La ira de Le Carré

JOHN Le Carré ha escrito probablemente la última novela de su vida, o al menos así lo ha confesado a la altura de sus setenta y ocho años. Sea como sea, se trate de su despedida o no, el escritor ha

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JOHN Le Carré ha escrito probablemente la última novela de su vida, o al menos así lo ha confesado a la altura de sus setenta y ocho años. Sea como sea, se trate de su despedida o no, el escritor ha vuelto con «El hombre más buscado» a lo mejor de sí mismo. Su mejor fuerza narrativa, su capacidad de hechizar, su talento para crear personajes inolvidables y enternecedores, su solidaridad con los oprimidos y su talento para presentar la derrota irreversible de todos los idealismos a mano de los poderes terrenales. Días antes de la publicación dijo que había dotado al argumento de un toque de ira, y que sus personajes habían sabido expresarla. Pero es que ese toque de ira sublimado por el escepticismo y la desesperanza está presente en toda la obra de Le Carré desde que Alec Leamas agonizara hace casi medio siglo al pié del muro de Berlín en «El espía que surgió del frío». Le Carré siempre ha sido un enorme radical, y ese radicalismo, sublimado por el talento literario, vuelve con extraordinaria fuerza en su nueva novela.

A lo largo de su vida, Le Carré ha ajustado cuentas con los recuerdos del pasado. En este caso, en «El hombre más buscado», las cuentas las ajusta con tiempos actuales, con los servicios de inteligencia que malinterpretan las amenazas del terrorismo y recurren a cárceles secretas y torturas en base a órdenes superiores. Han cambiado los tiempos, han cambiado los enemigos, pero el escritor vuelve a poner el dedo en las llagas de un mundo despiadado. En este caso con el mundo capitalista y sus servicios secretos, como ya sucediera con «El jardinero fiel» o «La canción de los misioneros». Cuando en obras anteriores denunciaba la hipocresía del mundo occidental, especialmente el británico, al que sirvió como agente del MI6, cierto tono de humor en la denuncia. Ahora esa denuncia contra los primos del otro lado del Atlántico, los hombres de Langley, la denuncia es de una dureza estremecedora.

El primer ajuste de cuentas que hizo Le Carré con el pasado (su verdadero nombre es David Cornwell) fue con su padre, Ronnie Cornwell, un simpático empresario, estafador, jugador y mujeriego que fascinaba a cuantos le conocían. A todos menos a su mujer, que les abandonó cuando el pequeño contaba sólo cinco años. En «El espía perfecto» crea la perfecta réplica de su progenitor. Como Ronnie acabó en la cárcel por estafa, el alevín de escritor fue ingresado por sus abuelos en un internado privado en Inglaterra. De allí pasó a Berna, en cuya Universidad estudió lengua y literatura alemana.

En Oxford se licenció en lenguas modernas y fue profesor en Eton entre 1956 y 1958. Los servicios secretos británicos gustaban reclutar a sus agentes en el ámbito universitario y al siguiente año ingresó en el Foreign Office, trabajando como espía para el MI6. Con cobertura diplomática en Bonn, Berlín y Hamburgo se especializó en el tejido y control de las redes de información tras el telón de acero, lo que habría de serle fundamental para su carera como novelista. En 1964, y como consecuencia del éxito de «El espía que surgió del frío», presenta la dimisión en el Foreign Office e inicia su exitosa carrera literaria como John Le Carré.

En 1956, durante su etapa en Eton, había contraído matrimonio con Anne, su primera mujer, de la que se divorciaría quince años después, para contraer matrimonio con la editora Jane Eustace. La vida matrimonial deshecha es una constante en las novelas de Le Carré y su ejemplo más desvalido es el de George Smiley. Y el más reciente el de Tommy Brue en la novela que acaba de aparecer.

Le Carré vivió como espía los años centrales del pasado siglo, en los que se enfrentaron, hasta el borde mismo del apocalipsis nuclear, modelos antagónicos de sociedad. Y no es sorprendente que el escritor británico afirmara el pasado año en una entrevista que estuvo tentado de pasarse a la Unión Soviética durante la guerra fría. Se sabía que, durante su etapa universitaria en Oxford, Le Carre, siempre radical, estuvo muy cerca del partido comunista, pero que la brutalidad de los métodos empleados por los soviéticos y sus partidos satélites, le dejaron en las lindes de un izquierdismo desde el que denunció en sus libros la hipocresía del mundo occidental.

John Le Carré trabajaba como miembro del MI6 en la República Federal Alemana, en primera línea de la guerra fría, en el borde mismo del abismo que durante casi medio siglo dividió el mundo, y como espía y hombre profundamente politizado, sintió el vértigo, la curiosidad de conocer la verdad total de lo que pasaba al otro lado del telón de acero, la verdadera identidad de aquellos con los que jugaba diariamente una siniestra partida de ajedrez en la que los agentes se jugaban la vida. «Cuando uno espía tan intensamente y se acerca más y más a la frontera... parece tan fácil saltar y enterarse del resto...». Pero cuando, muchos años después, en 1987, los rusos le ofrecen una entrevista en Moscú con Kim Philby, la rechaza porque no puede olvidar que el desertor fue el responsable del asesinato de muchos agentes situados en el campo enemigo.

En realidad la parte central de la obra de Le Carré, la más apasionante, supone el triunfo del escritor sobre la tentación de sus días de juventud. Es apasionante, a la luz de estas declaraciones, seguir en la obra de Le Carré la forma en que supera y sublima sus dudas. Su primera novela de espionaje, «Llamada para el muerto» (1961), la publica con el seudónimo que le hará famoso porque estaba en activo como funcionario. En ella hace su primera aparición George Smiley enfrentado con los servicios secretos de la República Democrática de Alemania. Dos años después, con el muro de Berlín ya construido, aparece deslumbrante «El espía que surgió del frío», que acerca a Le Carré a la altura de Green o de Conrad. Aquí todos son malos, y no hay más reglas que el cinismo y la crueldad. Alec Leamas muerto al pie del muro explica la obra posterior del escritor, su pasión por defender a los débiles y sus denuncias de los abusos del poder.

El desenmascaramiento del topo y la victoria moral sobre Karla, el genio del espionaje del otro lado de la línea, consiguiendo su deserción, es un ajuste de cuentas de Le Carré, transmutado en Smiley, sobre el traidor Kim Philby y los hombres sin rostro, como Markus Wolf, el jefe de la Stasi, que quieren destruir un mundo, el llamado mundo libre, en el que el novelista, sin embargo, cree poco. Muchos años después, hundido el imperio soviético, Le Carré carga en «Amigos absolutos» contra la degeneración de las viejas ideologías que destruyen a los idealistas que un día utilizaron.

Ahora, a los setenta y ocho años, el escritor ha publicado su nueva y quizá última novela, «El hombre más buscado». Un refugiado musulmán en Hamburgo, medio ruso medio checheno, bastardo de un jefe militar del Ejército rojo y de una adolescente chechena violada, vigilado por los servicios secretos alemán, inglés y norteamericano. Es como una nueva guerra fría, la del fundamentalismo islámico contra Occidente, que inauguró el nuevo siglo con la destrucción de las torres gemelas y llevó la masacre a Madrid y a Londres.

Terrorismo e independentismo alimentan los conflictos de nuestro tiempo. La guerra de Irak dio luz verde nuevamente a las acciones encubiertas o clandestinas, de los servicios secretos, a los que George Bush entregó un cheque en blanco para abusar de los detenidos. La Carré corona su obra con ira y lucidez, y con ternura para todos los idealistas sacrificados.