Francoise Bettencourt Meyers y su hija
Francoise Bettencourt Meyers y su hija - CHRISTOPHE PETIT TESSON

Francoise Bettencourt Meyers, prisionera de una fortuna colosal

Hermética y austera, la heredera del imperio L’Oréal ha sido proclamada la mujer más rica del mundo

Corresponsal en ParísActualizado:

«Llega un momento en el que defender y conservar la fortuna es tan duro como acumular un patrimonio consecuente», le comentó la millonaria Françoise Bettencourt Meyers a su vecino y amigo, el escritor Jean d’Ormesson, durante una cena veraniega en los jardines de su residencia, en el barrio parisino de Saint-James. D’Ormesson me comentó personalmente la anécdota, días antes de recibir el premio Luca de Tena y sonriendo con melancólica gracia cuando explicaba: «Me pregunto si no soy el último mohicano de una tradición que está extinguiéndose».

No es un secreto que en su casa d’Ormesson prefería caminar descalzo, orgulloso de presentar a sus visitantes su biblioteca personal en el más laberíntico desorden. «¿Sabe, Quiñonero? Vinieron a cenar a casa Liliane Bettencourt y su hija, Françoise, acompañada de su esposo, Jean-Pierre Meyers, que son una pareja encantadora. Me dieron pena. Liliane es una de las mujeres más ricas del mundo. No sabe qué hacer con su inmensa fortuna. Ella se refugia en unas amistades que causan horror a su hija, que es una mujer muy sabia y ha escrito libros muy eruditos sobre la Biblia. Cuando llegue su hora, Liliane tendrá que afrontar el inmenso “problema” de preservar una fortuna colosal».

El «problema»

El «problema» ha llegado. «Forbes» ha declarado a Françoise Bettencourt Meyers (66 años) la mujer más rica del mundo, como heredera de buena parte del capital de L’Oréal y presidenta del consejo de administración de un rosario de sociedades, fondos de inversión y fundaciones. En total, 43.400 millones de euros. Su esposo y sus dos hijos se ocupan de la «intendencia» financiera. Y ella no puede escapar a su dorada «prisión».

¿Vacaciones? Su madre compró en su día una o varias islas en el archipiélago de las Seychelles, de una incomodidad absoluta. Los Bettencourt y los Bettencourt Meyers siempre han preferido refugiarse en sus propiedades de la Bretaña francesa, en el diminuto pueblo de Ploubazlanec. Un refugio del que no existen fotografías íntimas. Una mansión tomada por asalto por un servicio de seguridad excepcional. ¿Los Alpes suizos? ¿Marrakech? Destinos para escapadas entre conocidos, que es prudente cubrir con el anonimato.

¿Vida social? El rosario de fundaciones propias y heredadas cubren todas las gamas de todas las artes y ciencias. Entre consejo de administración, entrega de premios, balances anuales y menudencias filantrópicas, Françoise Bettencourt Meyers todavía tiene obligaciones forzosas: gala en la parisina Ópera Garnier, donde puede encontrarse con Arielle Dombasle, esposa de Bernard-Henri Lévy (BHL), ensayista y millonario de muy otra envergadura financiera; ceremonia en la Unesco para celebrar premios de carácter humanitario-filantrópico; presencia ocasional en algunos desfiles de alta costura, como Armani; presencia en la retrospectiva de artistas, como Jeff Koons.

¿Amigos? ¿Vida doméstica..? Françoise Bettencourt Meyers ha repetido en muchas ocasiones que fue una niña «salvaje y solitaria». La inmensa fortuna de su madre también fue una cárcel. Apenas frecuentó una escuela elitista y vigilada, al igual que la residencia familiar, por una policía privada. La tragedia de las procelosas relaciones de su madre con el fotógrafo François-Marie Banier le descubrió el rostro atroz de las amistades más íntimas y peligrosas.

En la cocina de Bretaña

Reclusa, ella misma, durante muchos años en la misma calle de la legendaria residencia de su madre, Françoise Bettencourt Meyers no puede mover un paso, tomar un coche o una bicicleta sin la compañía apenas discreta de unos guardaespaldas elegantes y fornidos, con el perfil de tiradores de élite de los SEAL. Su silueta matriarcal, con temible tendencia a la obesidad desde la adolescencia, tampoco está para paseos solitarios en un Bosque de Bolonia a la caída de la tarde. Queda la lujuria de la gastronomía y los elixires vitícolas. Salvo en los grandes templos de la hotelería mundial -que pueden ser un engorro, a consecuencia de la insoslayable «privacidad» y las medidas de seguridad-, los disfruta en la intimidad de la Bretaña profunda o la cocina doméstica, donde pueden ser invitados los cocineros dispuestos a celebrar su gran arte al precio del anonimato cubierto con cheques a la altura de las circunstancias.