Layla junto a la fachada del templo del Monasterio en la ciudad de Petra

Una beduina castiza en Petra

SUSANA GAVIÑA
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Layla, como la conocen familiarmente aquí los jordanos -su nombre real es Lidia-, reconoce que su familia española se sorprendió -«creen que estoy un poco loca»-, cuando les comunicó su intención de casarse con un beduino e instalarse en Petra, esa fabulosa ciudad esculpida en piedra por los nabateos, donde se aprecian muchas influencias como la griega -como indica su nombre- o romanas, y que fue descubierta en 1812 gracias al explorador suizo Johann Ludwig Burckhardt. Una joya arquitectónica, salpicada por templos, tumbas, baños, viviendas, que se ha convertido en uno de los destinos más perseguidos por los turistas.

Sin embargo, las motivaciones que llevaron a Layla hasta este magnífico escenario -utilizado por el director Steven Spielberg para situar una de las entregas de su héroe Indiana Jones- fueron otras muy distintas. Un lustro y medio atrás, esta joven madrileña, que cursaba estudios de filología árabe, obtuvo una beca para ampliar en Jordania, durante el verano, sus conocimientos. Cuatro meses que decidirían su futuro. Durante estas semanas conocería a Haroun, un beduino del que se enamoró y con el que se casó en noviembre de ese mismo año. Han pasado catorce años desde entonces, y fruto de ese matrimonio han nacido tres hijos. Junto a la familia de su esposo viven actualmente en un pueblo cercano a Petra, construido expresamente para albergar a aquellos que habitaban entre las policromadas piedras de la ciudad nabatea -entre los nombres que recibió la ciudad a lo largo de la historia se encuentra el de Reqem, que en arameo significa tela multicolor- y donde desde hace años está prohibido pernoctar.

La reina Noor de Jordania

Layla, como la bautizó su suegra porque no sabía pronunciar Lidia, se dedicó en un principio a hacer traducciones, mientras su marido seguía ejerciendo como guía en Petra. La adaptación a esta nueva cultura no resultó difícil para ella, y sí «bastante natural». Su pasión por el mundo árabe, la misma que la había empujado a viajar hasta allí años antes, le facilitaron el camino para integrarse en una sociedad muy distinta a la occidental. «Los beduinos me respetan y yo a ellos», espeta cuando se le interroga sobre sus condiciones de vida, intentando que no se rebusque más allá de lo necesario en las reiteradas comparaciones que se suelen hacer sobre la situación que viven las mujeres en los países árabes con otros que presumen de estar más comprometidos con sus derechos.

Sin embargo, Jordania es un país que trabaja por mejorar las condiciones sociales de éstas. Layla ha vivido en primera persona estos avances, debidos en gran medida a la reina Noor de Jordania, cuarta esposa del rey Hussein, fallecido en 1999. La nortemaricana Elisabeth Halaby, que adoptó el nombre de Noor Al-Hussein (luz de Hussein), quiso seguir el camino de reformas y de ayuda a las mujeres emprendidas por su antecesora, la reina Alia, tercera esposa de Hussein. Para ello creó a mediados de los años ochenta una fundación que llevaría su nombre y que serviría de marco para varios proyectos cuyo objetivo era el de mejorar la situación de los niños y de las mujeres. A estas últimas a través de enseñarles a trabajar y a fomentar los recursos propios del país.

Entre estos proyectos, la reina Noor inauguró en abril de 1996 en Wadi Musa, a las puertas de Petra, el Jordan Desigh & Trade Center Al-Amarat, un taller de joyería donde las mujeres podían aprender a trabajar y a producir pequeños objetos -pulseras, pendientes, anillos...- de plata destinados a ser vendidos en los mercados para turistas. Esto ayudaría a incrementar sus ingresos, lo que les permitiría más autonomía, así como los de la comunidad.

Layla ha sido testigo y, a su manera, partícipe de este proyecto. Tras su breve experiencia como traductora, decidió abrir un mercadillo, suministrado por este taller de joyería, en lo más alto de Petra, justo frente al Monasterio -una réplica del Tesoro, situado a la entrada de la ciudad-. El templo del Monasterio presenta una fachada espectacular a la que pueden acceder tras subir los 820 escalones que la preceden.

Una vez arriba, una magnífica vista recibe a los turistas más osados que, tras contemplar tan magnífico templo, donde se realizaban sacrificios, podrán recuperar fuerzas gracias al bar instalado en una jaima, donde los viajeros, de muy diversas procedencias, pueden descansar -algunos incluso optan por echarse una cabezadita antes de emprender el descenso-. Bajo ese mismo techo, Lidia ha instalado su puesto, presentado coquetamente y con unos precios sin competencia en un país que ha sufrido en los últimos meses una inflación del 17 por ciento tras acoger a millonarios y hombres de negocios procedentes de Irak.

«En el taller de Wadi Musa trabajan alrededor de 25 mujeres», explica Lidia a una turista transformada repentinamente en periodista. Recuerda la creación de la fundación hace casi una década. «Un proyecto importante y precioso». «Pero este taller -continúa- se ha independizado hace dos años de la fundación».

Layla o Lidia se muestra feliz con su vida y confiesa no tener intención de trasladarse a España, país con el que no ha perdido el contacto durante este tiempo. «Voy cada dos años, pero cada vez me resulta más incómodo porque no soporto el tráfico», bromea mientras no deja de vender pulseras, anillos o los diversos objetos a la vista de los turistas.

Reconoce sentirse encantada cuando llegan hasta su puesto viajeros procedentes de Madrid, su ciudad, pero también de cualquier punto de la geografía española. «En verano los que más visitan Petra son los españoles -afirma-; los franceses -el otro gran grupo de turistas que acceden a este lugar- suelen venir en Semana Santa».

Lidia, madrileña, llegó a Jordania con una beca para estudiar árabe. Fascinada por el desierto y por los encantos de Haroun, un beduino con el que lleva casada 14 años, ahora vive a los pies de Petra