«Le fui infiel a Marieta»

«Le fui infiel a Marieta»

JOSÉ EDUARDO ARENAS | MADRID
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No se trata de un reclamo para el lanzamiento de una biografía. Antonio Morales «Junior» lo cuenta con pelos y señales en el libro «Junior. Mucho antes de dejarme» (Ediciones Martínez Roca), que sale mañana a la venta. Es una mera anécdota, «pasajera, de la que mi mujer nunca supo con certeza. Ambos estábamos trabajando, ella en México y yo en Manila rodando mi tercera película. Eran separaciones de más de tres meses y Vilma S., la actriz del filme, una criatura bella, unida a la soledad que sentía, hizo que surgiera algo más que amistad. Pero Rocío tenía un sexto sentido para todo, cogió un avión el día 23 de diciembre con su hermana Susana desde México y llegaron a Manila el día 25, Navidad, porque intuía que pasaba algo. Yo estaba enamorado de mi mujer y no quería romper mi matrimonio», así lo recordaba ayer el cantante, horas antes de que la edición de estas memorias, escritas en colaboración con Eva Celada y Elena Sendón, empezaran a repartirse.

Rocío Dúrcal era mucha Marieta. Con esto quiero decir que el madrileño barrio de Tetuán marcaba: gente fuerte como ella, que a los 10 años se pegaba con cualquier chico que molestara a sus hermanos menores. Fueron los primeros signos de lo que de mayor demostró al hacer de la familia una prioridad. «Nunca llegamos a hablar de aquel tema, por lo que deduzco que no llegó a enterarse, ya que el «affaire» fue corto y la que salió herida fue Vilma. Sabía que yo estaba casado. En Filipinas tenía tal cantidad de fans que se ocultó el «detalle» de mi matrimonio. Me querían soltero. Mi amor por mi mujer fue, es y será eterno. No tengo intención de rehacer mi vida sentimental».

Definido como un hombre en constante búsqueda de la belleza y de una educación exquisita, el compositor, productor y antaño cantante, desglosa su vida en Manila, donde nació el 10 de septiembre de 1943, haciendo un recorrido casi fotográfico de su familia, padres y hermanos; entorno humilde y de cómo fue desarrollándose la vida hasta adquirir una elevada posición social. Carmen, su madre, era la perfecta anfitriona, rodeada de sus amigas -entre ellas la madre de Isabel Preysler, «tita Betty», como él la llama- con sus elegantes vestidos jugando una partida de «mahjong». «Parecía una película americana de la época», apunta Junior.

Es preciso en la narración sobre su vida. La llegada a España, primero a Barcelona y después a Madrid; los entresijos del mundo de la música en los años sesenta, así como de la sociedad española y la juventud de entonces; o el romance interruptus con Marisol, cuando ésta se encontraba casi al pie del altar con Carlos Goyanes. El desprecio que le hizo Juan Pardo al considerar que no era adecuado como miembro de Brincos, «y luego nos hicimos muy amigos. Sólo nos separó el que yo me llevara a Marieta, que salía con él para verme a mí. «Juan y Junior» fue otro éxito multitudinario. Al separarnos, la casa de discos nos grabó como solistas y les pillé con los discos de él que iban a promocionar antes que el mío. Todo terminó de aquella manera, y eso que con Los Brincos fue apasionante».

Antonio Morales también formó parte de los grupos Los Jumps, Los Pekenikes y Los Relámpagos. Y años más tarde, tras dejar a RCA y aceptar un contrato con Sonny, «donde aprovecharon el tiempo que estipulaba mi contrato para que no grabara y así lanzar a Miguel Bosé» Seguro que él desconoce este dato. Visto lo visto, Junior se dedicó en cuerpo y alma a educar a sus hijos, Carmen, Antonio y Shaila. Cuando ya fueron unos jóvenes que se valían por sí mismos, Morales comenzó una etapa junto a su mujer en la producción «sin sueldo» de los espectáculos de ella por el mundo, «pues el dinero, en definitiva, iba a casa» -aclara lo del sueldo-.

De su celo en pos de la perfección habla el que «cuando Marieta y Celia Gámez fueron a París, que se suponía que era lo más en estudios de grabación para hacer los playback de la película «Las leandras» (última cinta de Rocío con Luis Sanz, su descubridor y padrino de Carmen), aquello sonaba a rayos, parecía que estaban metidas debajo de una bóveda. Se lo dije a Luis. Al final salió lo que él quiso. Hoy ves la película y crees que está hecha con sonido directo, pero para el espectador de entonces sonaba a lata. Marieta estaba tan maravillosa en la película, que fue algo anecdótico».

El lector que haya vivido esas décadas quedará impregnado por la nostalgia. Los recuerdos son precisos: Rocío deja el cine y apoya su gran fuerza en la música. Atrapa para siempre la inmortalidad de su arte con las rancheras cantadas «a su estilo», sin emular a las cantantes de aquel país que las llevan en la sangre. «Al principio no quería hacerlo. Casi tuve que darle un palo en la cabeza para que lo intentara. Los primeros discos fueron canciones de Juan Gabriel. Tras la consagración de los temas él mismo los grabó. El resto pertenece a la historia de la música en español. Sólo María Dolores Pradera canta rancheras con su personalidad, lo contrario sería como si a Thalía le diera por cantar flamenco puro», sentencia.

La enfermedad

Las memorias de Junior hablan también de la enfermedad de Rocío Dúrcal, lo que supuso para las familias del matrimonio su desaparición. «Como a Marieta no se le decía la verdad de su estado, yo preferí no enterarme para que ella no me descubriera. Solamente al final cuando tenía que ir en silla de ruedas y su mirada era muy baja se le llenaban los ojos de lágrimas. No podía verla de aquella manera y tenía que irme a otro lugar de la casa a llorar. Cuando movías la silla, algunas veces llevaba un pie a rastras porque se le caía. No se quejaba, no se daba cuenta. Fueron los últimos días de su vida. Espero que me escuchara cuando le dije que la amaba. El médico nos había indicado que entráramos enseguida a despedirnos. Fue muy fuerte. Sin pelo estaba también muy guapa, a pesar de que lo pasó fatal al caérsele. Le decían que se pusiera un pañuelo y ella respondía: «no voy a bailar jotas. Al toro hay que cogerle de los cuernos» Pero no fue así. Tuvieron que intervenirla quirúrgicamente en varias ocasiones y la escuchaba quejarse por la noche sin poder hacer nada por ella».