El Parlamento ha aprobado despojar de sus honores a Philip Green
El Parlamento ha aprobado despojar de sus honores a Philip Green - ABC

Los canallas que perdieron el título de Sir

Desde el magnate textil Philip Green hasta el presentador de la BBC Jimmy Savile, por ser un depredador sexual

Corresponsal en LondresActualizado:

Sir Philip Green, de 64 años, propietario de Top Shop, Miss Selfridge y Dorothy Perkins, es el gran magnate del textil inglés y hasta hace un par de años constituía un admirado ejemplo de emprendedor de éxito. Pero la quiebra en la pasada primavera de los históricos almacenes BHS, que habían sido fundados en 1929, lo ha convertido en «la cara impresentable del capitalismo». La Cámara de los Comunes aprobó este jueves por unanimidad una solicitud para que sea despojado de los honores reales que recibió en 2006, a propuesta del Gobierno de Tony Blair. Se le distinguió entonces por sus «servicios al retail» (la venta en grandes almacenes y supermercados). El prestigio de Green era tal que en 2010, recién llegado al poder, Cameron lo puso al frente de un comité especial para mejorar la eficiencia de la Administración.

La votación de los Comunes no es vinculante. La decisión la habrá de tomar el Comité de Pérdida de Honores. Pero es difícil que no lo haga con una petición tan firme del Parlamento. Retirarle a alguien de las distinciones recibidas no es algo nuevo, aunque siempre se hizo después de que los honrados cometiesen algún crimen, mientras que en el caso de Green no ha sido condenado por los tribunales (al menos por ahora). Entre los que perdieron sus laureles reales figuran el espía prorruso Anthony Blunt; el presentador de la BBC Jimmy Savile, que resultó ser un depredador sexual; el banquero Fred Goodwin, por su papel en el colapso del RBS, o mandatarios extranjeros como Mussolini, Ceucescu o Mugabe.

Durante el debate, Green fue acusado de dedicarse a desguazar empresas. Un diputado laborista lo tachó de «multimillonario estraperlista que nunca debió haber recibido el título de caballero». En el pasado congreso del Partido Conservador, a comienzos de este mes, Theresa May habló del capitalismo sin escrúpulos y sin citarlo, puso un ejemplo que todo el mundo entendió que hacía referencia a Green.

Los almacenes fueron adquiridos por Green en 2010, por 200 millones de libras. Tras vaciar la compañía durante quince años y no invertir para modernizarla (se dice que ganó con ella casi 500 millones de libras, que transfirió a su mujer a Mónaco), la malvendió por una libra a un arribista, que la quebró en menos de un año. El comprador, Dominic Chappell, expiloto de Fórmula 3000, ya presentaba dos quiebras en su palmarés. Los daños han sido enormes: once mil personas perdieron su empleo y se dejó un agujero equivalente a 730 millones de euros en su fondo de pensiones, que tenía 20.000 titulares.

Hace cuatro meses, en una comisión parlamentaria sobre la quiebra, Green prometió ayudar a buscar una salida para el fondo de pensiones, pero los diputados han recordado que no volvió a dar señales de vida. Para mayor escarnio, justo después de la quiebra estrenó un nuevo superyate, con el que se paseó este verano por el Mediterráneo con alarde. Una auténtica mansión flotante, de cuatro plantas, noventa metros de eslora y cuarenta tripulantes. Se da la ironía de que en 2010, nada más llegar al poder, David Cameron nombró a Green, al que veía como un empresario modelo, una suerte de zar para mejorar la eficiencia de la Administración británica. Tras sus primeros estudios, Green alertó con jactancia: «Si llevásemos mi negocio como esto [la administración pública], mañana apagaríamos las luces».

Green vive entre semana en Londres y cada viernes viaja a Mónaco en su avión privado para reunirse con su mujer Tina, decoradora y nominalmente la dueña de su emporio textil, llamado Arcadia. En su día le transfirió todo el negocio a ella y lo radicó así en Montecarlo. La maniobra, legal, le permite eludir al fisco británico. Aunque se dedica al mismo negocio que Amancio Ortega, Green es la antítesis del millonario discreto. Posee tres superyates y en uno de los cumpleaños de su mujer le regaló un Monopoly de oro con sus propiedades más relevantes representadas. Sus fiestas son legendarias por el cartel de famosos asistentes y su coste. Cuando tenía 55 años, para celebrar el «bar mitzvan» (iniciación religiosa judía) de su hijo Brandon, organizó un festejo en el que actuó Beyoncé, con 200 invitados que volaron en aviones privados a Chipre.