Los marqueses de Villaverde con parte de sus hijos posan tras el nacimiento de Arantxa Martínez Bordiú
Los marqueses de Villaverde con parte de sus hijos posan tras el nacimiento de Arantxa Martínez Bordiú - EFE

Carmen Franco, una madre viajera y silenciosa

Nunca echó un rato en la cocina, ni fue párvula de escuela. De cerca, la llamaban Carmencita, o Nenuca. Tuvo siete hijos, todos en un tramo intenso de 13 años de matrimonio con Cristóbal Martínez Bordiú

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La noticia de su cáncer imparable la dio ella misma, Carmen Franco, con la soltura en penumbra de quien relata un catarro. La última vez que la vimos, con focos cerca, fue en el Madrid de octubre del 2018, en el teatro de la Zarzuela. Murió después, al borde de que también se acabara ese mismo año.

Nunca echó un rato en la cocina, ni fue párvula de escuela. De cerca, la llamaban Carmencita, o Nenuca. Tuvo siete hijos, todos en un tramo intenso de 13 años de matrimonio con Cristóbal Martínez Bordiú. En el deneí de hija única ponía María del Carmen Ramona Felipa de la Cruz Franco Polo, y la viudedad le trajo la libertad, que naturalmente es una suerte de felicidad.

Porque Carmen Franco vivió bajo la sombra disciplinar del padre, primero, y luego bajo la órbita jerárquica del marido, cardiólogo de oficio, que cargó fama alegre de doctor de seducciones diversas. Quiere decirse que la vida de Carmen Franco incluía el acatamiento, usando sin descuido el dudoso prestigio de no exhibir las emociones. De modo que no encaró la biografía propia hasta que le llegó la soltería de padecerse viuda, allá en el febrero de 1998, cuando murió Martínez Bordiú. Se despreocupaba así de la desobediencia la que fuera una adolescente de dieciocho años al final de la Guerra Mundial.

No siempre fue feliz

Ella misma entornó, algún día, que no siempre fue feliz, y eso mismo vino a avalarlo luego la hija Carmen, que practica las ganas de discutir poco y viajar mucho, como su propia madre.

Carmen Franco nació en Oviedo, la adiestraron dos institutrices francesas, creció en soledad, y remató un bachillerato que nunca desembocó en mayores ambiciones universitarias. Al matrimonio con Cristóbal Martínez Bordiú llegó ilusionada, y tras dos años de noviazgo. Venía de una infancia de alternar cuarteles y palacios, de un adolescencia de mirada más bien melancólica, y salía al fin de «El Pardo» para inaugurar el mundo del brazo de un marido de estampa que era Marqués de Villaverde. La boda se cumplió el 10 de abril de 1950, y el vestido histórico lo diseñó Balenciaga. Desde ese momento se movió sin escolta, practicó la caza, y viajó mucho, aunque para ella todo viaje siempre fue poco viaje.

No dio un ruido, cuando la llamaban hija de dictador. A los jaleos públicos de sus muchos hijos, tan diversos, aludió muy poco, o nada. Algún día sostuvo que la vida se volvió más apacible bajo la batuta de Felipe González, porque con Adolfo Suárez arrastraron cierta inquietud ella y los suyos. De niña, cuando los viajes inacabables a Asturias, en verano, el padre le cantaba zarzuelas. Tuvo mirada cálida para los nietos, sobre todo para Luis Alfonso. Presidió junto a su madre, Carmen Polo, la capilla ardiente de Francisco Franco, y ninguna soltó una lágrima en público. Era de opinar hacia adentro, porque nunca abandonó la militancia de una existencia silenciosa.