Así es el «gentleman» del siglo XXI

Un caballero inglés actual apaga el móvil en las comidas, no teme decir la verdad y es amable y comedido

Luis Ventoso
Corresponsal en LondresActualizado:

Allá en el siglo XVII, el Rey inglés y escocés Jacobo I advertía: «Yo puedo crear a un lord, pero solo Dios puede crear a un gentleman». En el siglo pasado, Oscar Wilde definió al gentleman desde la moral: «Es aquel que nunca hace daño a nadie intencionadamente». ¿Cómo definir al perfecto caballero inglés en este siglo XXI, marcado por el trasiego de modas efímeras y la intrusión de la tecnología? La centenaria revista «Country Life», quintaesencia de la Inglaterra solariega, se ha lanzado a responder con 39 normas, que oscilan entre lo razonable y la autoparodia. Aunque su director, Mark Hedges, parece tomárselo muy en serio: « No hay mayor elogio que llamar a un hombre caballero».

Si hacemos caso a Oscar Wilde y nos centramos en la conducta, el gentleman no tiene miedo a decir la verdad y aunque han cambiado mucho las cosas, «la clave sigue siendo mostrarse tan amable y colaborador como sea posible». A la hora de exhibir sus conocimientos debe ser comedido.

Socialmente, el gentleman no da la barrila a los otros comensales con las vibraciones o pitidos de su móvil, pues lo apaga antes de sentarse a la mesa. Llega siempre cinco minutos antes de la hora convenida, dice su nombre cuando lo presentan y sabe cuando toca estar callado. Es amable con los camareros y si hay niños domina un par de trucos para entretenerlos. Llegados a la incursión galante, «demuestra que hacer el amor no es ni una carrera ni una competición», pero conserva una habilidad: debe ser capaz de soltar un sujetador empleando una sola mano.

Por supuesto la vestimenta es parte de la esencia del gentleman. Aunque esté pasando estrecheces, el caballero debe contar siempre en su armario con un buen traje oscuro, un terno de tweed y una chaqueta de esmoquin. Los calcetines lilas son sacrilegio grave y debe lustrarse sus zapatos. Los tatuajes se toleran, «pero el caballero debe ser muy consciente de que una barba es temporal y un tatuaje, permanente». Algo que no debe hacer es secarse el pelo con secador. Síntomas graves de ordinariez son veranear en Florida, tener un yate sin velas, pedir champagne Cristal e instalar una canasta de baloncesto en el jardín.

En los últimos cien años el gentleman inglés ha evolucionado. Si en el arranque del siglo XX le privaba el clarete, ahora prefiere el Pinot Noir de Nueva Zelanda. De Belgravia, barrio hoy tomado por los árabes, ha pasado a Fulham, en Chelsea. El bigote ha sido sustituida por la cara afeitada (el caballero no es muy de barba hipsteriana) y los cigarrillos han dejado paso a los parches Nicorette. Si antaño leía a Kippling, ahora basta con las amenidades bélicas de Anthoy Beevor, aunque eso sí, debe haberse engullido el «Orgullo y Prejuicio» de Jane Austen.

Ah, por cierto: un caballero jamás añade muñequitos «emoticonos» en mensajes de trabajo ni jamás se le ocurriría tener un chihuahua. Hasta ahí podríamos llegar…