Calixto Bieito: «Celestina suena a rumba catalana»

TEXTO: JULIO BRAVO FOTOS: DAVID RUANO / ROBERT DAY/
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Calixto Bieito empieza a convertirse ya en un clásico del festival de Edimburgo, una de las citas imprescindibles del verano cultural europeo. Con éste son ya cinco años los que lleva presentando sus trabajos en la ciudad escocesa. Mañana se estrena su versión de «La Celestina», un proyecto que llevaba ya incubando varios años el director catalán, y que a buen seguro va a levantar más de un dolor de cabeza. Los responsables del programa ya lo advierten en los anuncios: «Contiene desnudos y lenguaje duro; no apto para menores de dieciséis años». «Me gusta arriesgarme», dice Calixto Bieito.

El director catalán ha trasladado la obra de Fernando de Rojas hasta nuestros días. «Lo que más me interesaba de «La Celestina» -dice Bieito- era el elemento del «lumpen proletarium», cómo la pobreza puede llegar a generar un egoísmo brutal, despiadado, cruel. Cómo una persona con un gran carisma como es la propia Celestina es capaz por egoísmo de llegar a hacer lo que hace. Es un personaje fascinante, que odia a la gente con dinero y a la que su egoísmo termina por llevar a la muerte». Para Bieito, «en el mundo actual la pobreza sigue provocando muchas cosas».

La música es otro de los enganches que ha encontrado Calixto Bieito para hacer de su «Celestina» una pieza de nuestros días. «En la ópera tienes la partitura; en el teatro de texto te tienes que inventar la música. Y »La Celestina» suena a rumba catalana: Los Chunguitos, Los Chichos. Yo creo que es una música muy social y muy alegre, que hay que reivindicar. «Soy un perro callejero» es una gran canción, y en la obra hay una banda que toca seis o siete canciones».

La obra ha sido traducida al inglés por John Clifford, y cuenta con una de las grandes damas de la escena británica, Kathryn Hunter, como protagonista, junto a Chris Fox (Calisto) y Laura Rogers (Melibea). «Poder hacer un clásico español con actores ingleses me produce especial satisfacción porque me da un bagaje diferente; ni mejor ni peor, simplemente distinto. La cultura tiene que abrirse mucho más. Europa es muy pequeña, y hay que compartir tradiciones culturales».

Se lamenta el director catalán de que «La Celestina», una de las cumbres del teatro español, «y uno de los tres mitos de nuestra literatura, junto con Don Quijote y Don Juan», sea fuera de nuestro país una completa desconocida. «En Inglaterra nadie conoce la obra ni a su autor, por supuesto. Ocurrió lo mismo que con las «Comedias Bárbaras», que traje hace unos años a Edimburgo. Había críticos que preguntaban quién era Valle-Inclán. Es terrible. No estamos vendiendo bien nuestra cultura, y es una cultura brutal: el Siglo de Oro, el Noventa y Ocho, Valle-Inclán, García Lorca. Debería haber teatros dedicados exclusivamente a estos autores. Pero España siempre ha sido un país especialmente rácano con su gente, no es un país cariñoso. Tenemos un complejo de inferioridad increíble».

«Hace mucho tiempo -se queja Calixto Bieito- que estoy trabajando fuera, estrenando clásicos españoles en el extranjero. Sólo ha habido un político español, Santiago Fisas -de un partido, además, al que no voto-, que se ha acercado a ver mi trabajo. Y no quiero que esto se entienda como una queja emocional, porque yo no me siento en absoluto falto de cariño. No quiero medallas tampoco. Lo digo en general. No nos estamos vendiendo bien. A mí España me encanta. Puedo decir sin petulancia que tengo tres ofertas extraordinarias para irme fuera, pero España es un país al que quiero y que me gusta. No soy nacionalista ni patriota, y aunque soy de cultura catalana, me siento español. Yo soy catalán, mi padre gallego y mi madre andaluza. Y me duele ver esta situación. Yo quiero un país que avance, que tire adelante. Y que nadie quiera ver en estas palabras una actitud de «artista incomprendido», porque no me siento así en absoluto».

La falta de conocimiento por parte de los ingleses del mito de la Celestina no condiciona, asegura Bieito, su puesta en escena. «Hace mucho que no pienso en el público a la hora de realizar un montaje. Primero pienso en hacer lo que me gusta, y luego espero que a él le guste. Yo creo en lo que hago, e intento estar cerca del autor, aunque algunos digan lo contrario. Pero no trato de ser didáctico». «Todo está en el texto -afirma-, pero no en el «decir». Lo que está en escena ha de tener imaginación, frescura. Lo otro es un teatro de principios del siglo XX, pero ahora estamos ya en otro nivel».

Es raro que los montajes de Calixto Bieito, tanto en el teatro de prosa como en la ópera, no levanten polémica. «No me molesta -asegura el director catalán- esa etiqueta de provocador que se me ha colocado. Yo no lo controlo. No tengo un equipo de márketing detrás. Sí me me llega a cansar un poco que me insulten, sobre todo por mi familia». No se siente, sin embargo, maltratado. «No lo soy. Además, a mí me ha salvado la vida poder hacer ópera y teatro; estar en una sala de ensayo me da una libertad absoluta».

Se defiende Calixto Bieito de quienes le acusan de superficial. «Cada vez que me planteo un nuevo montaje hago un trabajo de universitario, casi de tesis doctoral. Traslado la obra al público actual, que es el concepto. Y luego viene el trabajo con los actores y con los cantantes. Para mí es muy importante que el público identifique lo que ve sobre el escenario. El teatro clásico español debería explicar la sociedad actual española, ser su reflejo. Esto durante un tiempo lo hacía en Gran Bretaña con su teatro y su cultura la Royal Shakespeare Company, lo han intentado otras compañías nacionales; Lorca lo hacía con «Fuenteovejuna», donde vestía a los actores como obreros de los años treinta».

Tiene Calixto Bieito otra cita en Edimburgo: el lunes 23 se estrena su producción de «Il trovatore», de Verdi. «En la ópera parto del compositor. Tengo una base musical, aunque algunos se empeñen en decir lo contrario. Me habían ofrecido esta obra varias veces y no había querido hacerla porque siempre me ha parecido una ópera imposible. Pero al final acepté. He hecho -advierte- una producción brutal, un poco pasoliniana, en la estela de «Saló», y me he centrado en lo que creo que es no una lucha entre soldados, sino la lucha entre la muerte y la poesía».