Bill Wyman, en negro

Luis Martín
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La vida en zig-zag de Bill Wyman ha sido contada en varios libros, incluso escritos por él mismo, y pienso ahora en la autobiografía «Stone alone», de 1990. No obstante, hay un simple artículo de prensa que vale por todos ellos. Fue publicado en el New York Times hace algún tiempo y venía a decir que Bill es el tipo de persona que rezas para que coma bien, duerma bien y viva muchos años para que siga llenando tus estantes de discos tan buenos como los que, hasta el momento, ha publicado. Son unos cuantos, si se tienen en cuenta sus primeros trabajos de 1974 y 1976, «Monkey grip» y «Stone alone», así como la banda sonora «Green ice», de 1981. Importa ahora el proyecto que, desde 1996, le trae de cabeza. No es otro que el que, con el nombre de «The Rhythm Kings», recién viene de presentarse en el festival de jazz de San Sebastián, sin que algunos periodistas se enteren de que Bill no es exactamente un «rockero». De hecho, para disfrutar de su música -y no debe ser cosa fácil cuando se lee que Bill se ha reciclado en el blues- hay que haber entendido previamente lo que significó el «rhythm and blues» británico de los 60; o sea, Alexis Corner y Ciryl Davies desdeñando a Paul Anka y a Chuby Checker en favor de B.B. King y Muddy Waters, la navaja en el bolsillo trasero del tejano, la posesión de un extraño virus de rebeldía y los Rolling Stones (la antigua banda de nuestro hombre) reclamando la autoría de los viejos bluesmen estadounidenses.

Wyman, que se las sabe todas y siempre ha sido hombre de blues, asienta ahora las mejores bazas de su espectáculo con los Rhythm Kings sobre el trabajo inconmensurable de sus acompañantes. Entre ellos, varios gigantes del rhythm & blues (Georgie Fame y Albert Lee) y alguno del rock & roll (Mike Sánchez). Y una vocalista, Beverlee Skeete que llena de estremecedora verdad la ambigüedad que anida tras los actuales artistas de soul. Sólo por escucharles cantar «Down in the bottom» o «Too late», ya vale el concierto. Pero es Terry Taylor, de los antiguos Arrows, el que, en ocasiones, se lleva la parte del león. Un personaje que siempre se sale de cualquier previsión, un técnico robusto en su instrumento, de elevada estatura técnica; en realidad, es el altavoz por donde nos comunica sus ideas Bill Wyman, que -cómo no-, aunque excelentes todas, acosó y saboteó la horrorosa sonoridad del recinto.