Lady Diana Spencer o el síndrome de Rebeca
Retrato de Lady Di de Mario Testino

Lady Diana Spencer o el síndrome de Rebeca

El 29 de abril, el recuerdo de esta mujer tancarismáticacomo contradictoria estará muy presente

CARMEN POSADAS
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De haber un día en el que cobre máximo sentido la vieja expresión «brillar por su ausencia», éste será sin duda el 29 de abril. Por eso, si los fantasmas existen, y quién dice que no, es posible que más de uno sostenga que ese día vio flotar la inconfundible sombra de Lady Diana Spencer entre el chiffon de los vestidos de las damas invitadas. Y, o mucho me equivoco, o es amisma alargada sombra acompañará a Kate Middleton, futura Princesa de Gales, durante largo tiempo. Estará allí mientras Kate haga su entrada al templo, también al saludar a lasmasas tras la ceremonia y, por supuesto, en el momento rosa por excelencia: cuando los novios se den el beso en el balcón del palacio deBuckingham, televisado urbi et orbi. Y lo estará porque aunque las comparaciones sean odiosas, también son inevitables y todos se afanarán en opinar si el traje de novia de Kate esmás bonito que el de Diana, si su sonrisaesmás francaque la de su antecesoraosi elbesode los novios presagia (ojalá así sea) menos tristezas queaCarlos y Diana. Naturalmente todo esto no seríamásque incomodidad pasajera si los paralelismos acabaran aquí. Pero mucho me temo que se seguirá comparando a una y otra en todas las actividades venideras: al inaugurar una escuela o al visitar un hospital, mientras asista a las carreras de Ascot o departa con los actores después de un estreno de teatro.

Actividades que la buena de Kate llevará a cabo, por cierto, conel anillo de compromiso de la difunta en su anular izquierdo comoimpertinente legado y mudotestigode tan incómodo fantasma.Amí toda esta situación me revive la famosa novela de Daphne du Maurier llevada al cine por Alfred Hitchcock. Como recordarán, la historia trata de una inexperta muchacha que casa con Maxim de Winter, viudo adinerado y propietario de una mansión llamada Manderley. Al llegar a ella la nueva señoradeWinter (de la que, muy significativamente, no se sabe su nombre de pila) se ve comparada una y mil veces conRebeca, la primera mujer deMaxim. Desde los criados hasta los amigos, todos se turnan para hacerlo. «Rebeca era la mujer más bella que he conocido». «Rebeca era la mejor anfitriona del mundo».

«Rebeca esto, Rebeca lo otro…». Y tan lúgubre y siniestra se vuelve la sombra de la tal Rebeca que amenaza con hacer naufragar el matrimonio de Maxim y la muchachita sin nombre. Porque, como bien sabemos los que ya peinamos canas, los muertos juegan siempre con ventaja frente a los vivos, puesto que la memoria es caprichosa y tiende a adornarlos y mejorarlos, a disimular sus defectos y a engrandecer sus virtudes.

Comparaciones injustas

Por eso tan injusto es comparar unos con otros, pero en el caso de Kate Middleton lo es más aún. Y la razón también tiene que ver con Rebeca. Llega un momento en la novela en el que la desesperada señora de Winter decide rendirse. Le dice a sumarido que se siente completamente incapaz de competir con un modelo tan lleno de virtudes, que jamás logrará acercarse siquiera al amor que –ella supone– sintió Maxim por su primera esposa, amor que ésta inspiraba también al resto de personas que la adoraban sin excepción. –¿Amor? –replica deWinter, con genuina sorpresa. –Tú no sabes cómo era Rebeca.

Entonces revela cómo era en verdad aquel dechado de virtudes. Caprichosa, egoísta, mala hasta el punto que intentó destrozar la vida de su marido, empeño en el que, por cierto, acaba perdiendo la vida en un estúpido accidente. Por supuesto no es mi intención comparar a Lady Di con semejante mala de película, pero sí señalar que el recuerdo de Diana Spencer

engrandecido por su temprana muerte impide ver lo que realmente fue. Por un lado, una chica guapísima de infancia desgraciada y enorme carisma que se sintió humillada por su marido; es cierto. Pero por otro, una mujer despechada que no dudó en utilizar su carisma para torpedear una institución tal vez anacrónica como la Monarquía británica pero de la que es Heredero su propio hijo. Una mujer también que después de usar ese proverbial carisma suyo para condenar la utilización de las minas anti persona no dudó en convivir (y trágicamente morir) junto un hombre cuya inmensa fortuna familiar proviene, precisamente, de la venta de dichas armas. «Los elegidos de los diosesmueren jóvenes», sentencia un dicho clásico. Y es verdad. Pero no porque los dioses los distingan con sus bendiciones sino, simplemente, porque quien muere joven evita sufrir las consecuencias de sus errores y tampoco paga la factura de sus estupideces. Por eso, ahora que todos hacen votos por la felicidad de Guillermo y Kate, yo haré el mío para que la gente sepa ver un poquito más allá de ese viejo proverbio.