Luis Rojas Marcos:«Hay que creer en el ser humano»

TRINIDAD DE LEÓN-SOTELO
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De los recuerdos le brotan sentimientos intensos; del presente, bríos para continuar en la brecha, y en el futuro tiene la confianza de todo hombre que como él es capaz de decir con sinceridad una frase aparentemente sencilla: «Creo en la bondad humana». No cree, sin embargo, en una vida más allá de la de este mundo. Conversando con él planea sobre el interlocutor la convicción de que esa puede ser la columna en la que se apoya para mantener la fe en la existencia, en la decisión de tratar de mejorar lo que tenemos entre unas manos que nunca deben dejar de atender los pulsos del corazón. De los sentimientos.

En su biografía, como en cualquier otra, hay capítulos varios, pero hay uno, sobre todo, que define al protagonista y es aquel en el que queda claro que física y psíquicamente la necesidad de la libertad es imprescindible en su existencia. Fue un niño con problemas que en su infancia no se diagnosticaban correctamente. Fue un joven voluntarioso que acabó medicina con brillantes notas -«hubo incluso matrículas de honor»- que se autoexilió de una España con un régimen político que le asfixiaba. Hoy es un hombre con prestigio mundial. Su nombre es Luis Rojas Marcos, aunque en el Nueva York que ha reconocido sus méritos profesionales le llaman doctor Marcos. Y es que el apellido Rojas se entrevera mal con la pronunciación inglesa. Vivió como pocos -estaba a escasos metros del World Trade Center cuando se produjo la colisión del segundo avión- la tragedia del 11-S en Nueva York. El próximo miércoles, día 4, presenta en Madrid sus vivencias de aquel tiempo terrible en el libro «Más allá del 11 de septiembre».

Suspensos a troche y moche

-Lo dice como si beberla fuera importante.

-Lo era, porque curiosamente la inadaptación que yo tenía se cura, aunque parezca contradictorio, con un estimulante. Me atreví a formar a los 16 años un cuarteto musical -yo en la batería como corresponde a mi temperamento- con amigos, y llegamos a actuar en Radio Sevilla, en Cádiz... Era el tiempo de Los Pekeniques en música, pero para mí empezaba a llegar, junto con la Universidad, el tiempo de la autoestima.

-Por fin todo iba bien...

-Hay un aspecto muy importante en mi adolescencia y juventud que es el de padecer el autoritarismo. Mi padre era de derechas -había combatido junto a Franco-, y mi hermano Alejandro, de izquierdas. Esto creaba un ambiente difícil, porque mi hermano estuvo en la cárcel y fuera de España. Dado que soy una persona que se pone fácilmente en el lugar del otro lo pasaba mal y mi estómago empezó a no funcionar. Alejandro tiene 3 años más que yo y aquí me tiene a mí con 13 años padeciendo duodenitis.

-El sufrimiento del espíritu dañando el cuerpo.

-Así es. Porque cuando durante los veranos mis padres me enviaban a Francia o a Inglaterra, a pesar de estar en un lugar en el que ni entendía ni me entendían, los dolores de estómago desaparecían como por encanto.

Esta influencia del estado de ánimo en la salud de Luis Rojas Marcos hacía patente que necesitaba de la libertad como del aire para respirar, para vivir. Nada extraño pues que a los 23 años, terminada la carrera de Medicina y recién casado, decidiera marcharse a Nueva York, «que no sabía ni donde estaba», dice para remachar el grado de aventura en el que se sumergió. Sin saberlo estaba naciendo a lo que sería su vida, a los capítulos que le darían prestigio internacional.

-A pesar de mi inexperiencia se me abrió un mundo de posibilidades. Yo era preguntón, algo que en España molestaba, pero en Nueva York te dan nota por preguntar, eso es algo que cotiza. En 1974 participé en un programa de investigación con algunos puertorriqueños que padecían esquizofrenia. El trabajo salió en dos importantes revistas de psiquiatría y creo que esto, el hecho de empezar publicando, me abrió muchas puertas. Quizás por eso le tengo un enorme cariño a Nueva York, porque la verdad es que aceptó a un emigrante inexperto y perdido.

El caso es que en 1992, Rojas Marcos fue nombrado jefe del Departamento de Salud Mental del Ayuntamiento de la ciudad. Tres años más tarde, el alcalde Giuliani, que tanta celebridad iba a conseguir por su comportamiento el 11 de septiembre de 2001, le ofrece la presidencia de la Sanidad y Hospitales Públicos de Nueva York, que suponía la responsabilidad de 43.000 empleados, 16 hospitales y un presupuesto de 4.000 millones de dólares. En febrero de este año, Rojas Marcos decidió dejar el puesto. El fatídico 11-S le llevó a replantearse su vida y a comprender que esa etapa debía tocar a su fin.

-Sabemos que aquella fecha fue espantosa, que faltan calificativos para el horror, pero usted ¿cómo la vivió?

-Estaba allí tras la primera explosión, se puede decir que llegué al empotrarse el segundo avión en la segunda torre. Salvé mi vida de milagro. Me llamaron para formar parte del grupo de veinte personas que integraban el Consejo de Control de Emergencias. Pero si aquella jornada fue de terror, los meses que siguieron no fueron más llevaderos. De