Gunilla: «Mi madre quería que me casara con el Rey de Suecia»

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Inasequible al desaliento jaranero, esta espigada nibelunga no se pierde una pese a haber nacido en la fortaleza de Friedrichsruh, que significa «paz y tranquilidad», un regalo del emperador Guillermo I a su bisabuelo el canciller Bismarck. Entre achuchones a «Ernesto», un perro con más pliegues que el gaznate de Sara Montiel y el mal aguaje de su tocayo de Hannover, nos recibe en su finca, un soberbio prado en Plena Milla de oro marbellí. Aparte del perro, guarda el predio un gorrino. Con pedigrí, claro: ibérico. Achaparrado, le llaman «doctor Bonsai». Desengáñense: no ha «gunilleado» en su vida. La vulgaridad no es su divisa.

-¿Profesión?

-Paso.

-¿El verano entontece a la gente?

-No, divierte a la gente.

-¿Cómo va el suyo?

-Muy bien. Tengo la casa llena de amigos, de familiares. Salimos el noventa por ciento a fiestas privadas, el resto a inauguraciones, de joyas, de tiendas, y después también muchas galas. A mí me encanta estar aquí en agosto. Debe ser la excepción, todo el mundo dice que es insoportable ¿Y por qué no se van? ¿Por qué viene todo el mundo aquí?

-¿No se cansa de estar siempre en el «candelabro»?

-No, me divierte enormemente.

-¿Será capaz de reconocer que algún sarao le aburre soberanamente?

-Me invitaron a una fiesta alemana, con ópera, de la que me fui corriendo. Lo más aburrido que he visto en mi vida.

-Le invitan a todas, ¿cómo criba?

-Si son amigos míos, si puedo ayudar a dar publicidad... pero para divertirme, prefiero las de las casas privadas, desde luego.

-¿De pequeña ya se sintió predestinada al faranduleo?

-Sí, me gusta la vida que tengo. No puedo quejarme, llevo una existencia fascinante. Me encuentro con gente muy interesante, muy conocida en todo el mundo y viajo todo el tiempo, aunque en invierno me encanta Marbella.

-Al canciller, tan adusto, ¿le hubiera hecho gracia la vida que lleva?

-Soy como él. Viajó muchísimo, le encantó la política, como a mí, y la historia. Eso sí, bebía mucho, cosa que yo no hago, y comía mucho, cosa que tampoco hago yo.

-¿No le preocupa que la cataloguen como una persona superficial?

-¿Y cómo voy a cambiarlo? Me da igual. Disfruto de mi vida y si me llaman frívola, qué significa, ¿que salgo a las fiestas?

-¿Ha hollado el mercado de las exclusivas?

-No, es mi vida privada. Es como un armario con muchos cajones. Nosotros abrimos dos al público. Hablo de Luis. Los otros están cerrados. Esa teoría de la alacena existencial es original. Ahí no entra nadie (se ríe).

-Su separación de su inseparable Luis Ortiz ya no se la cree nadie.

-Estoy mucho mejor. Es que le quiero mucho. Es seguramente el gran amor de mi vida. El divorcio fue un tema complicado, un cajón que no voy a abrir, pero quizás gracias al divorcio he salvado esta relación. Vale la pena.

-¿Era de las que soñaba con un príncipe azul? -No, era muy rebelde, muy salvaje. Recuerdo que mi madre siempre quería que me casara con el Rey de Suecia o con un aristócrata de Alemania que no era mi tipo. Cuando me encontré con Luis, hace 30 años, aquí en el Marbella Club, era él. Me gustó todo. MIGUEL NIETO