En la imagen, Robert Dean Smith encarna a Walter von Stolzing en «Los maestros cantores de Nuremberg»

Los maestros amaestrados

BAYREUTH. Ovidio García Prada
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En Bayreuth se mantiene la tregua acordada por las partes en el tema controvertido de la sucesión del octogenario Wolfgang Wagner en la dirección del Festival. Fue una decisión acertada, pues no pocos temían que las escaramuzas de la llamada «guerra de sucesión» perturbaría su normal desarrollo. El interés se centra, como debe ser, en las óperas wagnerianas. El certamen arrancó con «Los maestros cantores de Nuremberg», una de las principales comedias musicales de la historia y una de las más populares de Richard Wagner.

Si en el actual verano festivalero hay una puesta en escena más antitética a la inconformista, iconoclasta y repelente del catalán Calixto Bieito («Macbeth», de Shakespeare) en Salzburgo, es esta escenografía conservadurista de «Los maestros cantores» de Wolfgang Wagner, repuesta casi sin modificaciones escénicas por sexto año consecutivo, una eternidad en estos tiempos. El diario local, que la reseña como un insulso culebrón wagneriano de grandes gestos y huero efectismo, después de hurgar en su dispensario de epítetos, la titula: «Teatro de marionetas para wagnerianos». La producción presenta en cuadros de colorista costumbrismo medieval alemán las peripecias de un concurso de canto, a cuyo ganador le aguarda un delicioso premio: la mano de la bella Eva (Emily Magee) ricamente dotada, lo cual suscita las apetencias de dos desiguales pretendientes: Walter von Stolzing, un joven hidalgo rural (Robert Dean Smith) y Sixtus Beckmesser, cronista de la ciudad (Andreas Schmidt). La crítica alemana viene repitiendo rutinariamente desde el día de su estreno en 1996, con una buena dosis de sarcasmo, que la escenografía es anticuada, tediosa y estéril, un producto anquilosado de su vejestorio creador, que es nada menos que el nieto del compositor. Aquí se puede observar, no obstante, el divorcio existente en Bayreuth entre los gustos de crítica y público en torno al director de escena Wolfgang Wagner. En esta ocasión las únicas -pocas- expresiones de abucheo del respetable fueron para él.

Christian Thielemann en el foso es el garante de la calidad artística. Evitó la tentación del sonido estentóreo y mantuvo a la orquesta durante casi toda la obra a un nivel de «sotto voce» hasta la sublime eclosión coral-orquestal en la pradera de la fiesta de San Juan. Intercaló pausas generales generadoras de tensión dramática -impactante la del coral final «Wach auf!»- y cortó sistemáticamente la cresta a los «forte», a fin de subrayar caligráficamente la textura estructural y tímbrica de la partitura. Logra así una claridad y transparencia sumas, como si fuera música de cámara. Sostuvo orquestalmente a los cantantes sin cubrirlos en ningún momento. Excelso una vez más el coro del Festival en los corales y en el grandioso espectáculo final. Thielemann, que aún anda experimentando sonoridades en la fabulosa, y también intrincada, acústica de la sala, tiene abiertas de par en par las puertas del Festival y se le augura un largo y brillante futuro en Bayreuth.

El bajo Robert Holl (Hans Sachs), siempre tan voluntarioso, tiene el papel más difícil y largo de la pieza. Llega al tercer acto casi agotado vocalmente con el depósito en la reserva. Como actor le falta carisma y actúa envarado y rígido en demasía. Más fácil lo tuvo Hans-Joachim Ketelsen, soberano como cantante y actor, en su papel de Kothner. El tenor-comodín Robert Dean Smith, claro de articulación y timbre, anduvo apurado y angosto en los registros altos. La canción de su contrincante, el cascarrabias Beckmesser (Andreas Schmidt, el más aplaudido junto con el coro y el director Thielemann) estuvo siempre mejor cantada. Algo desilusionante la Eva de Emily Magee: bella figura, pero menos bella línea de canto. Gran nivel artístico del debutante bajo coreano Attila Jun en su doble breve intervención de escasos 35 segundos como sereno contrahecho. Pero para muestra basta un botón. El resto del conjunto cumplió dignamente.