Anna Sorokin, la semana pasada, durante la vista oral en Nueva York
Anna Sorokin, la semana pasada, durante la vista oral en Nueva York - EP

La historia de la falsa heredera que estafó a la «jet» neoyorquina

De orígenes humildes, asiste a los tribunales con prendas de lujo mientras la juzgan por defraudar 245.000 euros en hoteles y restaurantes

NUEVA YORKActualizado:

La de Anna Delvey (28 años) fue una de las historias más cautivadoras del año pasado en Nueva York. Durante años, fue una cara fija de los círculos jóvenes de potentados, la «jet set» de «millennials» que comen en Carbone o Sadelle’s, bailan en Vandal y se alojan en Beekman Hotel. Que van de Coachella a Miami Art Basel, y del Surf Lodge de Montauk a mansiones de amigos en Malibú.

Pero Anna Delvey no era una rica heredera alemana, esperando a cumplir 25 para recibir su fortuna, sino la hija de un camionero ruso. Ni siquiera era Anna Delvey. Era Anna Sorokin, pero muchos no se enteraron hasta que la vieron entre rejas.

Durante años, Delvey aparentó tener dinero por castigo. Soltaba billetes de cien dólares en propinas sin pestañear, organizaba cenas fastuosas en restaurantes caros, vestía ropa de grandes firmas… Cuando irrumpió en la escena neoyorquina, hace unos años, iba acompañada de un novio multimillonario, un visionario tecnológico de los que dan charlas en TED. Su separación no cambió su estilo de vida ni sus ambiciones disparatadas, como alquilar un edificio de varias plantas en Park Avenue y convertirlo en un centro artístico con su firma. La opulencia de su estilo de vida y las conexiones que labró en esos años le abrieron puertas. Llegó incluso a negociar la operación inmobiliaria con uno de los hijos del arquitecto español Santiago Calatrava. Nadie sabía muy bien de dónde venían –ni ella ni su dinero–, pero no importó mientras pudo soportar la mentira.

Cuando esa operación inmobiliaria fracasó, su vida se desplomó como un castillo de naipes. En pocos meses, se hizo evidente un reguero de deudas con hoteles de lujo donde se pasaba semanas, restaurantes a los que invitó a decenas de personas y se fue sin pagar y tarjetas de crédito morosas.

Objeto de fascinación

Le imputaron por hurto y robo de servicios por un valor de 245.000 euros (275.000 dólares) y desde el otoño de 2017 cambió las alfombras de hoteles de moda como el W o 11 Howard por una celda compartida en Rikers Island, la célebre cárcel en una isla entre Queens y el Bronx. Cuando dos artículos en las revistas «New York» y «Vanity Fair» revelaron su historia, Sorokin se convirtió en objeto inmediato de fascinación, igual que ocurrió el año pasado con otros estafadores jóvenes y ambiciosos: Elizabeth Holmes, la emprendedora que engañó a medio mundo con un sistema revolucionario de análisis de sangre, y Billy McFarland, que organizó el desastroso Fyre Festival en una isla del Caribe.

Sorokin pudo haberse declarado culpable y haber optado por ser deportada a Alemania, a donde su familia se mudó en 2007, proveniente de Rusia. Pero prefirió defender su inocencia, y por fin arrancó su juicio a finales del mes pasado.

La vista continúa en la corte a día de hoy y no ha habido día que la acusada no sorprenda con su vestimenta. Su abogado, Todd Spodek, aseguró que mandó a un asistente a H&M a comprar algo para que Sorokin no apareciera con el traje marrón de reo, que podría ser negativo para su defensa. Pero, poco después, «GQ» aseguró que la falsa heredera recibía el asesoramiento de una estilista reconocida, Anastasia Walker, para sus apariciones ante el tribunal.

Las etiquetas de tela de las prendas son también sospechosas: un vestido de Michael Kors, blusa de Yves Saint Laurent, pantalones de Victoria Beckham. ¿Quién las ha pagado? Ese es otro misterio que Sorokin todavía no ha desvelado.