Elegantes y salvajes
Isabel Preysler - abc
papel de pirata

Elegantes y salvajes

De entre los nombres que ahora se celebran en los podios de elegantes, sí toleraremos a Isabel Preysler y Ana Belén

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Lo que trae la Navidad es un menú de elegantes de poca amenidad, por lo general: van ellos con el mismo traje de domingo y ellas muy contentas de modelazo de nochevieja. Todos, y todas, parecen el mismo maniquí, con lo que se acabó la elegancia, que no es sino distinción, o sea, rareza. Van bien, claro, tan bien que da lo mismo. Sabemos que se hacen encuestas al respecto, pero las encuestas siempre aúpan a quien sale en la tele. Coco Chanel diagnosticó que «la elegancia es el esqueleto». Brummel remató con aquello de que «la distinción es lo contrario a vestir correctamente». De modo que la elegancia es interior, y el vestuario no sólo un harapo caro.

De entre los nombres que ahora se celebran en los podios de elegantes, sí toleraremos a Ana Belén, que viste la ropa, y también a Isabel Preysler, que tiene exotismo de línea de luna y erotismo de túnica holgada lo justo. Añadiríamos a Lola Herrera, que es elegante porque sólo hay que oírla, y Victoria Vera, que llega incluso al dandismo, ese éxtasis de la elegancia, bajo el lema de Baudelaire. «El dandi nunca sale de sí mismo».

Herederas

Se apunta que la Preysler ha dado relevo de lámina a sus dos hijas, Ana Boyer y Tamara Falcó, pero el relevo no es tal porque la Preysler sigue ahí, como una fastuosa hermana mayor de las dos, más que como una madre. Isabel es la Presyler, todavía. Sus hijas han heredado una hermosura de pulcritud, pero les falta aún su elegancia, que es un valor que sólo dan los años. La juventud tendrá muchos méritos, pero no la elegancia, que es un cruce de indiferencia y divorcios. La Preysler es distinguida hasta que las encuestas navideñas digan lo contrario, que nunca lo dicen, aunque le disputan mucho el auge: Rania de Jordania, Paloma Cuevas o la Princesa Letizia.

A la Preysler los cronistas la encierran en «la madurez de la elegancia», pero la elegancia es madurez o se queda en sastrería, más bien de firma. Ahí está Sharon Stone, avalando lo mismo, pero desde la esquina contraria de rubias internacionales. Sharon Stone fue sólo Sharon, cuando el show de «Instinto Básico». Luego se ha encumbrado como la Stone, una fina alfarería de medio siglo que prorroga y prestigia el modelo del glamour femenino de la escuela eterna, entre Grace Kelly y Audrey Hepburn, pero con más wonderbra.

En cuanto a los hombres, nos interesan aquellos que están más allá del traje, obviamente. Entre los planetarios, me sale George Clooney, abreviando, y aquí entre los nuestros, Pep Guardiola, Zinedine Zidane y Jaime de Marichalar, tres naipes de muy diverso aire, y luego Antonio Carmona, y hasta Diego El Cigala, que parece que no, pero sí. Me explico. Clooney es un elegante sin adorno. Ni le excita la extravagancia y cambia poco de traje. Alguna vez le han reprochado los de Armani que hable de vestir de esa firma, en ocasiones solemnes, porque no cambia el modelo. Yo creo que sí lo cambia, sólo que Clooney siempre queda igual, como quedaba igual Cary Grant, que ya llevaba chaqueta Armani, pero sin llevarla. La ropa le imita.

Guardiola es elegante porque no es José Antonio Camacho. Para futbolista, le sobraba vocabulario. Para modelo, le sobra la pasarela. Para entrenador, le falta un chándal. Zidane está reñido con los metrosexuales. Por eso le citamos. Puso de moda la calvicie como enigma, y de su mujer sólo sabemos que sabemos poco o nada. El silencio, en él, ha sido hábito, y el silencio es una elocuencia de lo elegante. Luego está Marichalar, que viste al óleo, y dos ilustres gitanos, Carmona y Cigala. Quedan siempre fuera de catálogo, porque los gitanos van reñidos con la norma. Van distintos y hasta distinguidos sin peinarse. Sobre todo, sin peinarse. Son el mismo salvaje con distinta levita.