Dmitri Rybolovlev, dueño del AS de Mónaco, junto al Príncipe Alberto en el palco del estadio Louis II
Dmitri Rybolovlev, dueño del AS de Mónaco, junto al Príncipe Alberto en el palco del estadio Louis II - GTRES

El dueño del Mónaco, apartado del círculo del Príncipe Alberto

El hijo de Rainiero ha intervenido contra su amigo Dmitri Rybolovlev, implicado en un caso de tráfico de influencias

MADRIDActualizado:

En Montecarlo se le conoce familiarmente como «Rybo» y pocos son los que se atreven a llevarle la contraria. A golpe de talonario ha cerrado bocas, forjado amistades y comprado influencias. Pero la connivencia de quienes rodean a los ricos alberga ciertos límites. El oligarca ruso Dmitri Rybolovlev (50 años), dueño y presidente del club de fútbol As Mónaco y la fortuna 190 del mundo según la revista «Forbes», acaba de perder el favor de uno de sus grandes amigos: el Príncipe Alberto de Mónaco. La semana pasada, éste forzó la dimisión del responsable de los servicios judiciales del Principado, Philippe Narmino, implicado en una trama que gira en torno a Rybolovlev.

Los orígenes del caso se remontan a 2015, cuando el ruso presentó una denuncia por fraude contra el marchante de arte suizo Yves Bouvier, al que acusó de haberle estafado mil millones de euros, tras venderle cuadros con precios inflados. Bouvier alegó que el beneficio lo obtuvo dentro del marco de su actividad de compra venta de los lienzos. Posteriormente, el oligarca llevó más lejos su acusación y lo vinculó a un caso de fraude y lavado de dinero. Según el periódico «Le Monde», que ya ha bautizado la trama como el «Monacogate», Rybolovlev habría tratado de sobornar a Narmino para que se posicionase a su favor en la batalla judicial que le enfrenta a Bouvier.

En 2015, el ruso agasajó a Narmino y su esposa con una invitación a su mansión de Gstaad, en Suiza, durante un fin de semana. El oligarca corrió con todos los gastos, incluido el viaje en helicóptero desde Mónaco. Casualmente, un mes más tarde de esos días de ensueño en la estación de esquí, Bouvier fue inculpado por la justicia monegasca de fraude y complicidad por blanqueo de dinero.

Por si no hubiese evidencias suficientes de la estrecha relación entre «Rybo» y la Justicia monegasca, recientemente salieron a la luz unos mensajes intercambiados entre su abogada, Tetiana Bersheda, y dos miembros de la policía judicial del Principado que dejarían patente el trato de favor que ha recibido el ruso. Demasiadas y notorias pruebas para que el Príncipe Alberto continuase mirando hacia otro lado.

Rybolev, originario de la ciudad industrial de Perm, en los Urales siberianos, forjó su fortuna gracias a las minas de potasio, que le valieron el apodo del «rey de los fertilizantes». Se mudó a Mónaco en 2008, tras protagonizar uno de los divorcios más caros de la historia. Se saldó con una indemnización de unos 3.200 millones de euros a su ex Elena Ryboloveva, madre de su bella hija Ekaterina (28), a la que ha criado entre algodones con regalos tan desorbitados como un lujoso ático en Nueva York o la isla griega de Skorpios, antigua propiedad de Aristóteles Onassis.

Contacto con la élite

Para superar sus penas sentimentales y poner tierra de por medio, se instaló en un impresionante ático de 1.600 metros cuadrados con vistas panorámicas al puerto monegasco de Hércules, piscina infinita y todo tipo de lujos que uno pueda imaginar. Su presencia nunca desentonó en el ambiente de opulencia que se respira en el Principado.

Poco a poco comenzó a contactar con la élite monegasca hasta entablar una estrecha relación con Alberto de Mónaco. Comparten sastre, Louis Sciolla, y desde que comprase el club de fútbol en 2011, la presencia del Príncipe en el palco del estadio Louis II ha sido una constante. Una amistad muy peligrosa por la presión que está ejerciendo la prensa francesa. Además de las revelaciones de «Le Monde», esta semana, Alberto de Mónaco protagonizaba la portada de la revista «Paris Match» bajo el titular «Escándalo en Mónaco». Y asegura que la causa real que enfrenta a Rybolovlev y Bouvier no es solo dinero, sino una zona franca en el puerto de Singapur que está en manos del suizo y que le interesaría a Moscú por motivos comerciales. Un enrevesado caso con muchos frentes abiertos del que el Príncipe Alberto ha sabido desmarcarse a tiempo.