lo asegura ante una multitud de fieles, con promesas y manifestaciones como esta: «Estoy desesperada por el cambio, pero tiene que llegar ahora, no dentro de ocho años. Necesitamos cambiar el juego porque está roto. Cuando pienso en el país que quiero darle a mis hijas, no es el que tenemos hoy. Todo lo que debo hacer es mirarlas a los ojos y darme cuenta del trabajo que tenemos por delante».

Michelle ha funcionado. Ha convencido. El empeño por vender la imagen del sueño americano hecho realidad le ha salido redondo al equipo de Obama, que ha contado con una mujer fuerte, disciplinada y tenaz, hija de Fraser, un fallecido trabajador de los depósitos municipales de agua de Chicago enfermo de esclerosis múltiple, y de Marian, un ama de casa que cuida de sus nietas y que se mudará con la familia a la famosa residencia presidencial en el 1600 de Pensilvania Avenue.

Origen humilde, fortuna actual

El origen humilde de Michelle ha acercado a Barack a las clases trabajadoras, demostrando que no se trata de otro político elitista más, alejado de los problemas económicos que ahogan a muchas familias (y eso que los Obama vivían en una casa de 1,6 millones de dólares, cantidad no precisamente al alcance de todos los americanos). Además, las mujeres que trabajan dentro y fuera de casa se identifican con ella. «La familia es lo primero», insiste una y otra vez. «¿Que si era esto lo que imaginé cuando nos casamos? ¡En absoluto! Pensaba que Barack sería socio en un despacho de abogados o profesor. Veríamos a nuestras hijas ir a la Universidad, iríamos a sus bodas y cuidaríamos de los nietos», comenta Michelle, aunque añade: «Pero merece la pena. El tiempo, el amor, el sacrificio y las luchas te hacen más fuerte».

La nueva primera dama de EE.UU. anunció sus intenciones en cuanto su marido ganó las elecciones. En palabras de su amiga Valerie Jarrett, «se centrará en sus hijas y no tiene interés en tomar decisiones ni copresidir el país». Eso sí, Michelle quiere ayudar a las madres trabajadoras y a las esposas de militares, además de promocionar el voluntariado.

Inteligente, atractiva, altísima (mide 1,80 metros), pertenece a ese tipo de primeras damas que representa el «dos por el precio de uno», como lo fueron Hillary o Eleanor Roosevelt. Un estilo muy distinto al de las esposas de presidentes republicanos (recuerden a Laura y Barbara Bush, a Nancy Reagan o Mamie Eisenhower), siempre perfectamente peinadas y con la sensación de estar en el centro de la acción y al mismo tiempo a millones de kilómetros del poder, aunque a veces esa impresión sea injusta y equivocada. Están ellas y está Jackie Kennedy, que sigue inspirando las páginas de las revistas femeninas. A Michelle la han comparado con Jackie, aunque no se parezcan ni en el fondo de armario. «El trabajo de la primera dama depende de la persona, de la época que le ha tocado vivir y del momento en que se encuentre», dice Michelle. Lo que hace a la esposa de Obama tan especial es su capacidad para unir tres características: es independiente, apoya a su marido de forma incondicional y se ha convertido en un icono de estilo. Tiene voz propia y no duda en resaltar la inutilidad de Barack en los asuntos domésticos. El propio David Axelrod, cerebro de la campaña ganadora, reconoce que «jamás selecciona sus palabras para que suenen políticamente correctas», al tiempo que resalta su honestidad y franqueza. La misma que usó en la convención demócrata de 2004 cuando, justo antes de que su marido saliera a escena para dar el discurso que cambió sus vidas, le dijo al oído: «No lo estropees, amigo». n