LA CUOTA CANINA

ANTONIO FONTAN/
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Para estrenarme en esta columna tenía previsto comentar la ola de calor, y créanme: a punto estaba de apagar el aire acondicionado para ver lo que tardo en derretirme cuando ha sonado el teléfono. Era mi abuela, fibrilando desde Málaga: su perro, Gus, le ha dado los buenos días. Y me van a perdonar ustedes, pero entre la ola de calor -la misma de todos los años- y un perro que habla, ¿de qué creen que voy a escribir?

Gus es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón. «Me mira como miran las personas, sólo le falta hablar», me había advertido mi abuela alguna vez. Qué ojo clínico el suyo.

«El perro quiere irse a trabajar contigo al ABC porque a él lo que le tira es el periodismo», me ha explicado mi abuela esta mañana. A Gus le ha faltado tiempo para apoderarse del auricular. Tras saludarme, ha ido derecho al grano: «Tú habla con el director, a ver si me puede dar una oportunidad. Invéntate que existe algo llamado cuota canina y yo me planto en Madrid mañana mismo por un Seur 10».

Como el director acepte, menudo mes de agosto nos espera. Seguiremos informando.