Malia Obama y su padre, tras aterrizar en Los Ángeles el pasado mes de abril
Malia Obama y su padre, tras aterrizar en Los Ángeles el pasado mes de abril - REUTERS

Malia Obama se gradúa y se libera de la jaula de oro de la Casa Blanca

La hija mayor del presidente de EE.UU. terminó ayer el instituto. Comienza la cuenta atrás para su visita a España

CORRESPONSAL EN NUEVA YORKActualizado:

Muchos estadounidenses siguen con obsesión las andanzas de los miembros de las familias reales europeas ante la ausencia de pompa palaciega en la sobriedad republicana. Lo más parecido que tienen a los royals es la familia presidencial, con sus viajes por todo el mundo y sus cenas de Estado. Los Obama añadieron un punto más de interés a la «primera familia» de EE.UU.: niños. No se veían chiquillos correteando por la Casa Blanca desde que desembarcaron John F. Kennedy y Jackie Kennedy en 1960, con Caroline, de 4 años, y John-John, recién nacido. Chelsea Clinton, la hija de Bill y Hillary, era una preadolescente en 1992 y casi nadie se acuerda de Amy Carter –como ocurre con la presidencia de su padre, Jimmy Carter–, que tenía 9 años cuando le tocó vivir en el número 1600 de Pensilvania Avenue.

Para Malia y Sasha Obama –de 10 y 7 años– todo cambió el martes 4 de noviembre de 2008, el día en que su padre fue elegido presidente de EE.UU. Barack Obama pasó de ser un joven senador de Illinois al protagonista de un hito histórico: el primer presidente negro. Hasta ese momento, Malia y Sasha vivieron el ascenso político de su padre en un anonimato relativo. Pero la noche electoral, cuando se confirmó que Obama era el ganador, la nueva familia presidencial salió al escenario en Grant Park, en Chicago, ante la mirada del mundo. Malia, con vestido y chaqueta rojos, y Sasha, con un vestido con un gran lazo negro, se convirtieron de golpe en personajes públicos.

EPA

Han pasado casi ocho años desde entonces, y la hermana mayor, Malia, ya es una mujer. Ayer fue su graduación. Irá a la Universidad de Harvard después de disfrutar de un año sabático. Nada que ver con la niña que llegó a la Casa Blanca exigiendo a su padre que cumpliera su promesa de incorporar un perro a la familia (a los tres meses apareció Bo, un perro de aguas portugués).

En la mayor parte de ese tiempo, no se ha podido saber mucho de la primogénita de los Obama, aislada de la opinión pública, protegida de las cámaras de la prensa, con los agentes del servicio secreto como su sombra. Las fotos en actos oficiales han mostrado a una niña, a una adolescente y a una joven educada, con un punto tímido. No ha habido grandes escándalos ni trastadas durante su niñez y adolescencia; apenas su impresionante estatura –ya sobrepasa los 185 centímetros, más alta que su padre– ha dado que hablar.

Su biografía oficial es la de una chica modelo de la clase privilegiada estadounidense: ha estudiado sin estridencias en Sidwell Friends, un colegio prestigioso de Washington al que también acude Sasha; no se han publicado sus notas, pero su padre ha dicho que no es la típica estudiante que se conforma con notas normales; ha jugado a tenis y a fútbol; ha aprendido flauta y piano; ha ido de viaje a México con sus compañeros. Su madre, Michelle Obama, ha dicho que es una «ávida lectora» y que, al igual que su hermana, hace su cuarto y se encarga de lavar su ropa.

En los últimos dos años, sin embargo, Malia ha empezado a liberarse de la jaula de oro de la Casa Blanca. En cuanto cumplió los 16, tuvo coche (los agentes del servicio secreto le enseñaron a conducir). Se ha filtrado alguna imagen personal suya a las redes sociales –como una en Instagram, con una camiseta de un grupo de hip-hop de Brooklyn que dio mucho que hablar–, se ha ido de juerga al festival de Lollapalooza y se le ha visto en una fiesta universitaria en Brown, fotografiada junto a una mesa de beer pong –un juego de beber cerveza–. En los últimos veranos no ha perdido el tiempo. Ha hecho prácticas en dos series de televisión –su madre dice que quiere ser cineasta–, entre ellas «Girls», de Lena Dunham, un icono de las modernas de EE.UU.

Rumbo a Harvard

Su decisión de acudir a Harvard ha sido interpretada como un gesto de rebeldía, si algo de eso puede tener ingresar en una de las universidades más prestigiosas del mundo, con un coste de unos 60.000 dólares al año. Sus padres le aconsejaron que no se fijara como objetivo ir a una universidad «con nombre», que había muchas y muy buenas en el resto del país. Pero Malia no ha querido ser menos que sus progenitores –Barack estudió en Columbia y Harvard; Michelle, en Princeton y Harvard– y en el otoño de 2017 se mezclará con la élite estudiantil de EE.UU. en el coqueto campus del centro universitario. De hecho, algunos ven en la decisión de tomarse un año sabático el poder acudir a Harvard sin un ejército del servicio secreto a su alrededor –como le ocurrió a Chelsea Clinton cuando ingresó en Stanford–. Los hijos de los presidentes pueden contar con protección hasta diez años después de dejar la Casa Blanca, y habrá que ver la decisión que toma Obama al respecto.

La pasión española

Como adelantó ABC, Madrid podría ser uno de los destinos de Malia en su año sabático, con una beca en la embajada de EE.UU. Quizá se quedó con las ganas de visitar España en el verano de 2010, cuando su madre y su hermana pasaron por Málaga, Granada y Mallorca. Malia ya demostró en el histórico viaje de la familia Obama a Cuba que su español es mucho mejor que el de su padre: actuó de traductora en uno de los restaurantes de La Habana que la familia visitó.

Ayer, su graduación en Sidwell Friends dejó claras dos cosas: que está a punto de volar sola (cumplirá 18 años el 4 de julio) y que una hija es lo más importante para Barack Obama. Hace meses, el presidente anunció que no pronunciaría un discurso en la graduación, que sería incapaz: «Estaré con gafas de sol, lloriqueando», explicó. Un acto tan importante para Malia le hizo perderse el funeral, con honores casi de jefe de Estado, con el que ayer se despidió a Mohamed Alí en Louisville (Kentucky), y al que acudieron Bill Clinton y mandatarios de otros países. Pero la graduación del colegio es el primer paso para decir adiós a su hija, a la que denomina «una de mis mejores amigas»: «Que mi hija se vaya, simplemente me rompe el corazón», confesó la semana pasada.