Caballero Bonald «Me veía nadando a la orilla selvática entre cocodrilos»

POR ANTONIO ASTORGAMensaje en una botella para José Manuel Caballero Bonald. El novelista y poeta jerezano se refugia del carnívoro ferrajulio en la playa de Montijo, entre Sanlúcar y Chipiona

POR ANTONIO ASTORGA
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Mensaje en una botella para José Manuel Caballero Bonald. El novelista y poeta jerezano se refugia del carnívoro ferrajulio en la playa de Montijo, entre Sanlúcar y Chipiona. Estudió Náutica por seguir a sus héroes surgidos de la tinta marina de Salgari, Conrad, London, Melville... Sobrevivió a dos naufragios marítimos. Con un tercero tendría ganada la inmortalidad, pero la idea le produce un vértigo espantoso. Necesitamos al sabio para enfrentarnos a sumisos, a obedientes a ciegas, a gregarios... Machadianamente bueno, a Bonald el marino le fascina el mar por la libertad absoluta, por la aventura. El corazón del poeta mira la casa junto al mar, la habita en su memoria, la adivina como la abdicación del mar en las orillas, como las germinales herencias del verano, vive allí donde estuvo junto al mar delirante, libre velocidad inmóvil orillada de fuego, bosque lustral de la alegría.

-¿Es ya un marinero sosegado?

-Lo que soy es un marinero jubilado. Se me pasó la edad de andar por ahí en un velero bregando con el viento. Además, la navegación a vela exige estar todo el tiempo trajinando a bordo, y eso a mis años ya no me atrae mucho, aparte de que sería un trabajo imposible.

-¿Qué le apasionó de la Náutica?

-Pues verá, esa afición tuvo un arranque netamente literario. Fui lector asiduo de novelas ambientadas en el mar. Empecé con Salgari, con las aventuras de Sandokán, y con «El lobo de mar», de Jack London, y terminé con Conrad, Melville, Stevenson... Un día se me ocurrió estudiar Náutica y hacerme piloto de altura para poder emular a los héroes de esas narraciones inolvidables. Algo así de novelero, o inocente.

-¡¡Por ahí resooopla...!! Leo en su cuaderno de bitácora que usted sobrevivió a dos naufragios. El primero en los años sesenta, en tierras colombianas, en el río Magdalena, en un viaje fluvial hacia Barranquilla desde Puerto Berrío...

-Cuando vivíamos en Bogotá, mi mujer y yo hicimos efectivamente una travesía fluvial por el Magdalena. Era un vapor mixto de pasaje y carga, propulsado por ruedas de paletas. Navegar por el Magdalena es muy complicado, hay muchos bajíos y aluviones, y una tarde embarrancamos en mitad del río. El barco se escoró peligrosamente y tuvimos que esperar con el alma en un hilo que llegaran a rescatarnos. La historia es muy simple, pero me gusta adornarla con los prestigios literarios de la aventura. Ya me veía nadando hacia la orilla selvática entre los cocodrilos.

-El segundo acaeció dos décadas después en plena desembocadura del río Guadalquivir, a bordo de su propio velero «Ágata».

-Ese naufragio, o ese sucedáneo de naufragio, en el Guadalquivir, fue un incidente debido a mi inexperiencia de entonces. Íbamos navegando por la desembocadura y de pronto apareció un barco de buen tonelaje que bajaba de Sevilla. Los grandes cargueros desalojan, al pasar, un considerable volumen de agua y si te cruzas con uno de ellos lo mejor es ponerle proa a la estela del barco. Yo no lo hice, y la onda expansiva nos arrastró hasta la orilla. La cosa no pasó de un buen susto.

-Un código secreto marino estipula que quien sobrevive a tres naufragios tiene ganada la inmortalidad. ¿Sería engorrosa?

-Por supuesto. Conozco a marineros que han sobrevivido a tres naufragios y andan por ahí como almas en pena, sin rumbo fijo. Hasta hace poco me gustaba hablar con ellos; ahora ya no, me deprimen bastante. Y además, yo ya no voy a naufragar por tercera vez, porque ya no navego. La idea de la inmortalidad, aparte de engorrosa, me parece insufrible, me produce un vértigo espantoso.

-¿Sigue los deportes náuticos por el invento del maligno: TV?

-No, yo ni he practicado ni me interesan los deportes náuticos. Para mí la navegación a vela, claro, si no consiste en un paseo sosegado y absolutamente libre, carece de todo atractivo.

-¿Su vocación marina la cercenó una enfermedad del pecho?

-Eso fue lo que pasó. Cuando sólo me quedaba la asignatura de Astronomía para acabar Náutica sufrí una seria afección pulmonar y tuve que someterme a una cura de reposo durante un año largo. No es que perdiera la afición al mar, es que me di cuenta de que mi salud no daba para muchas navegaciones. Cambié Náutica por Filosofía y Letras, que es ocupación más sedentaria, en teoría.

-¿Continúa el poeta siendo un infractor contra los grumetes sumisos y contra la obediencia debida en la proa del poemario?

-Procuro seguir siéndolo. Estoy seguro de que si dejara de ser un infractor, en su sentido más obviamente literario, dejaría de escribir, no tendría ni ganas ni estímulos. Y todavía tengo que escribir algunas cosas, tengo que seguir enfrentándome a los sumisos, a los obedientes a ciegas, a los gregarios...

-¿En la popa emerge la memoria del amor?

-Decía Coleridge que el mar no tiene memoria. No sé si eso es cierto, porque en la mar el mecanismo que activa los recuerdos es muy distinto al que funciona en tierra firme. Yo, en la mar, me acuerdo de cosas que tenía olvidadas y olvido otras que me obsesionan. Es una experiencia muy curiosa. La mar es la contrapartida psicológica de la tierra, algo así.

-¿La brisa del mar es el paso del tiempo?

-Yo diría que el paso del tiempo es más bien una cabronada.

ABC

José Manuel Caballero Bonald, en aguas de Formentera, en 1970, junto a su hijo Rafael