EFE

Isabel II cumple 90 años sin la abdicación en su horizonte

El sentido del deber, la discreción y la neutralidad, claves de éxito de una soberana que ha visto pasar a doce primeros ministros

LUIS VENTOSO
Corresponsal en LondresActualizado:

Hoy cumple 90 años y está casada, por auténtico amor, desde hace 68 con un hombre al que en junio le caen los 95. Todo es ya de puro récord en la andadura de Isabel II, que pasará la jornada de su aniversario en el Castillo de Windsor, su favorita entre las múltiples residencias de una estadista a la que «Forbes» atribuye una fortuna personal de 350 millones de euros (amén de los bienes de la Corona, de los que es titular formal mientras viva, como los 5.300 cisnes del país, o los dos maravillosos Rubens colgados en un Buckingham ahora con goteras en algunas estancias).

Elizabeth Alexandra Mary -Lilibeth en su hogar, pues así se llamaba a sí misma de niña- es sin duda la mujer más fotografiada de la historia. De ella se sabe todo… y en realidad, tal vez casi nada.

Fue una joven guapa, de ojos azules y 1.63 de talla, y es una anciana de salud de hierro, que en toda su vida no ha cambiado de peinado ni apenas de hábitos. Le gusta conducir, ya se maneja con internet y adora a palomas, perros y caballos, especialmente cuando los de su cuadra ganan un buen torneo (desayuna leyendo un periódico hípico y a su respetabilísima edad todavía montó en poni el año pasado).

«Es más de ponis que de filósofos», resume el gran periodista de la BBC Andrew Marr, uno de sus biógrafos. Viste con colores chillones, «porque para ser creída tengo que ser vista». Es una cristiana de fe profunda, que en cada Navidad y en cada oficio deja claras con orgullo sus creencias y la importancia que tienen como pilares fundacionales de la nación, lo que la diferencia de algunos nuevos monarcas que escamotean la médula religiosa de sus tronos y países.

Recorre ciudades olvidadas de todo el Reino Unido (encabeza cinco recepciones por semana y el año pasado atendió a más de 300 compromisos). Lleva 63 años de reinado pateándose cada semana la otra Gran Bretaña, la alejada del brillo plutocrático y la pujanza de Londres. Un mundo de mucha lluvia y poco glamour, donde inaugura oficinas de correos, bibliotecas, acude a funciones benéficas, visita hospitales y parques de bomberos, o descorre placas de monumentos menores. Está siempre ahí, con su paraguas transparente de la casa Fulton, diseñado para que su pueblo la vea bien («¿Quién se fija en una reina de beige?»). Jamás ha dado una entrevista. Pero ha estado en todas partes.

Es significativo que sus dos actos públicos de hoy en Windsor, en la víspera de su cumpleaños, sean inaugurar un quiosco de música y acudir a una oficina de correos para celebrar el 500 aniversario del Postal Service. Mañana, ya en su día grande, levantará la cortinilla de la placa del Paseo de la Reina en el parque local y por la noche dará luz a un faro, uno de los 900 que alumbrarán en su honor en todo el mundo.

Sentido del deber, laboriosidad a destajo y discreción a rajatabla. Esas son las divisas de una mujer que nació en una era donde «uno cumple con su deber»; en una Inglaterra que cuando fue coronada en Westminster, el 2 de junio de 1953, todavía mantenía la cartilla de racionamiento para la caña de azúcar y donde solo el 15% de los hogares poseían nevera. También neutralidad a rajatabla, como la obliga el mandato de la constitución no escrita británica. Por eso la incomodó la indiscreción de Cameron tras el referéndum escocés de 2014, cuando el premier aireó que ella había «ronroneado de placer» cuando le comunicó que había ganado el «sí» a la Unión. Por eso palacio ha presentado una queja formal contra el tabloide «The Sun» por presentarla en una portada gritona como partidaria del Brexit.

Su popularidad ha ido subiendo llamativamente desde el Jubileo de 2012, cuando mostró una insólita vis cómica del ganchete de James Bond para el vídeo olímpico de Danny Boyle. Ha remontado debates sobre su fiscalidad, divorcios, parrandas de hijos y nietos aventadas por la implacable prensa amarilla inglesa. También superó la sonada polémica por su frío público tras el accidente de Diana. Ha hecho de tripas corazón y en nombre de la paz ha chocado la mano de políticos norirlandeses con pasado en el IRA, que hizo pedazos en 1979 a Lord Mountbatten, pariente y preceptor de su hijo Carlos, y a tantos otros.

Llegó al poder en el mundo de Stalin y Adenauer. Ha dado consejo, y sobre todo escuchado, a doce primeros ministros, empezando por Churchill, que la hacía sufrir por su empecinamiento en seguir en el cargo cuando la bilogía ya no lo secundaba; pasando por el laborista Harold Wilson, que pasa por ser su favorito; o por Thatcher, a la que más bien no aguantaba (con el sentido del humor un poco ácido que la caracteriza, cuentan que cuando la Dama de Hierro se mareó en una audiencia, los que estaban junto a la Reina la oyeron decir: «Vaya, ya se está cayendo otra vez…»).

John Major resumió así la importancia de las audiencias semanales del primer ministro con la Reina: «Incluso algunos pensamientos que no puedes compartir con tu Gobierno, en un momento dado los puedes compartir con la Reina. Yo lo hice». Cameron concuerda: «Con ella puedes pensar en voz alta con alguien que tiene un gran conocimiento no solo de lo que pasa ahora, sino también de lo que ha pasado antes».

Hoy solo el 17% de los británicos se reclaman republicanos y dos tercios creen que la monarquía está haciendo un buen trabajo. Tras un largo y a veces sangriento proceso de prueba-error, en el que comprobaron que una experiencia republicana como la de Cromwell podía devenir en dictadura, los británicos se dieron cuenta de que la monarquía parlamentaria era el traje perfecto para un país siempre peculiar, que se ha ideo tejiendo secularmente mediante la cesión mutua y la negociación sinuosa.

¿Pero quién es realmente Isabel II? ¿Cómo está amueblada su cabeza? Su hijo Andrés, el miembro de la familia real con peor valoración, asegura que «lo ve y lo sabe todo» y «en ningún momento deja de ser reina». Al príncipe Enrique, curiosamente el más popular de palacio entre el público, a pesar de su pasado de humo jamaicano y fiestas vestido de nazi, le han preguntado si cuando está con ella ve a la Reina o a su abuela. No ha dudado: «Primero a la Reina». Solo el pequeño Jorge, desde la inocencia de sus dos años, la apea de su pedestal de respeto y distancia y la llama —por ahora— «Gan-Gan».

Dicen sus detractores que «el deber de Isabel II consiste en no tener personalidad», su éxito radicaría en «no hacer nada». Para un monarca constitucional tal vez sea hasta una rara forma de elogio. Cada día dedica tres horas a leer documentos oficiales, que va archivando en sus famosas cajas rojas tras visarlos. Una rutina que seguramente cobra su único valor en el hecho de que lo hace ella, Su Majestad. La tarea sostenida en el tiempo, el sentido del deber, acaba alimentando el alma de la institución, amén de la legitimidad que otorga el peso de la historia.

La Reina es una enamorada de los corgis, perros pastores paticortos, más antiguos y británicos que ella misma. Ha tenido treinta a lo largo de su vida. Es significativo de su forma de pensar que les da de comer por orden. Por supuesto, primero van los mayores, por respeto, y al final los jóvenes. Todo es siempre así: orden, respeto, deber.

Isabel no estaba llamada a ser reina, como prueba el hecho de que nació por una cesárea en un piso de Mayfair, en el 17 de Bruton Street, primogénita de los Duques de York. La abdicación del filonazi Eduardo VIII cambió su destino. Tenía once años cuando su padre fue coronado y supo que ese sería también su sino, como de hecho le ocurrió con solo 25. Estaba Kenia y vestía unos vaqueros cuando le comunicaron que su padre, Jorge VI, había muerto. Ya nunca más se pondría unos jeans.

Reina por un golpe del azar, Isabel siempre ha considerado el trono fue un regalo de Dios, y en su concepción del mundo, de tan alto don no se puede abdicar. Todos los especialistas británicos concuerdan en que seguirá hasta el final, que podría ser todavía lejano, pues su simpática madre falleció a los 102 años, casi animada hasta el final por un buen gin-tonic. Cuando las fuerzas le fallen, que tarde o temprano ocurrirá, se cree que el Príncipe Carlos podría ser nombrado regente.

Tras los muros susurran que hay sorpresas. Aunque entre los empleados de Buckingham comparte apodo con Springsteen («The Boss»), en familia, en ese círculo doméstico que ellos mismos llaman The Firm (la empresa), se dice que quien ejerce de jefe es su marido, el a veces metepatas Felipe, «mi sustento», al que adora. Cuentan también que la Reina es una excelente imitadora. Su fino sentido del humor, más inglés que la cerveza templada, está bien acreditado. En una exposición de desnudos del pintor Lucien Freud, le preguntaron sí había sido retratada por el maestro alguna vez: «Sí. Pero no exactamente así», fue su astuta respuesta. El actor Roger Moore le planteó en una audiencia en Buckingham por qué transitaba por el palacio con bolso: «Está es una casa bastante grande, ¿sabe?». Cierto: 770 estancias.

A veces su reino no es de este mundo. Es sonado que en 2002 preguntó en una audiencia al virtuoso de la guitarra Eric Clapton si llevaba mucho tiempo en lo suyo.

La actriz Helen Mirren, republicana declarada, ganó el Oscar de 2006 convirtiéndose en el clon perfecto de Isabel II, que luego la invitaría a un té en Ascot. Cuando recogió la estatuilla, Mirren la clavó otra vez: «Durante más de 50 años, Elizabeth Windsor ha mantenido su dignidad, su sentido del deber y su estilo de peinado. Tiene los pies plantados en el suelo, su bolso en el brazo y ha sobrellevado muchas, muchas tormentas. Saludo su coraje y su consistencia».

Hace 40 años los Sex Pistols lanzaban su gamberrada punk contra la Reina, «God save the Queen». Los Pistols son ya historia vieja, pero ella, ahí sigue. En curioso guiño del destino, Buckingham colaborará en alguno de los actos con motivo del cuarenta aniversario de la banda.