Marina con ballenero al fondo

Por TICO MEDINA
Actualizado:

Siempre que se lo pide el cuerpo -y el alma por supuesto-, y cada día le ocurre con más frecuencia, Marina Castaño, viuda de Cela, acude al jardín de la Fundación, más viva que nunca, a la sombra del viejo olivo -antiguo mejor, porque tiene más de cuatro siglos- al pie del que reposan los restos -inmortales- de Camilo José, el hombre al que tanto amó, tanto es así, que a mano tengo el recorte, uno está ya tan cerca del reportaje como del recortaje, de aquella entrevista en la que fue su hermosa casa de campo de Guadalajara, de cal y piedra, cuando Marina, me confesó, mientras temblaban de pájaros los álamos, y el escritor escribía como Dios manda.

-Desde luego que sí, lo nuestro es por encima de todo lo que se diga una historia de amor. No tengas de ello la menor duda.

Luego, cuando ya era Marina, marquesa consorte de Iria Flavia, y Camilo me confesó al pie de su escudo heráldico, ya en su casa rosada de Puerta de Hierro, aquello de «a mí no me importa que me digan marqués o no, a Marina le encanta lo de marquesa y además nos lo ha concedido el Rey, a mí me debes llamar Camilo, que nos conocemos de toda la vida».

Cierto, cierto, desde aquel día, casi madrugada, siempre lo cuento, cuando los trenes, ¡qué tiempos aquéllos! llegaban con retraso y un par de locos, los «paparazzo» de la cultura y de lo que cayera entonces, fuimos a esperar a Cela que venía de Galicia -claro-, con la barba llena de bruma y de niebla, envuelto en un macferlán inglés, naturalmente, como correspondía a una parte de sus raíces, y nos bramó sorprendido porque allí estábamos, ya que le habían concedido sillón en la Academia de la Lengua.

-¿Pero qué vais a dejar para el día que me den el Nobel?

Aunque hacía más de cincuenta años que yo sabía de Camilo, en la cercanía de Camilo José, como le llama todavía, como a un niño, Marina Concepción Castaño López, su viuda, nacida en La Coruña, «ciudad en la que es cierto que nadie es forastero» -por si quieren ustedes acercarse a su retrato personal-, el catorce de marzo del cincuenta y siete y por lo tanto en esa edad en que las mujeres llevan los años en la boca y en el corazón. Así que yo sé bien, a primera sangre, lo que Marina ha representado para Camilo José, «digan lo que digan», porque Marina pertenece a esa raza de elegidos, tal vez por desconocimiento, que o los amas mucho y para siempre, o los desamas tanto y para toda la vida. Pascual Rovira, el señor de los anillos de Rute, que hace unos días -fue una fiesta recordatorio, íntima, casi de luto todavía- ofreció a Marina una «olla puta», de esas gitanas, así se llama, no se me alarmen, que a Camilo no le habría importado nada escribirlo y en estas mismas páginas, en compañía de unos leales amigos de toda la vida, me ha contado por teléfono.

-Fue una pena que no vinieras, porque Marina estuvo extraordinaria, cercana, pero siempre, siempre, recordando a Camilo.

A «Camilo José», con el que cruzó la primera mirada en profundidad, eso sí, en acto de servicio, esto es mientras le entrevistaba en Onda Galicia. Hace tantos años. Ya se habían dado unos besos corteses, los de siempre -mua, mua- en la tele gallega, en aquel primer congreso del folklore de las Comunidades y Nacionalidades Históricas, en el año ochenta y cinco, Marina, que ya no acude a la gimnasia diaria, las tres efes, flaca, fuerte, fina -que acaba de presentar en el sur- «a mí me gusta mucho el sur, no te olvides que mis padres son de Sevilla y de Cumbres Mayores», ese libro, póstumo -no me gusta la palabra, que huele a muerto- penúltimo, «Cuaderno del Espinar», donde se tropieza uno con la sorpresa de un Nobel que dibujaba doce mujeres con flores en la cabeza.

En fin, tomaré el resuello. Remato:

Marina Castaño de Cela, que sigue trabajando su columna, aquí mismo, «Vuelo sin motor», donde le noto «dime lo que escribes y te diré cómo te encuentras», triste, acompañada, ahora siempre, de esa vieja dama luminosa, como fantasma nostálgico con la que pasea, literariamente esos paisajes del sentimiento.

-Pero la verdad es que ahora me encuentro en barbecho...

O sea, esperando que llueva, sobre la tierra que ha ofrecido mucho. Seca y abierta. No sé si me lo habrá dicho por mí, pero me aconseja «a veces es bueno dejar de escribir, que la tierra se esponje, que no sufra, a la espera...». Recordando a Camilo José, leyendo mucho, paseando lo que le dejan, mientras la niña Laura, que ya es una mujer preciosa, viaja por ahí con sus amigos, la mochila al hombro posiblemente. La que fue reportera, preparándose así, como les cuento, dorada guerrillera silenciosa, para el retorno de ese otoño que promete ser por lo menos ácido, afilado. «Mejorando de la ausencia de Camilo José, poco a poco, pero nunca del todo». Rabiosa porque se le ha inventado -son sus propias palabras de ayer mismo que quise refrescar el daguerrotipo, al teléfono-, una historia de amor, que ella desconoce y de la que no quiere ni dar nombres siquiera. Marina, a la que a veces me encuentro por los pasillos de grabación de la radio, en Onda Cero, con su olor, creo que a lluvia, y que siempre me dirá:

-No paro, porque quiero que sepas, aunque no te lo creas, que tengo que trabajar para vivir.

Yo, a esta periodista, que es lo que es, fundamentalmente, la marquesa de Iria de Flavia -aquella foto de Camilo -Cela en celo- y su amor juvenil bailando alegres, la noche del Nobel, a la sombra de los flases en flor- forma parte ya de la historia literaria y sentimental de la España del siglo que vivimos -le he pedido, algo que podría ser irrealizable, pero uno ya se mueve por sus sentimientos-, es presa de sus fetiches. Le he suplicado a esta amiga mía siquiera una oliva, siquiera un gajo desprendido del viejo árbol a cuya sombra escribe, todavía, Camilo José. Me gustaría con él, ya que no puedo hacer un aceite con el que mojar mi pan de cada día en la madrugada, como me enseñó mi madre, plantar un olivo, aunque fuera en el breve barbecho de la maceta vacía de mi terraza madrileña. Sé que ya no tengo tiempo de que me dé sombra, los años no pasan en balde, pero por lo menos le pasaría la mano, temblorosa, sobre la breve cresta verde, cada mañana, por ver si se me pega algo: de la mano firme y mágica de Camilo, y de la fuerte, casi feroz, la otra F, historia de amor, y de aguante, de Marina. Más que la viuda de Cela, la mujer de Cela, todavía. Me lo voy a jugar a una carta, Marina. Siempre.