Carlota Casiraghi
Carlota Casiraghi - Gtres

Carlota Casiraghi se refugia en el pueblo francés de su infancia

La hija de Carolina de Mónaco regresa a Barbizon, tras su ruptura con Lamberto Sanfelice

Juan Pedro Quiñonero
Corresponsal en ParísActualizado:

Como Robert Luis Stevenson, el autor de «La isla del tesoro», y León Trotsky, el dirigente comunista asesinado por un comunista español, por orden de Stalin, Carlota Casiraghi se ha refugiado en Barbizon, tras el fin aparente de su romance de año y medio corto con el Lamberto Sanfelice, presunto «director de cine».

A hora y media corta, en automóvil, al sur de París, Barbizon es una minúscula población de 1.277 habitantes (según datos de 2013), que tuvo sus días de gloria a finales del siglo XIX, como residencia de pintores no siempre famosos, para convertirse definitivamente en una «ciudad dormitorio» próxima a Fontainebleau, ciudad aristocrática, con legendarios colegios de élite frecuentados por toda la familia Grimaldi, que tiene varias propiedades de recreo en la región.

Carolina de Mónaco ya se refugió en una de esas residencias familiares, en Barbizon, precisamente, cuando rompió su aventura amorosa con el actor Vincent Lindon, tras la muerte de Stéfano Casiraghi, el padre de Carlota. La princesa y Lindon vivieron lo esencial de su relación en Saint-Rémy-de-Provence, a una hora de Mónaco, donde el actor vio crecer a los hijos de Carolina.

Andando el tiempo, Carlota Casiraghi estudió en Fontainebleau y residió por vez primera en Barbizon, frecuentando las famosas escuelas hípicas de la región, hasta convertirse en una amazona razonablemente segura de sí misma.

La vida profesional muy ajetreada de Gad Elmaleh –el padre del hijo de Carlota, Raphaël, que cumplirá 3 años el próximo día 17– era incompatible con Fontainebleau y Barbizon. El actor judío de origen marroquí prefería su propia residencia parisina, la residencia de los Grimaldi en la parisina Avenue Foch, o las residencias familiares de Mónaco y la Costa Azul.

Tras sus amistades más o menos apasionadas con el joven aristócrata austríaco Hubertus Arenque Frankensdorf, el belga Felix Winckler y el británico Alex Dellal, la relación mucho más duradera con Elmaleh alejó a Carlota de Barbizon, donde estuvo, durante algunos años, el centro de todas sus actividades ecuestres. Sanfelice continuó alejando a Carlota de Fontainebleau y Barbizon, los lugares de su adolescencia en el colegio François Couperin, donde llegó a intimar con su profesor de Filosofía.

Hasta el otoño pasado, la pareja Carlota-Sanfelice oscilaba entre Mónaco y Roma, donde se instalaron en un piso propio, hasta que «subito, subito», los vecinos de Barbizon descubrieron, sorprendidos, a primeros del mes de octubre pasado, que Carlota se había instalado en una de las residencias familiares, para matricular a su hijo en una escuela privada, próxima a Fontainebleau. Se trata, en cierta medida, de una vuelta a la infancia y adolescencia doradas. Allí aprendió a montar a caballo y recibió el primer beso de un joven lugareño.

No es previsible que tal residencia pueda prolongarse indefinidamente. Ciudad aristocrática, pero muy provinciana, Fontainebleau tiene una vida nocturna de campo santo abandonado. Barbizon no existe como ciudad ni como pueblo: tiene una vida «vegetal», de ciudad dormitorio para domingueros parisinos, cultivando su extinta leyenda de ciudad que tuvo sus días de gloria a finales del XIX, cuando estuvo frecuentada por muchos pintores impresionistas de muy distinta envergadura artística.

Más allá de la leyenda de los Grimaldi, Barbizon tuvo otros dos vecinos ocasionales que forman parte de la historia universal. Stevenson, autor de una de las grandes novelas iniciativas de todos los tiempos, vivió una larga temporada en esa diminuta localidad. Antes de huir a México, donde fue asesinado por un estalinista español, Ramón Mercader, León Trotsky vivió en Barbizon entre el 1 de noviembre de 1933 y el 17 de abril de 1934. Los Grimaldi de la época tuvieron poco o ningún trato con un «vecino» de leyenda tan negra y truculenta.