Estefanía, la princesa marcada

Por TICO MEDINA
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Me va, me va, me va, esta misteriosa princesa de la casa Grimaldi, la oveja negra, con mechas, de la Familia Real de Mónaco, que, por si fuera poco -la pobre niña rica-, anda siempre en soledad y se fía de cualquiera que tenga cerca, acaba de ofrecer en pública subasta -ella es la sorpresa indomable- los documentos gráficos de su nuevo amor, Richard, mozo de comedor, dicen unos, del viejo príncipe Rainiero -que no gana para sustos-, y otros, ayuda de cámara de palacio, el hombre de las llaves y los secretos más íntimos de la familia, y otros, sencillamente, el cocinero de los de Mónaco. Se trata de un hombre que cultiva el atletismo en los ratos libres, es culto, pasea los perros de las princesas, entre Gere y aquel novio intelectual de la Obregón de hace unos meses, después del tormentoso amor, amor de circo, con Franco Knie, que, a pesar de ser domador, no pudo domar a la princesa de los ojos de jaguar en celo.

Triste princesa, insisto, que adora los pantalones -digo en su forma de vestir-, la boca como una herida húmeda abierta, más bien chica de aeróbic, fuerte, muslo prieto, manos de albañil, la cola -de caballo- descolgada, pero sobre todo, lo que a mí me priva, lo que a mí me ata, lo que a mí me mola, es su tatuaje, el que lleva en un tobillo, como quien se ató voluntariamente con alguien, a mano -como una firma en la base de la escultura-, pero sobre todo, por esa rosa azul, en el culo, perdón, en la nalga, en la «cadera, más bien perpetua», Estefanía Grimaldi, nacida en Montecarlo el día 1 de febrero del 65, a las cinco en punto de la tarde, «eran las cinco en todos los relojes, las cinco en punto y sombra de la tarde».

La verdad sea dicha, como todo el mundo sabe, yo, que soy tatuado. El día que lo conté en directo en el programa «Con T de Tarde», de la Terelu, en Telemadrid, subió la audiencia punto y medio, si bien con un barco, de vela, me sentí más cerca de la princesa menos princesa de las dos princesas del principado, por la sencilla razón de que los tatuados somos como una mafia romántica, o una gran familia azul, de todo el mundo. También les diría yo que los que somos de punzón, y no de henna, que se acaba antes, mantenemos una amistad sin aristas con el resto de los mortales que han elegido esta firma sobre la piel para ir por el planeta llamado Tierra. Por eso estoy más cerca de la princesa rebelde, la que conoce bien cuándo los elefantes están enamorados, cómo sabe el cañón de la pistola del guardaespaldas sobre el corazón y, sobre todo, esta princesa de sangre definitivamente roja, que acaba de cumplir treinta y siete años, que nunca perdió el zapato de la cenicienta porque siempre lleva zapatillas de tenis, y que hace unos días, vestida como si fuera al gimnasio, inauguró en Mónaco una deliciosa exposición de muñecos en la que resplandecía con su brillo especial -patético, dramático- el grupo de la familia de casa; su padre, de joven, con el bigotillo a lo Flinn, cubierto el pecho de medallas, y su madre, aquella Grace de Mónaco, casi transparente, que hay quien quiere subir a los altares, aunque para ello se necesitará en el proceso de canonización desvelar el gran secreto que ha convertido desde aquel día 13 de septiembre del ochenta y dos, ya mismo hará veinte años en que murió su madre en una curva del camino que las devolvía a casa, a esta princesa de rostro duro, de voz profunda, que hace lo que quiere con su cuerpo y con su alma, en una nueva mujer. Como quien lo sabe todo pero no puede decir nada.

Sin embargo, las crónicas de ayer mismo aseguran que está más madre que nunca, más domesticada que jamás estuvo, que en ella su padre -el viejo Monseñor, como le llamaba Ira de Furstemberg- ha encontrado el báculo para su vejez galopante, y que incluso interpreta con cierta prestancia, con esa naturalidad de la chica de barrio, a lo Belén Esteban, el papel de «primera dama», mientras su hermana Carolina navega los mares azules del verano a bordo de su barco Pacha III, ese barco pirata en el que navega con ella Hannover, al que amamos tanto, con su aire de corsario vestido de Armani.

Estefanía, cantante, discutible, diseñadora de modas, discutida, el corazón al viento, siempre esperando que alguien le diga «ojos negros tienes», zagala escoltada por los paparazzis, sus guardias de corps no deseada, vestida siempre como de bosque, del brazo ayer de su padre con sus setenta y nueve -los que vienen son los ochenta y habrá grandes fastos en el Principado-, Estefanía, que ayer mismo le daba la boca, un beso quiero decir, a su restaurador, Richard, con el chaleco y la bolsa de la compra y un niño de Estefanía colgado de su brazo, al que ya se le ha subido el tratamiento, porque según he sabido hoy mismo, fax urgente, «es jefe de la cocina de los Grimaldi», mariscal de campo del reino de las cacerolas de palacio, donde reina el buen paladar, por cierto. A mí, que la he tenido cerca, montando a caballo o grabando un disco, la verdad, me tienta, serán los años, los míos y los de ella, en este retrato al salmorejo, que es plato de verano, retrato de canícula, su alteza, por sus pies de pato, su ramillete de flores y ahora porque su nuevo amor -también se conoce su apellido-, Lucas, dos hijos y el divorcio en marcha, y más tatuajes que voy descubriendo, que son como los almanaques visibles de su estado de ansiedad. A saber, otro tipo pulsera de alambre reciente, que se llevan en la muñeca, y un delfín, en el pie, éste es nuevo, y menos mal que no le ha dado por ponerse el nombre de los hombres «que más amó».