La crítica de Nueva York se encandila con el debut de Antonio Banderas en Broadway

ALFONSO ARMADA
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NUEVA YORK. El sueño del niño Antonio Banderas se hizo realidad. No sólo ha logrado subirse al escenario de un musical de Broadway, sino que lo ha hecho a lo grande: como protagonista absoluto rodeado de 16 mujeres y bendecido por la crítica. Tanto el «New York Times» como el «Daily News» no escatimaban parabienes tanto para la reposición de «Nine» (versión escénica del «Ocho y medio» felliniano) como para el desempeño como actor, cantante y bailarín de Banderas con su «sensualidad fácil», multiplicada por su ángel vulnerable. Ben Brantley cerraba su elogio en «The New York Times» transcribiendo la emoción de una espectadora que «adoraba, adoraba, adoraba» la función. Cuando el crítico le preguntó si no había tenido dificultades para seguir la trama o entender a los personajes, la entusiasta lo consideraba «pecata minuta» porque «Antonio Banderas es taaaaan dulce». Para Howard Kissel, el crítico del «Daily News», «Banderas evita los clichés de Broadway», no «presume» de voz, y su forma de cantar es «tersa, suave y sexy», hasta el punto de que en su dúo con Laura Benanti, una de las amantes del cineasta en crisis Guido Contini, que el actor malagueño encarna, el resultado es para Kissel «de derretirse». Aunque el comentarista destaca que el actor -que ya demostrara sus dotes en un notable «Eduardo II» dirigido por Lluís Pasqual en el María Guerrero-, no siempre logra que se vislumbre el contraste entre el arrogante Contini como figura pública y el adulto que quiere perpetuar una infancia eterna en la intimidad, «interpreta el difícil papel de forma absolutamente creíble y conmovedora».

Una gigantesca fotografía ocupaba más de un cuarto de la portada del suplemento de cine y artes de la representación del «New York Times» de ayer: Banderas luce confortablemente incrustado entre Mary Stuart Masterson, que hace de su esposa, y Jane Krakowski, la amante más explosiva de un cineasta en crisis creativa y personal. En su crítica de más de seis folios (insólita en la prensa española), Ben Brantley celebra esta «saturada de glamour» e «hiperelegante» reposición de «Nine», obra de David Leveaux en la que «llueven mujeres». Flotando en este «océano de estrógeno, con la apariencia de un especialmente dulce gatito que ha caído en medio de la crema, está Antonio Banderas, la estrella de cine nacida en España, haciendo su debut en Broadway». La impresión de Brantley es que la mayoría de las mujeres del público se subiría de buena gana al escenario para hacer cola «y esperar su turno para merecer la atención de Banderas», de quien dice que disfruta de «una atrayente presencia escénica y una voz agradable que oscila, algo abruptamente, entre los murmullos del pop y los vozarrones de Broadway». Aunque observa que el actor es «demasiado pasivo» para ser un «Guido ideal» y carece de la fiereza con que Marcello Mastroiani encarnó al personaje en el cine, Banderas «mezcla de forma encantadora el lado infantil de un hombre de 40 años» con el infante de nueve que todavía lleva dentro.

Tanto Kissel como Brantley desdeñan en cierta medida la coreografía de Jonathan Butterell, ya que «se trata menos de baile individual que de posar en grupo» (Brantley), lo que hace a veces difícil averiguar qué actriz le está dando la réplica vocal al gran seductor. Entre las compañeras que el «Times» destaca del numeroso elenco femenino, luce con luz propia una actriz que ya actuaba cuando buena parte de sus rivales de reparto (por no hablar del chico favorito de Almodóvar) no habían nacido, una Chita Rivera con la que Banderas se marca un tango y que tras haber intervenido en los estrenos de clásicos como «West Side Story» y «Chicago», «sigue teniendo la materia prima -por no hablar de las largas piernas- necesaria para congelar el espectáculo», aunque seguramente no para suscitar los celos de Melanie Griffith. La Griffith ha empezado a ensayar el papel de la turbulenta Roxie Hart en «Chicago» (el papel que encarna Renée Zellwegger en la cinta que se llevó al Oscar a la mejor película) y en la misma calle del teatro Eugene O´Neill donde el niño de Málaga no sólo ha hecho realidad su más celoso sueño sino que despierta los más secretos anhelos de muchas cabezas en la ardiente oscuridad.