Dmitri Rybolovlev, dueño del AS de Mónaco, junto al Príncipe Alberto II
Dmitri Rybolovlev, dueño del AS de Mónaco, junto al Príncipe Alberto II

La investigación al propietario del Mónaco que amenaza con salpicar al Príncipe Alberto

Las autoridades sospechan que el multimillonario Dimitri Rybolóvlev ha cometido delitos de blanqueo, corrupción y tráfico de influencias

Corresponsal en ParísActualizado:

Varios jueces de instrucción franceses sospechan que el multimillonario ruso Dmitri Rybolóvlev, propietario del AS Mónaco, se ha convertido en una «amenaza judicial» para el príncipe Alberto II, sospechoso de presuntos delitos de tráfico de influencias, corrupción y blanqueo de capitales.

Rybolóvlev ganó una inmensa fortuna de entre 7.000 y 8.000 millones de dólares a través de la «liberalización económica» rusa, tras el hundimiento de la difunta URSS. Detenido e inculpado de varios asesinatos mafiosos, en 1996, decidió instalarse en Suiza, primero, y en Mónaco, más tarde, para intentar escapar a un rosario de escándalos no siempre ensangrentados: una catástrofe ecológica y un divorcio ultra millonario, entre otros.

Instalado en Mónaco, Rybolóvlev comenzó a tejer una tupida tela de araña de relaciones «amistosas» que culminaron el 2011 con la compra del 66,67 por ciento del capital del equipo de fútbol nacional del Principado, el AS Mónaco.

Desde esa «azotea» privilegiada, Rybolóvlev siguió haciendo negocios particularmente opacos, como la compra-venta de obras de arte a través de varios marchantes suizos. La disputa judicial entre Rybolóvlev y uno de esos marchantes, Yves Bouvier, en 2015, se ha convertido en un pozo de inquietantes informaciones para varios jueces de instrucción. Rybolóvlev comenzó cometiendo el «error» de acusar a Bouvier de haberlo estafado con facturas falsas por un montante de más de mil millones de euros. Cuando los jueces comenzaron a instruir ese escándalo descubrieron, estupefactos, que Rybolóvlev tenía relaciones peligrosas, inquietantes, potencialmente crapulosas con una cierta elite política, policial y judicial de Mónaco.

Philippe Narmino, amigo personal del Príncipe Alberto II y su esposa, Charlène de Mónaco, se vio obligado a dimitir, el otoño pasado, cuando corría el riesgo de ser inculpado por presuntos delitos de corrupción, íntimamente ligados a sus relaciones con Dmitri Rybolóvlev. La dimisión de Narmino no enterró el escándalo Rybolóvlev. Los jueces han seguido investigando. Y esa actividad es percibida como una amenaza por los más íntimos consejeros del Príncipe Alberto. El semanario Le Journal Du Dimanche (JDD) ha publicado una nota confidencial de uno de esos consejeros sugiriéndole acciones de este tipo: «Es urgente reaccionar con rapidez y energía, para esclarecer los eventuales casos de corrupción, tratando sin debilidad a los eventuales corruptos. Ni la policía ni la justicia de Mónaco deben ser sospechosas de corrupción».

Las dudas judiciales persisten. Los jueces franceses que trabajan en Mónaco han deseado interrogar a las más altas jerarquías del Estado, ordenando registros y controles judiciales de la contabilidad y actividades del Automóvil Club, los Ballets de Monte Carlo y el Yacht Clb, presidido por el Príncipe Alberto.

En un P rincipado físicamente tan diminuto como Mónaco, esas idas y venidas de coches policiales y judiciales, ordenando registros y convocando interrogatorios intempestivos, tienen un efecto muy negro para la imagen «glamour» que es la «marca» mundial de Mónaco – Monte Carlo.

Dmitri Rybolóvlev se ha convertido en un residente altamente sulfuroso en Mónaco. Hubo un tiempo en el que el multimillonario ruso pretendía ser un amigo íntimo del Príncipe Alberto. Envuelto en una nube de escándalos y procesos judiciales, Rybolóvlev viaja con frecuencia a sus residencias suizas, donde lleva años «invitando» como «amigo personal» a ministros y altos responsables políticos, policiales y judiciales de Mónaco, dejando tras sí un rastro de inflamables sospechas.

Las conjeturas que hablan de posible corrupción, tráfico de influencias y blanqueo de capitales no afectan personalmente al príncipe Alberto. Sí afectan a su círculo de influencias y gobierno, a muchos niveles.

Según las filtraciones judiciales, los teléfonos confiscados a Rybolóvlev, una de sus secretarias y varios de sus hombres más cercanos, parecen confirmar sospechas de fondo: unas relaciones «amistosas» siempre al borde del abismo de lo potencialmente crapuloso.