La actriz ante la fachada del Teatro Príncipe de Madrid, cuyo escenario abandonará en unos días para salir de gira por otras ciudades españolas

María Asquerino: «Viajar me ha servido para no ser nacionalista»

Por Pedro Manuel VÍLLORA
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Faltan pocos días para que «Las señoritas de Aviñón» abandonen el madrileño Teatro Príncipe e inicien la gira que tienen progamada por toda España. Se echará de menos esta obra de Jaime Salom, que se ha convertido en uno de los éxitos de nuestra cartelera, y se echará en falta igualmente a su protagonista, María Asquerino, que es siempre una garantía de interés, y más ahora en que, como ella dice, ya está esperpéntica. Se va de Madrid por unos meses la actriz que en 1953 estrenase una de las primeras obras de Buero Vallejo, «Madrugada». Y qué curioso resulta que, medio siglo después, «Madrugada» haya regresado.

—¿Qué siente cuando ve que una obra que usted estrenó se repone después de tantos años?

—Una pequeña emoción. La fui a ver antes de llegar a Madrid, en Talavera, porque me llamó Manuel de Blas y me dijo que el alcalde y él estarían encantados de que dijese algunas palabras sobre el estreno y contara alguna anécdota. Y conté cómo casi se armó un mitin político.

—¿Y eso?

—Pues porque Buero acababa de salir de la cárcel y era la segunda obra que estrenaba después de «Historia de una escalera». Y todos los rojazos que no podían hacer nada iban allí a gritar: «¡Viva Buero! ¡Viva Buero!». Y es que no podían gritar «¡Viva la República!». Fue emocionantísimo.

—Al ver la nueva producción, ¿sintió nostalgia?; ¿pensó que cualquier tiempo pasado era mejor?

—En algunas cosas sí, pero en otras no. Éramos jóvenes, y eso vale mucho. No sabemos apreciar lo que vale la juventud. Pero ha dado la casualidad de que en el homenaje a Buero que ha dirigido Narros yo hacía una escena de «Madrugada», con lo cual han sido muchos más recuerdos y ternuras. Ahora se ha representado en Toledo otra obra que yo estrené, «Trampa para un hombre solo», y esto es terrible, porque quiere decir que ya estoy muy mayor, y eso me fastidia muchísimo.

—¿Le molesta el paso del tiempo?

—Sí, porque ya no tengo casi ganas de nada, porque me aburro, porque me canso de la gente y me parece que la gente es odiosa, porque «mira esta idiota, las tonterías que dice», porque me siento ninguneada, que no me hacen caso. Esto son cosas de la vejez, pienso yo; y sí, me ningunean un poco, pero no tanto.

—¿Por qué se siente ninguneada?

—¿Qué quieres que te diga? No es exclusivamente por una cosa o por la otra, sino porque siento algo alrededor y no lo puedo remediar. No me ha pasado nunca, y me gustaría que no me pasara.

—¿Cómo va a estar ninguneada alguien que lleva sesenta años encima de un escenario?

—Supongo que debe tener algún premio llevar ese tiempo en un escenario y en unos platós, que he hecho noventa y tantas películas.

—E importantes, como «Reina santa», «Surcos», «Pequeñeces», «Don Quijote»...

—Y modernas, como «La comunidad» o «Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto»... Tengo esa suerte, sí, y noto que la gente tiene algo de cariño por mí, que me llaman porque piensan que físicamente me van bien ciertos papeles, como los que me ha dado Álex de la Iglesia ahora que estoy esperpéntica. Y espero que me dé el papel que me ha prometido en «Fú-Manchú». Me divierte muchísimo trabajar con Álex porque es genial y me río mucho con él. Pero el caso es que noto que hay otras actrices más o menos de mi edad a las que hacen más caso que a mí.

—¿Dejaría el teatro por ese ninguneo?

—Estoy deseando dejar la profesión, aunque más el teatro, porque me pone muy contenta que se acuerden de mí para el cine aunque sea para papeles pequeños. Me gusta más el cine que el teatro.

—¿Es más descansado?

—No se trata de descansar, sino de que te conozca más la gente. Ahora me quieren más por haber hecho «La comunidad» que por «Anillos para una dama», porque nadie se acuerda ya de esto. Pero me da mucha alegría que la gente joven como tú me diga por la calle: «Ole, María, que te hemos visto en la película». Eso jamás me pasaría con una obra de teatro, porque los jóvenes no van al teatro, sino al cine.

—¿Y si hiciese otro tipo de obras, acaso más juveniles?

—Pero «Las señoritas de Aviñón» no es sólo para la gente mayor, que cuando decimos esos tacos tan gordos se quedan encogidos. En el cartel ya se dice que sucede en el burdel de madame Hortensia, que es una servidora. Si no les gusta, que no entren; pero si entran, deben estar dispuestos a todo, porque esto no va de monjas. Me da rabia que se asusten, porque ya se ve en las fotografías cómo esto va de chicas ligeras de ropa; aunque no yo, que ya no estoy para esos trotes. Los mayores ponen cara seria; en cambio, cuando hay gente joven entre el público se tronchan de risa.

—Cuando empezó en la compañía de sus padres, y después en el Teatro de la Comedia, ¿cómo imaginaba que sería su futuro?

—No imaginaba nada. Al principio no sabía si quería ser actriz. Con trece o catorce años se trataba sólo de salir al escenario, que me servía de juerga. Cuando fui un poco mayor es cuando tuve afición y logré algún pequeño éxito. Me entró la vanidad, como a todo el mundo, y decidí que tenía que dedicarme a esto y dejarme de tonterías. Así he hecho mi método, que no es ninguno sino el método María Asquerino, y que es ser el personaje a todas horas. Si quiero, ahora contigo soy madame Hortensia; y si no quiero, hago de María Asquerino, que es lo mío. A veces me preguntan si me he preocupado por ir a una casa de putas a ver cómo son, pero no lo he hecho, que además ya no existen; me lo imagino porque tengo imaginación y costumbre de hacer papeles dispares, aunque de puta he hecho muchísimo.

—¿Por qué? ¿Por su aspecto fuerte y mandón?

—Soy muy mandona. No lo puedo remediar.

—Supongo que, por ser mandona y por ser actriz, habrá tenido que sacrificar buena parte de su vida privada.

—Sí, aunque cuando era joven no sacrificaba mi vida. Pensaba que la vida no es más que una y que se acaba. Si tenía ocasión de irme a París o a Roma, renunciaba al trabajo y me iba. Tenía ilusión de conocer otras gentes y otros mundos en aquellas épocas de escaseces. Viajar me ha servido de mucho, y me ha servido también para no ser nacionalista, que es algo que odio. El nacionalismo se cura viajando, ya sabes.

—En los años cuarenta se casó y se separó enseguida, algo que demuestra mucha rebeldía para la época.

—Me casé y me separé a los diez minutos, porque aquel señor era un pelmazo. Él amenazaba con matarme y yo le decía: «Mátame si te atreves». Si llega a ser hoy, me mata, porque ahora son muy bestias y matan. En aquella época debía darle miedo.

—¿Se ha equivocado muchas veces en el amor?

—Toda mi vida me he estado equivocando. Por eso estoy sola. Tendría que haber sido más comedida, menos rebelde, aguantar más, que no he aguantado un pelo de nadie nunca. Pero es mi carácter.

—¿Y no es en esa rebeldía donde reside el encanto de María Asquerino?

—Hombre, claro. Alguna cosa buena debía de tener. Me estoy poniendo a parir para que luego tú me pongas bien.